Recortes en el Reino de los Capicúas

Una de las cosas que recuerdo con afecto del barrio donde crecí, y que no termino de reencontrar en el barrio donde ahora vivo, es la energía vital del lenguaje hablado. Su potencia lírica, incluso. Especialmente al insultar. De hecho, empiezo a pensar que la edad pesa tanto como las condiciones urbanas y de clase. Que si noto el lenguaje menos fresco es porque mi gente más cercana y yo hemos perdido el agudo ingenio de la infancia y la primera adolescencia. Uno de los mejores ejemplos que recuerdo de esa audacia verbal que cuaja en la lírica popular urbana es el insulto “capicúa”. Prueba indiscutible de que el pueblo llano es más de Quevedo que de Góngora. Eso sí, como tampoco hay que pasarse, el insulto se lanzaba seguido de su explicación: “culo-cuerpo-culo”.

He armado esta pequeña reflexión después de pensar que, si algo podemos sacar en claro del rajoyato que no cesa, aparte de que aumenta la desigualdad social y de que el PP opera como una organización criminal, es que el Presidente del Gobierno en funciones tiene los mofletes de hormigón. Y no sólo los de la cara. Eso sí, advierto que no sé, y parafraseo su discurso de investidura (que fue libidinal, eso seguro, aunque ignoro contra quién o qué), si se trata de un rasgo innato o adquirido. En todo caso, compadezco al encofrador de tan augusta  cuaterna de carrillos.

Rajoy, digo, es capicúa. Tiene hormigón en la cara, las nalgas y los pies. Es un superviviente. Sus compinches han tratado en varias ocasiones de convertirlo en pasto de los peces y, o bien lo han intentado por error en el Manzanares en vez de en las Rías Baixas, o bien tendremos que aplicar la máxima según la cual no hay que explicar recurriendo a la maldad aquello que es plausible bajo el signo de la estupidez. El cómico tinerfeño Ignatius Farray decía en un monólogo que un personaje como Clark Kent sólo es creíble porque su torpeza y estulticia quedan compensadas por el hecho de que, en realidad, sea Superman. Mutatis mutandis, Mariano Rajoy sólo es creíble como personaje de ficción (o personaje público, que es lo mismo) porque simultáneamente es el Presidente del Gobierno.

Sea como fuere, el Hombre de las Tautologías (y la segunda ya tal), farsa orteguiana porque Ortega aún podía lucir la potencia de toda buena tragedia, ni siente ni padece. Y parece que no hay quien le mueva del Trono de Hierro que todos los demás, hasta puede que algunos de los suyos, codician. Y al paso que vamos el Gobierno en funciones va a funcionar, pero bien además, otros cuatro años.

rajoytrono

El Jueves, 15/02/2012

Ese Trono de Hierro es más bien de Cartón Piedra. Más que mandar, desde él lo que uno hace es prestar el rostro a quienes mandan. El poder que se le atribuye es igualmente prestado. Suele venir de más arriba. Sólo en circunstancias muy especiales puede sintonizar de verdad con los de abajo. Siendo esto relativamente fácil de entender, y aun teniendo tan reciente el ejemplo negativo de Grecia y Syriza, este Trono lo codicia hasta Pablo Iglesias: son inescrutables los caminos que conducen a placeres culpables. El Secretario General de los morados parece una suerte de Alonso Quijano del siglo XXI: está quijotescamente atrapado en el delirio tras leer libros de caballerías; no muchos, eso sí, sino unos pocos muchas veces. Y una porción importante de las bases y de los cuadros podemitas, a su vez, están sanchescamente atrapados en la ilusión de devenir gobernadores de una ínsula; no hay, empero, archipiélagos suficientes para contentar a tantos aspirantes.

El bloqueo político que se veía ya venir antes de las elecciones de Diciembre brindaba la (quizás) única buena razón para votar a Podemos: mientras no haya Gobierno, nos decíamos guiados por la experiencia de Bélgica, no habrá quien pueda recibir el telefonazo desde Bruselas exigiendo los debidos recortes. La coyuntura económica, sin embargo, no es exactamente la misma, y las condiciones de equilibrio político tampoco. Wolfgang Schäuble ha debido decirle al Gobierno español en funciones que en Alemania ya saben, porque para algo contribuyeron a su conformación, que el parlamentarismo español actual es de bajísima calidad, y que dejen de escudarse tras unos checks and balances que en realidad siempre se han pasado por el forro.

