Paraguas: metáfora del mito de la clase media

Fuente: tumblr.com

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Hemos tenido un otoño especialmente pluvioso, y ello me ha ofrecido muchas oportunidades de hacer algo que disfruto enormemente: caminar bajo la lluvia. Cuando camino, noto que mi mente está más ágil, se libra de una parte de los pesos que la lastran cuando pienso sentado. Y además la lluvia crea una atmósfera especialmente agradable para dedicarse, en silencio, a hilar pensamientos. Así, gracias a esa feliz combinación de caminatas y precipitaciones, he llegado a la conclusión de que tal vez haya pocos objetos de uso cotidiano que digan tanto de nosotros, de la sociedad en la que vivimos y de cómo nos relacionamos, como los paraguas.

Yo no uso paraguas. No me gusta. Entre otras razones porque suelo tener las manos frías y prefiero mantenerlas en calor, con guantes y metidas en los bolsillos. También porque soy un despistado, y he perdido casi tantos paraguas como los que han acabado rotos. Es fácil, de hecho, que se te rompa el paraguas, bien porque lo descoyunte el viento, o bien simplemente porque no deje de chocar, abierto, contra otros paraguas, o contra los muros de nuestras ciudades. En definitiva, es un objeto con el que no conviene encariñarse, porque lo más probable es que no dure mucho tiempo. Todas estas son, creo, buenas razones, pero parece que la mayor parte de mis conciudadanos no las comparten. Desde hace años se compran y se venden, desde el otoño hasta la primavera, centenares si no miles de paraguas pequeños, frágiles, con telas plásticas, muy baratos y producidos masivamente en a saber qué condiciones. Paraguas que apenas sí duran una estación completa. ¿Qué dice eso de nosotros?

De entrada, que nuestro mundo es un mundo muy raro, porque el paraguas es un invento antiquísimo, pero durante su dilatada historia ha sido esencialmente un objeto que marcaba una distinción social. Antes de protegernos a todos masivamente de la lluvia y adquirir su nombre actual, este objeto, con prácticamente las mismas características, se llamaba parasol o sombrilla. De hecho, aún hoy en día perduran todos esos nombres, para vendernos básicamente un mismo objeto que sin embargo va a ser llamado de una forma u otra en función del uso que queramos darle y, consiguientemente, de los materiales y el tamaño que resulten preferibles. Como si un paraguas no sirviera para cubrirnos del sol y una sombrilla no pudiera protegernos de la lluvia.

El parasol, decía, permitía a los miembros de las clases altas mantener un color de piel que indicara, ya por sí solo, su estatus social. Y ya el hecho de llevar un parasol implicaba, por tanto, un refuerzo de la manifestación pública de pertenencia a una determinada clase. Forma parte, pues, de la historia de nuestra lengua, y también de la historia de nuestras sociedades, que se haga más frecuente el paraguas que el parasol, y después que se generalice su uso.

Si tomamos simplemente como referencia la lengua castellana y la evolución de los diccionarios, las palabras parasol y quitasol figuran ya en diccionarios del siglo XVII, y por lo general no hay referencias a su utilidad para proteger de la lluvia; el término paraguas, sin embargo, no aparece hasta 1817, pero su definición es “quitasol”, apareciendo en la definición de esta palabra,  a su vez y por fin, la referencia a la lluvia. A paraguas se le dará una definición propia en 1843. El paraguas nace, por consiguiente, con el capitalismo y la vida urbana, y llega por ende con retraso a España si se compara nuestro caso con el de otros países europeos. El pudiente ya no es un aristócrata que puede permitirse no salir de su palacio cuando hace mal tiempo, sino un burgués que no puede no atender diariamente sus negocios y cuyos entornos de socialización se encuentran en las ciudades (salones y cafés) y no en las villas de otros nobles. Sin embargo, en este contexto histórico el paraguas sigue siendo un elemento de distinción: la cocorota seca del burgués se eleva por encima de la masa de obreros empapados igual que la blanca piel del aristócrata deslumbraba frente a la tez morena de campesinos y siervos. Tanto el sol como la lluvia tienen, a su modo, un poder igualatorio como el de la muerte, y si bien el pudiente no puede, al menos por el momento, escapar de la parca, sí ha encontrado durante siglos recursos para aparentar inmortalidad en la medida en que conseguía estar a salvo de aquello que parecía afectar al común de los mortales: la lluvia, el sol, el calor, el frío…

Que el paraguas y lo popular han sido tradicionalmente incompatibles es algo que queda recogido hasta en nuestros cuentos tradicionales: no es casualidad, creo, que Caperucita Roja sea una de las pocas protagonistas de cuento auténticamente proletaria (al fin y al cabo, ¿por qué tendría ella que llevarle comida a su abuela si pertenecieran a una buena familia?) y que su rasgo más característico sea llevar una capucha. Frente a la capucha proletaria de Caperucita, podemos fijarnos en la aristocrática calesa de la Cenicienta, por ejemplo, para que sea aún más evidente la gran diferencia ante la cual nos encontramos. Del mismo modo, las grandes referencias pop al paraguas como objeto característico siempre remiten a personajes (Mary Poppins, John Steed) que, en el mejor de los casos, poseen una singularidad que los distancia de la gran masa, y en otros muchos pertenecen claramente a una clase social superior. Repetida hasta la saciedad está la imagen del paraguas que esconde un sable, arma oculta que sólo tiene sentido para un aristócrata presto a batirse en duelo o para un agente secreto de película.

Si una de las características del fetichismo de la mercancía es que aparezca como naturalmente dado y ahistórico lo que es en realidad socialmente producido e históricamente determinado, en el paraguas encontramos entonces un interesante fenómeno condensación del fetichismo de la mercancía, como rasgo general, en una mercancía individual. ¿Qué hay más universal que el cobijarse de la lluvia?, ¿qué parece más natural que crear un instrumento que nos permite guarecernos a la par que nos desplazamos? Y sin embargo el paraguas mismo posee, como vemos, una historia, y no es fruto espontáneo y permanente del ingenio humano sino consecuencia de unas circunstancias sociales y económicas particulares.

El fetichismo de la mercancía también remite a la ocultación de la dinámica real del capital. La circulación aparece, por ejemplo, como ámbito en el que se genera valor, ocultando la producción y el ámbito doméstico de reproducción; y la relación de libertad e igualdad entre poseedores de mercancías aparece como el patrón que siguen el resto de relaciones sociales, ocultando las relaciones de subordinación (entre capitalista y trabajadores, y todas las demás).

Del mismo modo, el paraguas, que originalmente era un elemento de distinción, ahora opera como un dispositivo de ocultación de la estratificación social. En eso no se diferencia de otros muchos bienes de consumo producidos en masa y que han generado la apariencia de una masiva igualación. El hecho de que efectivamente las diferencias de renta en muchos casos no lleven aparejadas alteraciones evidentes de los hábitos de consumo conduce, in extremis, a afirmar que puesto que no existen diferencias visibles en el consumo tampoco hay diferencias notables de renta.