Ya que hablamos de capicúas, señalemos que los números son elocuentes: Bruselas exige a España que recorte en un año 10,000 millones de euros; es decir, el equivalente a un tercio de lo recortado entre 2009 y 2014. Si tenemos en cuenta que para un recorte neto de 30,000 millones de euros se recortaron 78,648 millones de euros en todas las partidas de gasto excepto pensiones, intereses de deuda y energía, podemos hacernos una idea del tipo de ofensiva que se viene y que, no nos engañemos, el Gobierno en funciones (ese que debería tener limitadísimas competencias) ha pactado con los otros Gobiernos europeos (especialmente con los que mandan) en Bruselas.

Y no es esto lo único que nuestro Gobierno en funciones está haciendo. Nuestro Gobierno en funciones va a mantener, esquivando el de por sí irrisorio control parlamentario si hace falta, una política exterior explícitamente alineada con, y fuertemente integrada en, la reorganización del despliegue militar de los Estados Unidos. Y lo va a hacer en el contexto de una escalada belicista deliberadamente alimentada por Washington y muchos de sus aliados en Europa.  El reciente fallecimiento de un soldado español el Irak (sí, España ha vuelto a Irak por la puerta de atrás) debería servir para alertarnos. También podríamos hablar de las negociaciones del TTIP. O de los gestos favorables (¡con Rajoy ya en funciones!) al nuevo Presidente de Brasil. En clave de política interior, podríamos hablar del desmantelamiento deliberado y a marchas forzadas del sistema de pensiones públicas. O del decretazo que nos va a caer encima. De hecho, y dado que mientras rumiamos estas líneas ha sido defenestrado Pedro Sánchez, incluso se abre camino la posibilidad de una abstención del PSOE; El Retorno de la Gran Coalición bien podría ser el título de una película de serie Z, aunque al imaginar su contenido no nos dé la risa tonta.

Como señalaba un amigo el otro día, en España están ocurriendo cosas que en Chile en los años 70 dependieron de un golpe de Estado y de una sangrienta dictadura militar. Que no lo dude nadie: el golpe y la sangre están ya ahí. Lo que debemos preguntarnos es por qué no los vemos.

A pesar de todo esto, sin embargo, votar a Unidos Podemos en Junio (quizás) pudo seguir siendo una buena idea. Es cierto que la ilusión electoral ha permitido a un régimen político en descomposición asearse un poco, pero el actual bloqueo (y la eventual coalición PPSOE que le pondría fin) hacen evidente, una vez más, que lo llaman democracia y no lo es. Lo de “hacer evidente” es, claro, una forma de hablar, porque si una lectura de los hechos como la aquí propuesta no se difunde y no cala, nos la meterán doblada como de costumbre.

La casta, por utilizar el término impreciso al que Podemos recurría antes de hacerse “responsable” (es decir, antes de pactar con el PSOE), es capicúa. Si Unidos Podemos se hace capicúa dejará de sernos útil. Que Podemos esté, al parecer, más preocupado por sus congresos territoriales que por construir una explicación consistente de lo que sucede no me extraña demasiado. Pero es una malísima noticia. La constelación política articulada en torno a Podemos tiene que abandonar los concilios, las disputas de poder disfrazadas de bizantinas discusiones sobre la doctrina de la fe, y también las virtudes cristianas. Tiene que dejar de poner la otra mejilla en las instituciones, o acabará pasando por las manos del “Encofrador del 78” más pronto que tarde. Y para un viaje así no hacían falta alforjas.

Hablando en plata: cuando llegue el invierno de caraculos vamos a ir sobrados, pero nos va a hacer mucha falta sentir calor en las calles.

[*] NOTA: este texto ha sido originalmente publicado en Disparamag.

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Nuevo texto

Acabo de subir a la sección de Textos un artículo que publiqué en la revista Investigación y marketing allá por 2013. El documento enlazado no contiene las páginas de la revista sino mi manuscrito original para intentar contrarrestar una mala decisión editorial. Los detalles están en una nota explicativa al inicio del artículo. Como los enlaces de la sección de Textos están ordenados cronológicamente, el documento que acabo de añadir no es el último que aparece. Lo enlazo también aquí para facilitar el acceso al mismo.

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Colectivo Burbuja – La OTAN y la Cumbre de Varsovia

Más o menos como segunda parte de este otro programa sobre la visita de Obama, la semana pasada participé en una emisión de Colectivo Burbuja sobre la Cumbre de Varsovia y la OTAN (le han puesto como fecha 14/05/16, pero que no os confunda). Finalmente no participó Nines Maestro, pero mis compañeros de grabación resultaron ser interlocutores de igual valía. Espero que otros disfruten el programa tanto como yo partipando en él.