Otro elemento definitorio del fetichismo de la mercancía es el carácter determinante de su componente materialista: la práctica prima sobre su reflejo discursivo de tal modo que, como bien ha visto Zizek, en la expresión de Marx “no lo saben, pero lo hacen” el hecho de saber no cancela automáticamente el hacer. Al mismo tiempo, además, todo hacer sigue produciendo su propio “saber”, su propio reflejo en la conciencia, que se contrapondrá siempre al conocimiento críticamente adquirido. Lo hará, de hecho, con tanta más fuerza cuanto menor sea la práctica antagónica que acompañe a ese conocimiento crítico.

El paraguas, por eso mismo, es un dispositivo productor de (falsa) conciencia. En cuanto poseedor y portador de un paraguas, cada individuo se considera a sí mismo a salvo del poder igualatorio de la lluvia, que sólo afecta a los otros, a los diferentes que sólo merecen su indiferencia: las cosas, los animales, las plantas, los desamparados… Al mismo tiempo que se diferencia de esos otros, el portador de paraguas se siente igual a todos los que lo portan: la uniformidad de paraguas oculta, borra, la enorme distancia real que puede mediar entre los diferentes portadores. Se trata además de una igualdad que no está basada en la construcción de una comunidad, sino en la reproducción de un espacio social atomizado: los paraguas son en general difíciles de compartir, y los más frecuentes y baratos, los que han inundado nuestras calles, difícilmente dan cobijo a más de una persona.

Cada cual con su paraguas, mirando al frente, aislado del resto, se desplaza por una ciudad en la que hay mucho movimiento pero apenas hay vida. Ningún portador de paraguas es consciente del espacio que realmente ocupa y tampoco de que en dicho espacio existen, junto a él, otros como él. Así, ya no hay apenas interacción social sino fundamentalmente confrontación, choque meramente corporal, sintético, se diría inerte, entre telas impermeables y frágiles varillas. Mucho menos piensa ninguno de ellos que pueda cruzarse con un pobre insensato que no protege su rostro bajo un paraguas y que se arriesga a que, en un choque de esos tan frecuentes, la varilla de un paraguas le arañe la mejilla, o le saque un ojo. El paraguas se transmuta así en metáfora del mito de la clase media.

El paraguas es un pequeño ejemplo de la paradoja a la que el capitalismo permanentemente nos enfrenta: pone a nuestra disposición innumerables avances que hacen nuestra vida aparentemente más cómoda; satisface un número tan ingente de necesidades que incluso termina creando otras nuevas a partir de aquellas que ya hemos dado por satisfechas. Al mismo tiempo, sin embargo, nos deja cada vez más aislados, más débiles, más tristes. En vez del paraguas podría haber hablado del coche, o del teléfono móvil.

Lástima que, en general, salir del laberinto no sea tan sencillo como olvidarse del paraguas, ponerse la capucha y salir a la calle a disfrutar del diluvio.

[*] NOTA: este texto ha sido originalmente publicado en Disparamag.

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Defender la alegría y organizar la rabia

Este texto ha sido originalmente publicado en Disparamag en tres entregas (1), (2), (3). Aquí lo subo completo, ordenado por epígrafes y no por partes, por si alguien prefiere leerlo de corrido en este formato. Al presentarlo como un artículo único hay algunas modificaciones textuales, pero son mínimas.

1. ¡Es la organización, estúpido!

Este artículo no trata exactamente sobre la crisis interna de Podemos, pero sí ofrece una interpretación, nada alentadora, sobre sus causas y sus repercusiones. Sepa el lector, eso sí, que he escrito otros textos sobre Podemos que, de algún modo, son una premisa del que aquí se ofrece, aunque por supuesto este último puede ser leído independientemente de los anteriores. Este artículo es sobre todo un intento de abrir una reflexión, ineludible pero que no se puede resolver a toda prisa, sobre el tipo de organización política que se requiere en la actualidad para contener, frenar y eventualmente superar las dinámicas sociales propias del capitalismo contemporáneo (incremento brutal de la desigualdad socioeconómica, autoritarismo, devastación ecológica…). Dicho de otro modo, sobre qué tipo de organización se requiere para dotar de consistencia al sujeto revolucionario cuando por revolución entendemos la superación igualitaria y antiautoritaria del capitalismo. Partir de la asunción de que es un tipo de organización en concreto el que necesitamos caracterizar no implica afirmar que solo debe constituirse una organización de dicho tipo.

La crisis del modelo organizativo revolucionario, que actualmente es palmaria, está en realidad larvada en nuestras sociedades desde hace aproximadamente un siglo. Los problemas inherentes a la forma-partido y a la asunción del Estado como instancia neutra de mediación han estado presentes, y han sido tomados en consideración con mayor o menor fortuna, como poco desde finales del siglo XIX. Si casi desde el principio cupieron dudas sobre la adecuación de la forma-partido, en cuanto medio, a los fines de un movimiento revolucionario, esa crisis no podía sino incrementarse en un momento histórico en el que los mejores argumentos en favor de dicha apuesta dejan de ser válidos. El Estado sigue siendo una instancia de mediación político-económica sustantiva, pero ha delegado una parte importante de sus responsabilidades, en sintonía con el alto grado de internacionalización del capital. De modo que hoy más que nunca el Estado no es un instrumento neutro sino una instancia legitimada de coerción al servicio del capital y seriamente impedida para impulsar cualquier tipo de reordenación profunda de la lógica económica. Es una instancia de administración y ejecución que administra y ejecuta recurriendo a la coerción y a medidas de excepción si es preciso, pero sus capacidades decisorias están seriamente disminuidas; el Estado parece más capacitado para elegir entre opciones que para forjar, por sí mismo, una alternativa.

No quiere esto decir que tomar el poder del Estado no sea un objetivo legítimo, e incluso necesario, sino que, en tanto que medio para un fin ulterior, la toma del poder estatal debe ser valorada teniendo en cuenta las posibilidades reales que abre y los lastres que acarrea. Desde este punto de vista, eso sí, los lastres son enormes y las posibilidades reales que el Estado ofrece no solo son pocas sino que además podrían ser igualmente accesibles siguiendo otro tipo de estrategias que no pasen por la toma del poder (entendida en su sentido clásico). De hecho, es difícil negar que la capacidad del Estado para dejar de ser un instrumento de mantenimiento del status quo y convertirse en un amplificador de los procesos revolucionarios (en el sentido arriba señalado) depende de la existencia autónoma de un amplio movimiento social organizado, capaz de forzar al Estado a entrar en sintonía con sus demandas. Dicho de otro modo, también parece evidente que los procesos revolucionarios se desinflan cuando ese movimiento social organizado autónomamente pierde dicha autonomía y comienza tanto a delegar en el Estado lo que antes era una tarea propia como a depender del Estado para su propia pervivencia.

La pregunta esencial que se presenta ante nosotros es, entonces, qué tipo de organización permite, por un lado, acumular la suficiente fuerza como para obligar al Estado a plegarse y, por otro lado, hacer que dicha fuerza se consolide y perdure en el tiempo. Cuando planteo la pregunta por el tipo de organización propongo pensarla simultáneamente en relación con tres aspectos: cómo se estructura (instancias y funciones), cómo se relacionan entre sí los elementos que la componen (jerarquía, coordinación, autonomía…) y cómo se comporta (qué objetivos persigue y cómo intenta alcanzarlos).

Las dos soluciones tradicionalmente disponibles, la forma-partido y la forma-grupúsculo, han mostrado sobradamente sus debilidades, y frente a ellas apareció Podemos como una supuesta solución. De hecho, parte del entusiasmo generado inicialmente por Podemos se explica, creo, por la generación de expectativas en tal sentido. Se trata de un hecho dramático, porque las promesas que Podemos hizo de renovación organizativa fueron siempre un fraude, y así se hizo evidente cuando la famosa “máquina de guerra electoral” quedó plenamente constituida y los círculos fueron relegados a un segundísimo plano. Si todavía Podemos es capaz de recabar un apoyo electoral sustantivo, es en la medida en que puede mantener viva la ilusión de una victoria electoral basada en la solidez de su núcleo dirigente. Ahora bien, precisamente ese fundamento es el que se resquebraja con la pugna abierta entre Errejón e Iglesias, y aún más entre “errejonistas” y “pablistas”. Por lo demás, no creo que a nadie le quepa duda: Podemos no es una organización revolucionaria, y al decirlo no le falto a nadie al respeto porque prácticamente desde el comienzo se ha presentado como motor de un “sano reformismo”. Ahora bien, no es menos cierto que tanto Íñigo Errejón como Pablo Iglesias han planteado que la actual coyuntura es la que impone que los revolucionarios recurran al tacticismo reformista. Recurro a esa terminología por este motivo y porque el diálogo crítico con Podemos solo es realmente pertinente desde el horizonte de la revolución.

Decía que, teniendo en cuenta que se enfrenta al Estado como instancia garante del orden establecido, el modelo de organización revolucionaria que necesitamos caracterizar ha de cumplir una serie de condiciones: necesita ser autónomo, necesita ser duradero y necesita ser fuerte. En realidad, la fuerza de dicha organización será resultado de una combinación de autonomía y durabilidad, de modo que esos últimos son los dos requisitos básicos. La forma-partido y la forma-grupúsculo son dos formas fallidas de conseguir dicha combinación. Las presento como modelos conceptuales que parten de la realidad actual y que deben servir para describirla; este matiz es importante, porque queda fuera de mi planteamiento una consideración histórica sobre la evolución de los partidos políticos, aunque tampoco me negaré a abrirla si alguien lo propone. Además, aclaro que entiendo que en las organizaciones políticas realmente existentes encontramos rasgos de ambas, aunque al mismo tiempo también creo que en última instancia podemos siempre decir de cualquier organización dada si es más cercana a un modelo o al otro.

2. La forma-grupúsculo

En una primera aproximación, se puede decir que la forma-grupúsculo se caracteriza por la identificación de sus miembros con una determinada ortodoxia. También se le podría atribuir el empleo de un discurso formalmente “radical” y materialmente vacío: recurre a un repertorio de términos ideológicamente marcados que, incluso si en algún momento fueron conceptos y pudieron servir para identificar la raíz de los problemas y orientar la acción política, han quedado reducidos a la condición de consignas y operan como meras señas de identidad. Como los postulados comunes que explican la razón de ser de la organización son ideológicamente muy restringidos, el número de personas que se identifica con ellos es pequeño. Ese convencimiento ideológico es el punto de partida que garantiza una posición autónoma. La sintonía ideológica y la práctica política común se refuerzan mutuamente constituyendo una entidad políticamente homogénea. Es necesario aclarar que por homogeneidad entiendo una propiedad de aquellos grupos en los que cualquiera de sus integrantes puede, llegar el caso, hablar en nombre del colectivo y representarlo; cuanto mayor es la sintonía ideológica de partida, y cuanto más pequeño es el grupo, mayor es la homogeneidad política constituida, porque la probabilidad de que la práctica política común involucre igualmente a todos los miembros es muy alta. Ahora bien: estas organizaciones no existen en el vacío, sino que surgen en condiciones históricas y sociales específicas, y por tanto están expuestas a giros políticos inesperados, que pueden ser de calado.

¿Qué ocurre entonces? Cuando un giro político sustantivo se produce, estos grupos tienen que recurrir a su caja de herramientas ideológica para interpretarlo y reevaluar posiciones; ese esfuerzo es a la vez individual y colectivo, y no tiene por qué ser fructífero ni sencillo. Cuanto mayor sea el dogmatismo de partida, y cuanto más limitado sea el repertorio de herramientas de análisis disponible, más difícil será adaptarse a situaciones novedosas, y en todo caso nada garantiza que, individualmente, todos los miembros del grupo lleguen a las mismas conclusiones. El resultado es que la sintonía ideológica de partida se resquebraja y la homogeneidad se debilita seriamente. Como la forma-grupúsculo es pequeña, y como su principio fundacional es la sintonía ideológica, no solamente no prevén que este tipo de quiebras se puedan producir sino que además carecen de los instrumentos adecuados para afrontarlas. La práctica política cotidiana que constituye la organización no se basa en procedimientos sino ante todo en la formación de vínculos personales y entramados afectivos. Las relaciones afectivas no producen necesariamente entornos horizontales; de hecho, no solo pueden producir importantes desigualdades en términos de poder sino que, además, dichas desigualdades son muy difíciles de detectar, explicitar y corregir.

Como la sintonía ideológica se asume como un presupuesto, tampoco suelen existir espacios de debate y formación que merezcan tal nombre, ya que más bien suelen funcionar como espacios de difusión de doctrina y autoafirmación. Esto significa dos cosas: por un lado, que la capacidad para hacer una buena identificación de metas es limitada, y los resultados no solo serán cuantitativamente pequeños sino cualitativamente pobres; por otro, que cuando se produce un desacuerdo realmente profundo normalmente no existen mecanismos que amortigüen el impacto. Los desacuerdos ideológicos se traducen en conflictos personales e incluso en enemistades furibundas, y el grupo se divide o incluso colapsa. Si el lector busca ejemplos, no tiene más que pensar en el tipo de disgregaciones políticas que se han producido al hilo de los desacuerdos sobre la Primavera Árabe (especialmente el caso sirio) o, después, sobre la propia emergencia de Podemos.

3. La forma-partido

El elemento sustantivo de la forma-partido es la asunción de la neutralidad de la burocracia como herramienta. La forma-partido se puede constituir, en términos lógicos, por oposición a la forma-grupúsculo: los vínculos personales y las tramas afectivas persisten, porque somos humanos y no podemos prescindir de ellos, pero son mitigados y reconducidos a través de procedimientos impersonales aceptados por todos los integrantes. Eso permite que personas que no se conocen, e incluso que personalmente no se aguantan, cooperen juntas políticamente en el marco de una estructura cuya mediación es igualmente aceptada. No está mal, en principio, que se den las condiciones para poder diferenciar amistad personal de amistad política, porque si bien ambas tienden a coincidir está claro que no son la misma cosa. Tampoco tienen nada que ver, visto a la inversa, las enemistades personales con las políticas, aunque sin lugar a dudas hay determinados rasgos personales que pueden hacer que alguien no solamente sea antipático sino además antagónico.

Ahora bien, una de las implicaciones que tiene la asunción de la burocracia como herramienta neutral es la preponderancia de los procedimientos electivos, que suponen (e imponen) entornos de racionalidad instrumental. Otra implicación relevante es la aceptación de las relaciones de mando y obediencia como expresiones naturales de una forma más “refinada” de organización colectiva. La combinación de ambas implicaciones supone el establecimiento de jerarquías burocratizadas en las que la inercia heredada del pasado e instalada en los niveles superiores tiende a imponerse, mediante sus poderes de castigo y recompensa, sobre los eventuales impulsos renovadores provenientes de la base. Los castigos y las recompensas suelen tener expresiones materiales, es decir que aparecen como incrementos o disminuciones de la capacidad de acceso a los recursos de los que dispone la organización, pero pueden operar solo a un nivel simbólico, en términos de reconocimiento o rechazo y por tanto de ascenso o descenso en la escala burocrática.

Hablando en términos lógicos, porque desde un punto de vista histórico la cuestión se plantearía de otra manera, la dinámica burocrática no puede ser entendida al margen de la lógica económica capitalista y del dominio ideológico que le es inherente. Una organización burocráticamente organizada es una entidad reconocida jurídicamente por el Estado y titular, como sujeto jurídico, de una serie de derechos de enorme relevancia en el campo económico y fiscal: desde la capacidad para vincular la membresía al pago de una cuota, hasta el enorme abanico de recursos económicos (en dinero y bajo otras formas) que las distintas administraciones públicas ponen a disposición de las organizaciones de la sociedad civil. Al mismo tiempo, por otro lado, una organización de cualquier tipo necesariamente incurre en gastos económicos que deberán ser cubiertos empleando recursos proporcionados por sus miembros; cuando se establece un sistema regular de recaudación de cuotas aparecen exigencias, legales (control fiscal) y prácticas (gestión de cuentas), tanto más imperiosas cuanto mayor es el tamaño de la organización, que conducen por otro camino a la necesidad de obtener un reconocimiento jurídico y cumplir con determinados criterios técnico-organizativos (algunos quizás sean objetivamente necesarios, otros -los más- están impuestos por la legislación sobre asociaciones y partidos políticos).

En principio, nada habría que objetar a que el Estado incentive, posibilite y supervise el sostenimiento económico de las organizaciones de la sociedad civil, pero ese gesto de apariencia altruista tiene un reverso preocupante: las organizaciones así constituidas que deciden hacer uso de los derechos de los que son titulares dejan de ser meras herramientas de mediación entre personas y se convierten también, como anticipaba antes, en gestoras de recursos económicos. Llega a ocurrir, incluso, que las funciones se invierten, de modo que las personas que concurren en una organización entran en contacto (indirecto) las unas con las otras simplemente porque las vincula su interés por los recursos económicos que cada una de ellas, desde su posición de poder dentro de la estructura burocrática, puede proporcionar a las demás.

Un elemento adicional que hay que tomar en consideración es la existencia de facciones. Éstas son en gran medida el resultado de la inevitable pervivencia de las tramas afectivas en el seno de una organización burocráticamente racionalizada, pero no se deben exclusivamente a eso. Si fueran simplemente resultado de filias y fobias personales, también hablaríamos de facciones al interior de la forma-grupúsculo. Desde luego es posible argumentar que no lo hacemos porque en la forma-grupúsculo surgen divisiones “faccionales” solamente cuando está en crisis, es decir, cuando ha perdido una parte de la fuerte homogeneidad que presenta en condiciones ideales, pero frente a esa apreciación se puede objetar que hay grupúsculos que están en crisis permanente y sin embargo no terminan de disgregarse. Por consiguiente, y aunque sea solo resultado de una intuición, parece correcto decir que las facciones son algo propio de los partidos, y que son resultado de una relación compleja entre mecanismos burocráticos y tramas afectivas:

Por un lado las facciones son disfuncionales porque amenazan la unidad de la organización. Por otro, sin embargo, ayudan a los individuos a permanecer integrados, en la medida en que los afectos suplen las carencias de los mecanismos burocráticos y refuerzan sus virtudes. Las facciones no se constituyen solo de acuerdo con filias y fobias afectivas, aunque se alimenten notablemente de ellas; también se organizan en torno a intereses materiales comunes y operan como mecanismos eficaces de distribución de recursos que, en ausencia de facciones, tendrían que ser asignados siguiendo criterios de planificación difíciles de objetivar. Por último, más allá de las facciones particulares, aunque también puede ocurrir en su seno, la forma-partido gana solidez si las contradicciones internas de la burocracia las resuelve no solo la pervivencia de tramas afectivas sino también el vínculo emocional, un tanto más difuso, los miembros de la organización con un líder carismático.

La forma-partido garantiza, en comparación con la forma-grupúsculo, una notable durabilidad. Esa durabilidad se basa precisamente en la existencia de una mediación burocrática que amortigua y reconduce los conflictos interpersonales, y en la configuración de intereses materiales comunes que pesan más que las desavenencias (ideológicas o afectivas). El precio que hay que pagar para que la organización burocrática se mantenga en el tiempo aparenta ser una mera cesión discursiva, tácticamente justificada: una organización burocrática detenta tantos más recursos cuanto mayor es su tamaño, y como la distribución de recursos se produce en un marco competitivo más o menos regulado, dicho crecimiento debe ser relevante y rápido, por lo que es la organización la que debe adaptarse al “mercado”. Esa adaptación supone dos cosas. Por un lado, evitar la restricción ideológica, recurriendo a técnicas de marketing político que priman la indefinición y la ambigüedad. Por otro, seguir las reglas del juego que delimitan el campo de competencia, cosa que en nuestros sistemas parlamentarios pasa por procedimientos constantes de transacción que son presentados como cesiones a corto plazo cuyo fin es preparar el terreno para logros en el futuro. La defensa de una posición política autónoma queda reducida a una cuestión de principios. Principios que o bien aparecen como absolutos, en la medida en que se enuncian abstractamente, o bien son crecientemente relativos, en la medida en que se manifiestan concretamente bajo el influjo de las relaciones de fuerza existentes en las instituciones.

En la forma-partido se toma en consideración el hecho de que la homogeneidad política no viene simplemente dada sino que se construye cotidianamente. Sin embargo, la sintonía ideológica sigue siendo un presupuesto, por más diluido o ambiguo que sea el principio ideológico pretendidamente común. Por este motivo la forma-partido tampoco se dota de espacios de formación y debate serios, sino que como la forma-grupúsculo va a primar la doctrina y la autoafirmación; solo se prestará atención a la formación de los cuadros técnicos sobre los que recaiga la responsabilidad del funcionamiento de la propia estructura burocrática (campañas electorales, procedimientos administrativos, etc.).

4. Valoración comparativa

A la luz de la explicación precedente, queda claro que ambas formas organizativas comparten una misma concepción, errónea, de la ideología: la comprenden como el resultado de prácticas simbólico-discursivas desconectadas del resto de actos cotidianos, estén directamente conectados o no con la militancia política. Sin embargo, la ideología en realidad se compone a partir del reflejo simbólico-discursivo que produce cada acción que realizamos, de modo que en nuestra ideología pesan mucho más nuestros comportamientos diarios en casa, en el barrio, en el trabajo o en nuestra organización política que nuestras hermosas declaraciones de intenciones.

La cuestión del modelo organizativo es, y así vuelo a la idea con la que arranqué, uno de los grandes problemas políticos que estamos llamados a resolver, evitando cometer de nuevo el error de considerarlo una cuestión meramente técnica o de confianza en las buenas intenciones de los otros. De la forma-partido hemos de aprender que la homogeneidad política no es esencialmente un punto de partida sino sobre todo un efecto de la práctica política sostenida en el tiempo y apoyada en procedimientos y mecanismos que pueden ir en contra de lo que nos sugieren nuestras intuiciones afectivas. De la forma-grupúsculo, en cambio, debemos recuperar la visión de largo plazo, el crecimiento sosegado y el aprecio por la autonomía. De las experiencias pasadas debemos recuperar los aciertos parciales, que los ha habido sin duda, y sobre todo aprender de los errores, siendo probablemente el mayor de todos haber presupuesto que los medios de los que podemos hacer uso para intentar alcanzar nuestros fines son neutrales. Dentro de esos medios cuya neutralidad hemos supuesto entran tanto fórmulas organizativas como recursos tecnológicos, instituciones, canales de comunicación, conocimientos especializados, etc. Está por ver qué somos capaces de construir desde la convicción de que es necesario un equilibrio, consciente y periódicamente supervisado, entre mando y horizontalidad, entre impersonalidad y complicidad personal, entre elección y otras formas de designación.

5. Vistalegre: un paisaje desolador

La comparación de todo lo dicho hasta aquí con Podemos hace evidente que dicha organización se encuentra en una situación trágica, aunque relativamente previsible. Ahora que Vistalegre II está a punto de eclipsar al Vistalegre primigenio, es un buen momento para decir que los promotores de Podemos detectaron excelentemente cuál era el problema crucial al que se enfrentaban los grupos y organizaciones “de izquierdas”, pero trataron de resolverlo deliberadamente en la dirección equivocada. En aquel entonces, antes de las elecciones europeas, los tres sectores principales del partido que ahora se encuentran enfrentados pusieron en marcha conjuntamente una estrategia de captación masiva a todas luces fraudulenta. Se aprovecharon de la debilidad ideológica generalizada, y de la crisis profunda de los modelos organizativos existentes, para proponer discursivamente una “herramienta”, un “método de participación”, mientras la práctica real conducía a una organización fuertemente jerarquizada, autocrática a niveles difíciles de imaginar, y cuyo mejor cemento interno es la distribución de recursos económicos al interior de cada “familia”. Esa lógica burocratizante coexiste, tremenda paradoja, con una dinámica grupuscular palmaria en el seno del grupo dirigente, lo cual explica que el desacuerdo entre mandamases se resuelva con careos y malas artes amplificados por el choque brutal entre facciones y por el recurso a las destituciones arbitrarias y las dimisiones en bloque. En una organización seria todo esto debería quedar razonablemente vehiculado de otra manera.

En Vistalegre se debatió una propuesta organizativa alternativa (“Sumando Podemos”) que a punto estuvo de imponerse. No era perfecta, pero era un buen comienzo. Para garantizar su derrota fue necesaria una alteración muy sospechosa de los procedimientos de votación, y que Pablo Iglesias amenazara con marcharse si “su” modelo organizativo no era apoyado. En aquel momento era inevitable comparar la situación con la historia del PSOE y pensar que Podemos quemaba etapas históricas a una velocidad de vértigo. Ahora que Pablo Iglesias ha amenazado con marcharse dos veces más en menos de un trimestre solo cabe la estupefacción ante un chantaje burdo y, si su liderazgo es simbólicamente tan importante, irresponsable.

Digo que el modelo alternativo propuesto en Vistalegre era insuficiente por cuatro motivos interrelacionados. Primero, porque le faltaba ambición en su apuesta por formas distintas de operar, y por tanto cabe dudar de que la implantación de ese modelo nos hubiera conducido a una situación diferente de la actual. Segundo, porque era una fórmula de compromiso entre corrientes muy distintas y con peso desigual, lo cual hacía difícil confiar en la estabilidad, a medio-largo plazo, de esa coalición en la defensa de un modelo de organización que habría generado fricciones y contradicciones importantes; de hecho, las corrientes y los líderes de partido que contribuyeron a “Sumando Podemos” esta vez se han alineado de forma completamente distinta. En tercer lugar, al menos una de las corrientes que defendía ese modelo había participado del embaucamiento inicial, y ha contribuido después a la lógica de facciones que hoy se ha impuesto; todo esto mina la credibilidad de la propuesta. En cuarto y último lugar, porque la apuesta por una organización política diferente estaba planteada sin cuestionar totalmente el oportunismo de partida; parece que se trataba más de una cuestión de marketing (vender un partido nuevo con una estructura -aparentemente- diferente) que de una clara intención de marcar un antes y un después en la historia de las organizaciones políticas revolucionarias.

Decía que en Vistalegre II han variado las alianzas. Ha sido fundamentalmente debido al choque entre Iglesias y Errejón, pero no solo. Sirvan unas pocas pinceladas para retratar la dimensión de los cambios: Echenique, que apoyaba “Sumando Podemos”, ahora es defensor de “Podemos Para Todas” (Iglesias). Urbán y Rodríguez, que también apoyaron “Sumando Podemos”, ahora defienden “Podemos en Movimiento”. Y “Recuperar la Ilusión” (Errejón) acaba de alcanzar un acuerdo transaccional con “Profundización Democrática” (que también provenía de “Sumando Podemos”) para presentar un único documento organizativo que probablemente es el más parecido a la propuesta derrotada en el primer Vistalegre. Ver para creer, y desconfiar profundamente.

Así pues, los defectos que aquejaba el primer Vistalegre están ahora exacerbados. No solamente hay discrepancias sobre el discurso, al cual se fía erróneamente la constitución de la homogeneidad política, sino que ninguna de las tres principales facciones en liza comparte ya con cualquiera de las otras el mismo modelo organizativo, y para más inri ninguna de ellas ha ganado sustantivamente en radicalidad a ese respecto. Estamos, por lo tanto, ante una gran crisis interna que amenaza con conducir a la disgregación de Podemos; cualquiera de las soluciones disponibles que pueden evitar el colapso de la organización reforzará el modelo fallido de la forma-partido, y representará por sí misma un fracaso notable, independientemente de las repercusiones electorales que tenga en el futuro.

6. Una época de experimentación organizativa

En este tipo de textos siempre queda coja la cuestión propositiva, y temo que, lamentablemente, este artículo no va a ser una excepción. La discusión detallada sobre el tipo de organización que necesitamos construir es una discusión bien concreta que, por eso mismo, no es fácil abordar en abstracto. Está condicionada por quiénes la van a constituir y a quiénes se aspira a incorporar; por el ámbito de acción de dicha organización, y por los objetivos que se marca.

Hecha esa advertencia, creo que debemos descartar, al menos por un largo tiempo, que vaya a surgir una sola organización capaz de aglutinar todas las demandas y conseguir todos los objetivos potencialmente enunciables. No solamente hay obstáculos objetivos que lo impiden sino que además no sería inteligente apostar por esa vía. Considero que entramos en una etapa de experimentación organizativa que podemos desaprovechar o explotar al máximo, pero que no vamos a poder esquivar. Esa etapa de experimentación coincide con un momento de aguda fragmentación sociopolítica y de importantes reajustes en el equilibrio de fuerzas existente en diferentes ámbitos de lucha de clases; todo ello en una situación de gran desprotección frente a la presión que ejercen dinámicas transnacionales sobre las cuales no tenemos ningún poder de decisión. Eso significa que cada núcleo de resistencia en cada frente se va a ver en la necesidad de organizarse en función de sus circunstancias particulares, y que habrá elementos de cada experiencia (errores o aciertos) que sean extrapolables y otros que no. Por este motivo no solo pienso que no existe una fórmula mágica aguardando al alquimista brillante capaz de descubrirla, sino que además considero contraproducente intentar buscarla: en un contexto como el actual no podemos poner todos los huevos en una sola cesta.

La caracterización de nuestro momento histórico como una etapa de experimentación nos permite añadir, con cierto fundamento, algunas observaciones más:

La experimentación requiere audacia, desde luego, y es difícilmente compatible con el miedo; sin embargo, la experimentación es también un proceso largo que no se puede afrontar exitosamente con impaciencia y temeridad, sino con prudencia y buen tino. El miedo en política, cuando uno está tratando de impulsar algo nuevo, es inevitable. Es un miedo que tiene mucho que ver con el apego individual a lo creado colectivamente, con una especie de rechazo instintivo a asumir que lo común es de todos por igual y no de cada cual en función de cuánto hace. Como además es un hecho que no todos los miembros del grupo contribuyen del mismo modo, se generan percepciones comunes, a veces muy distanciadas de la realidad, sobre la desigual contribución de los miembros. En una situación de miedo generalizado, cada cual reconoce a los otros su mayor o menor derecho a una parte de lo construido simplemente esperando que, a cambio, los demás le reconozcan también su derecho a una parte del pastel.

Que este miedo sea inevitable no quiere decir que no pueda ser neutralizado. Y puesto que se alimenta de la desigualdad entre contribuciones, será necesario establecer mecanismos que las corrijan, ya sean positivos (por ejemplo rotaciones obligatorias o designaciones por sorteo) o negativos (limitaciones al número de responsabilidades asumidas por una misma persona, o al tiempo durante el cual puede hacerlo). Este tipo de mecanismos correctores son esenciales para constituir una homogeneidad política sólida, pero es inevitable que su implementación produzca errores, defectos y conflictos que solo serán corregibles si les dedicamos tiempo, esfuerzo y atención.

Hay muchos factores de desigualdad que condicionan la participación en el seno de una organización: distintos grados de extroversión generan mayor o menor tendencia a hablar y eventualmente ejercer funciones de liderazgo; distintas capacidades conducen a especializaciones que no tienen por qué ser igualmente valoradas; las diferencias de edad y de género pueden introducir jerarquías involuntarias… Mecanismos como el sorteo pueden servir para afrontar varios de estos problemas simultáneamente, pero al mismo tiempo pueden ser necesarios correctores específicos.

Entre los “factores subjetivos” me interesa tratar brevemente tres:

El primero es la temida existencia de filias y fobias personales. En la medida en que existen y resultan irresolubles, es necesario un proceso colectivo de aprendizaje que nos permita separarlas de la cooperación en el marco de una organización política. Por otro lado, cualquier espacio de convivencia está inevitablemente expuesto a la circulación de afectos, positivos y negativos, que no se pueden excluir de la dinámica de la organización y tampoco dejar pasar como si fueran políticamente irrelevantes. Probablemente una de las claves del asunto sea la formación en cuestiones de dinámica grupal y psicología, y sobre todo la adquisición cotidiana, colectiva, de una educación emocional más rica que la que generalmente adquirimos en una sociedad donde priman el individualismo y la agresividad.

El segundo es la diferencia de opiniones. Estamos habituados a que las lógicas de representación giren en torno a las personas, y ese es precisamente uno de los asuntos esenciales que necesitamos corregir. Lo esencial no es encontrar quién nos represente, sino definir con creciente claridad qué ideas nos representan porque las compartimos. Cuando entramos en lógicas de representación personal, las diferencias de opinión se convierten en conflictos interpersonales donde cada cual lo que busca es a un representante que piense como él; cada desacuerdo puede convertirse en un fracaso organizativo porque crea una discordia que no se resuelve. Sin embargo, desde la lógica de la clarificación de ideas, cada desacuerdo abre una vía de trabajo, y lo importante ya no es encontrar a alguien que piense igual que tú para que te represente, sino forjar ideas comunes. Esta lógica de trabajo implica, eso sí, que hay cuestiones especialmente controvertidas sobre las que una organización no va a poder pronunciarse de inmediato, o incluso que no podrá hacerlo nunca con todo el detalle que desearía o que se le puede exigir desde fuera (aunque sí podrá explicar los motivos de su impotencia). También demuestra, eso sí, que la homogeneidad política no está reñida con la pluralidad. Lo que en principio puede parecer un defecto de cara a la acción, puede ser visto también como el mejor fundamento para construir progresivamente una agenda política propia, autónoma.

El tercero, relacionado con el anterior, es la diferencia de conocimientos, cualificaciones, destrezas… especialmente cuando se articulan en torno a la separación entre lo manual y lo intelectual, que contiene un importantísimo factor de violencia simbólica. Una parte de esta cuestión tiene que ver con la rotación de tareas y la igual asunción de responsabilidades, puesto que muchas de estas diferencias se difuminan con la práctica. Otra parte tiene que ver con la puesta en valor de la práctica teórica: aprender a apreciar el esfuerzo intelectual como un acto políticamente productivo si se dan las condiciones adecuadas, y al mismo tiempo descubrir todo el esfuerzo intelectual que realizamos cotidianamente, todo el conocimiento que adquirimos, y que, por no estar simbólicamente marcado como algo perteneciente a “la intelectualidad”, creemos que es irrelevante en estos términos. Evidentemente estoy hablando de procesos que llevan tiempo, y que pueden estar sujetos a diferencias de capacidad, aptitud e interés, pero tienen una importancia capital desde el punto de vista de la constitución de la homogeneidad política a la que tantas referencias hago.

Los “factores objetivos”, por otro lado, no son menos determinantes, y sin embargo nos atrevemos a explicitarlos y reflexionar sobre ellos con menos frecuencia:

Por ejemplo, si las diferencias económicas entre miembros son agudas, los mejor situados pueden querer, con la mejor de las intenciones, hacer una contribución económica mayor, de acuerdo con sus capacidades. El riesgo que ello entraña es que, poco a poco, se cree una situación en la cual quien paga manda. Aquí entran en juego no solamente la organización interna, que puede introducir límites al “excesivo” altruismo, sino también las determinaciones económicas a las que esté expuesta la organización según su actividad y sus fines. Esto significa que la consecución reiterada de fines excesivamente ambiciosos en términos económicos introduce un riesgo de desequilibrio político interno porque la organización va a depender mucho más de la aportación económica de ciertos miembros que de la labor de los demás. También implica que una organización podrá ser tanto más ambiciosa cuanto más se libere, colectivamente, de esas determinaciones económicas y, por otro lado, que no hay objetivo más ambicioso que precisamente el de liberarse colectiva y autónomamente de las determinaciones económicas a las que estamos sujetos.

En la misma línea, otra de las grandes diferencias materiales que termina produciendo desajustes políticos serios es la cuestión del tiempo. La diferente disponibilidad de tiempo libre genera diferentes grados de dedicación e impone límites objetivos muy serios a la igual asunción de responsabilidades. Esto convierte la liberación colectiva de tiempo en un objetivo político prioritario de cualquier organización, y correspondientemente la politización, la transformación en problemas comunes, de cuestiones que tradicionalmente hemos considerado individuales y privadas. Por otro lado, también exige destecnificar los puestos de responsabilidad, que normalmente concebimos como si llevaran intrínsecamente asociados ciertos niveles de dedicación y exigencia: habrá que asumir que las mismas funciones pueden ser ejercidas con ritmos distintos y ofreciendo resultados diferentes, poniendo en valor el hecho mismo de la rotación frente a la actual preocupación por los rendimientos.

La fase de experimentación también nos fuerza a adoptar una postura distinta a la actual frente a las instituciones. Si las instituciones son un fin en sí mismo, es evidente que las vías disponibles para alcanzarlo son muy pocas y el margen para la experimentación es exiguo. Además, la concepción generalizada de las instituciones como fin en sí mismo genera relaciones de competencia más que de cooperación, incluso con nuestros potenciales aliados, y las dinámicas de competencia dificultan enormemente la exploración de nuevas soluciones. Por el contrario, si las instituciones son un medio, las posibilidades de relación se multiplican tanto como se diversifiquen los posibles fines, y el campo de experimentación se ensancha notablemente; en un marco como ese evidentemente también existen confrontaciones, pero es mucho más fácil restringirlas al antagonismo de clase y, en lo tocante a nuestros posibles aliados, establecer relaciones de cooperación muy flexibles.

No creo que, desde la absoluta generalidad en la que me sitúo en este texto, sea posible ni prudente añadir mucho más. Tampoco creo estar descubriéndole nada a nadie, porque separadamente estos problemas están siendo explicitados, y afrontados con creciente acierto, por múltiples organizaciones. En todo caso puede que una presentación sistemática como la que he planteado ayude a disipar las dudas de quienes ya se han lanzado a transitar estos caminos.

En lo que se refiere a Podemos tengo la impresión, y creo que no soy ni mucho menos el único, de que el partido no saldrá fortalecido de Vistalegre II. Incluso veo un riesgo importante de que el partido se disgregue con tanta rapidez como se formó. Ahora bien, como ya he planteado en algún texto anterior, Podemos es en realidad una constelación que puede sobrevivir perfectamente sin el “núcleo irradiador”, aunque deberá adoptar otros métodos, otros tiempos y tal vez otros objetivos.

Lanzo este texto sabiendo que de ningún modo podrá alterar lo que ocurra en Vistalegre II. Sí puede servir, sin embargo, para que quienes lo observan, desde dentro o desde fuera del partido, como un acontecimiento ajeno, tengan alguna herramienta más de la que servirse. Lo escribo para que empiecen a pensar ya en el día después, en el mes que viene, en el próximo verano… Lo escribo como una invitación a discutir, a pensar y a hacer, pero desde nuevas coordenadas, que ya está bien de oscilar entre la tragedia y la farsa.

De momento, lo cierto es que tres compañeros han seguido de cerca el proceso de redacción de estas páginas, y que sus valiosas aportaciones han quedado incorporadas al texto final. Es justo cerrar con ese reconocimiento.

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Acabo de añadir a la sección de Textos las notas de la presentación que realicé el pasado fin de semana sobre en el seminario Comics Chronicles celebrado en la Universidad del Bósforo (Estambul).

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Acabo de subir a la sección de Textos las notas de mi exposición del poema satírico “The Grumbling Hive” de Bernard Mandeville. También tiene unas notitas sobre Montesquieu.

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Colectivo Burbuja – Podemos: ¿algo más que márketing político?

Hace unos días participé en uno de los debates que Colectivo Burbuja ha organizado sobre Podemos. No planteo nada nuevo en comparación con los textos aquí publicados, pero sí es un contexto distinto que permite comprobar qué ocurre (o mejor, qué no ocurre) cuando un defensor de Podemos se encuentra con una crítica como la que yo planteo. Las valoraciones son bienvenidas, como siempre.

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Recortes en el Reino de los Capicúas

Una de las cosas que recuerdo con afecto del barrio donde crecí, y que no termino de reencontrar en el barrio donde ahora vivo, es la energía vital del lenguaje hablado. Su potencia lírica, incluso. Especialmente al insultar. De hecho, empiezo a pensar que la edad pesa tanto como las condiciones urbanas y de clase. Que si noto el lenguaje menos fresco es porque mi gente más cercana y yo hemos perdido el agudo ingenio de la infancia y la primera adolescencia. Uno de los mejores ejemplos que recuerdo de esa audacia verbal que cuaja en la lírica popular urbana es el insulto “capicúa”. Prueba indiscutible de que el pueblo llano es más de Quevedo que de Góngora. Eso sí, como tampoco hay que pasarse, el insulto se lanzaba seguido de su explicación: “culo-cuerpo-culo”.

He armado esta pequeña reflexión después de pensar que, si algo podemos sacar en claro del rajoyato que no cesa, aparte de que aumenta la desigualdad social y de que el PP opera como una organización criminal, es que el Presidente del Gobierno en funciones tiene los mofletes de hormigón. Y no sólo los de la cara. Eso sí, advierto que no sé, y parafraseo su discurso de investidura (que fue libidinal, eso seguro, aunque ignoro contra quién o qué), si se trata de un rasgo innato o adquirido. En todo caso, compadezco al encofrador de tan augusta  cuaterna de carrillos.

Rajoy, digo, es capicúa. Tiene hormigón en la cara, las nalgas y los pies. Es un superviviente. Sus compinches han tratado en varias ocasiones de convertirlo en pasto de los peces y, o bien lo han intentado por error en el Manzanares en vez de en las Rías Baixas, o bien tendremos que aplicar la máxima según la cual no hay que explicar recurriendo a la maldad aquello que es plausible bajo el signo de la estupidez. El cómico tinerfeño Ignatius Farray decía en un monólogo que un personaje como Clark Kent sólo es creíble porque su torpeza y estulticia quedan compensadas por el hecho de que, en realidad, sea Superman. Mutatis mutandis, Mariano Rajoy sólo es creíble como personaje de ficción (o personaje público, que es lo mismo) porque simultáneamente es el Presidente del Gobierno.

Sea como fuere, el Hombre de las Tautologías (y la segunda ya tal), farsa orteguiana porque Ortega aún podía lucir la potencia de toda buena tragedia, ni siente ni padece. Y parece que no hay quien le mueva del Trono de Hierro que todos los demás, hasta puede que algunos de los suyos, codician. Y al paso que vamos el Gobierno en funciones va a funcionar, pero bien además, otros cuatro años.

rajoytrono

El Jueves, 15/02/2012

Ese Trono de Hierro es más bien de Cartón Piedra. Más que mandar, desde él lo que uno hace es prestar el rostro a quienes mandan. El poder que se le atribuye es igualmente prestado. Suele venir de más arriba. Sólo en circunstancias muy especiales puede sintonizar de verdad con los de abajo. Siendo esto relativamente fácil de entender, y aun teniendo tan reciente el ejemplo negativo de Grecia y Syriza, este Trono lo codicia hasta Pablo Iglesias: son inescrutables los caminos que conducen a placeres culpables. El Secretario General de los morados parece una suerte de Alonso Quijano del siglo XXI: está quijotescamente atrapado en el delirio tras leer libros de caballerías; no muchos, eso sí, sino unos pocos muchas veces. Y una porción importante de las bases y de los cuadros podemitas, a su vez, están sanchescamente atrapados en la ilusión de devenir gobernadores de una ínsula; no hay, empero, archipiélagos suficientes para contentar a tantos aspirantes.

El bloqueo político que se veía ya venir antes de las elecciones de Diciembre brindaba la (quizás) única buena razón para votar a Podemos: mientras no haya Gobierno, nos decíamos guiados por la experiencia de Bélgica, no habrá quien pueda recibir el telefonazo desde Bruselas exigiendo los debidos recortes. La coyuntura económica, sin embargo, no es exactamente la misma, y las condiciones de equilibrio político tampoco. Wolfgang Schäuble ha debido decirle al Gobierno español en funciones que en Alemania ya saben, porque para algo contribuyeron a su conformación, que el parlamentarismo español actual es de bajísima calidad, y que dejen de escudarse tras unos checks and balances que en realidad siempre se han pasado por el forro.

Ya que hablamos de capicúas, señalemos que los números son elocuentes: Bruselas exige a España que recorte en un año 10,000 millones de euros; es decir, el equivalente a un tercio de lo recortado entre 2009 y 2014. Si tenemos en cuenta que para un recorte neto de 30,000 millones de euros se recortaron 78,648 millones de euros en todas las partidas de gasto excepto pensiones, intereses de deuda y energía, podemos hacernos una idea del tipo de ofensiva que se viene y que, no nos engañemos, el Gobierno en funciones (ese que debería tener limitadísimas competencias) ha pactado con los otros Gobiernos europeos (especialmente con los que mandan) en Bruselas.

Y no es esto lo único que nuestro Gobierno en funciones está haciendo. Nuestro Gobierno en funciones va a mantener, esquivando el de por sí irrisorio control parlamentario si hace falta, una política exterior explícitamente alineada con, y fuertemente integrada en, la reorganización del despliegue militar de los Estados Unidos. Y lo va a hacer en el contexto de una escalada belicista deliberadamente alimentada por Washington y muchos de sus aliados en Europa.  El reciente fallecimiento de un soldado español el Irak (sí, España ha vuelto a Irak por la puerta de atrás) debería servir para alertarnos. También podríamos hablar de las negociaciones del TTIP. O de los gestos favorables (¡con Rajoy ya en funciones!) al nuevo Presidente de Brasil. En clave de política interior, podríamos hablar del desmantelamiento deliberado y a marchas forzadas del sistema de pensiones públicas. O del decretazo que nos va a caer encima. De hecho, y dado que mientras rumiamos estas líneas ha sido defenestrado Pedro Sánchez, incluso se abre camino la posibilidad de una abstención del PSOE; El Retorno de la Gran Coalición bien podría ser el título de una película de serie Z, aunque al imaginar su contenido no nos dé la risa tonta.

Como señalaba un amigo el otro día, en España están ocurriendo cosas que en Chile en los años 70 dependieron de un golpe de Estado y de una sangrienta dictadura militar. Que no lo dude nadie: el golpe y la sangre están ya ahí. Lo que debemos preguntarnos es por qué no los vemos.

A pesar de todo esto, sin embargo, votar a Unidos Podemos en Junio (quizás) pudo seguir siendo una buena idea. Es cierto que la ilusión electoral ha permitido a un régimen político en descomposición asearse un poco, pero el actual bloqueo (y la eventual coalición PPSOE que le pondría fin) hacen evidente, una vez más, que lo llaman democracia y no lo es. Lo de “hacer evidente” es, claro, una forma de hablar, porque si una lectura de los hechos como la aquí propuesta no se difunde y no cala, nos la meterán doblada como de costumbre.

La casta, por utilizar el término impreciso al que Podemos recurría antes de hacerse “responsable” (es decir, antes de pactar con el PSOE), es capicúa. Si Unidos Podemos se hace capicúa dejará de sernos útil. Que Podemos esté, al parecer, más preocupado por sus congresos territoriales que por construir una explicación consistente de lo que sucede no me extraña demasiado. Pero es una malísima noticia. La constelación política articulada en torno a Podemos tiene que abandonar los concilios, las disputas de poder disfrazadas de bizantinas discusiones sobre la doctrina de la fe, y también las virtudes cristianas. Tiene que dejar de poner la otra mejilla en las instituciones, o acabará pasando por las manos del “Encofrador del 78” más pronto que tarde. Y para un viaje así no hacían falta alforjas.

Hablando en plata: cuando llegue el invierno de caraculos vamos a ir sobrados, pero nos va a hacer mucha falta sentir calor en las calles.

[*] NOTA: este texto ha sido originalmente publicado en Disparamag.

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Acabo de subir a la sección de Textos un artículo que publiqué en la revista Investigación y marketing allá por 2013. El documento enlazado no contiene las páginas de la revista sino mi manuscrito original para intentar contrarrestar una mala decisión editorial. Los detalles están en una nota explicativa al inicio del artículo. Como los enlaces de la sección de Textos están ordenados cronológicamente, el documento que acabo de añadir no es el último que aparece. Lo enlazo también aquí para facilitar el acceso al mismo.

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