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Sor Passo y sus hermanas

Me interesa plantear aquí una reflexión sobre Podemos, recuperando prácticamente todo lo que he escrito sobre este fenómeno político, pero no exactamente sobre las elecciones. Sobre los resultados electorales ya he planteado en otro sitio todo lo que, en rigor, me considero capaz de decir al respecto. También me interesa hablar de la cuestión generacional, pero yendo más allá del dato demoscópico, según el cual queda claro que Podemos es una formación “de jóvenes”. Esta reflexión va, de hecho, a la contra de esa evidencia demoscópica.

Advierto, antes de proseguir, que utilizo el nombre Podemos para hablar de una constelación político-organizativa que trasciende ya a la formación liderada por Pablo Iglesias, dado que también afecta a las fuerzas incorporadas a las confluencias y, después de esta campaña, a Izquierda Unida. Me permito la sinécdoque porque, en el fondo, lo que ha sucedido es que todos esos otros proyectos políticos que no son Podemos se han sometido al diagnóstico y a las directrices de Podemos. De hecho, existen incluso fuerzas políticas (sean o no partidos) que han adoptado ese rol subordinado sin formar parte de las candidaturas, o de las organizaciones que las sostienen.

En ese sentido específico es verdad que Podemos es un estado de ánimo: un atontamiento generalizado cuya primera consecuencia ha sido una desmovilización política brutal en todos aquellos ámbitos en los que no se trata de sostener una candidatura electoral sino de construir una ciudadanía activa, consciente, rebelde, solidaria, autónoma… precisamente todo aquello que le hace falta, gane o no las elecciones, a una candidatura electoral que se presenta como adalid de un cambio político profundo en beneficio de la mayoría desposeída y en contra de las élites mafiosas, políticamente autoritarias e incluso intelectualmente incompetentes que nos gobiernan.

Decía, volviendo a donde estaba, que esta reflexión va a la contra de la evidencia demoscópica. Va a la contra porque lo que voy a defender es que Podemos sólo expresa la brecha generacional porque intenta superarla, ya que si no fuera así dicha brecha no se haría explícita (no se hace explícita en el PSOE o en el PP, por ejemplo, y sin embargo están igualmente afectados por ella). Otra cosa es que Podemos esté consiguiendo superarla y de qué forma: de hecho, si desde el punto de vista de la brecha generacional Podemos es un fenómeno político “de jóvenes”, desde el punto de vista de la superación de dicha brecha Podemos es una cosa “de viejos”. Intentaré explicar por qué, pero necesito dar un pequeño rodeo.

Podemos tiene un sustrato teológico-político fascinante por la riqueza de sus matices (en otra ocasión me he referido al aura de santidad que rodea al proyecto). Podemos es una experiencia religiosa y, por tanto, en sentido etimológico estricto, un intento de reconstruir el vínculo entre tres edades del parlamentarismo borbónico (la que fue vencida en la Transición, la que se encontró la Transición hecha y no le pareció mal, y la que se ha visto privada de los beneficios de ese pacto social cuando ha entrado en crisis), quebrado por las derrotas políticas y las profundas transformaciones materiales experimentadas por nuestro país.

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Podemos es, si se me permite un símil sin demasiadas pretensiones, débilmente paleocristiano en sus círculos (los que subsisten) y firmemente católico romano en su máquina de guerra electoral, y ese desequilibrio repercute sobre la forma en que se articula el vínculo generacional. Como ya planteé en otra ocasión, la lectura que se hace de la Transición es un despropósito político, ya que no se presenta como el sofocamiento institucional de movimientos sociales de gran importancia sino como un pacto social justo, virtuoso, mancillado a posteriori por la mala praxis de unas élites políticas que han perdido el Norte. El PSOE juega aquí el papel de traidor, convertido en una suerte de Judas Iscariote, y por tanto se le aplican automáticamente categorías político-teológicas cristianas como la culpa, la expiación de los pecados, o la excomunión. El enganche con la tradición no se produce en un sentido crítico con potencia emancipatoria, sino que se asume irreflexivamente como una carga que hay que portar. Más católico que paleocristiano, más en la reacción que en la revuelta, resulta interesante que Podemos opere al mismo tiempo como un dispositivo de reinstitucionalización en un momento de crisis política y como encarnación de todos los males ante la cual las clases dominantes, nacional-católicas de cabo a rabo, pueden presentar la defensa del actual status quo como el último dique de contención frente al caos absoluto. Resulta interesante porque ambas funciones se refuerzan recíprocamente.

Un efecto colateral, igualmente relevante, de este mal vínculo con el pasado es la incapacidad para valorar críticamente los paralelismos notables entre lo que sucede hoy y lo que ocurrió en los 70. Por ejemplo, los “ayuntamientos del cambio” son muy similares a las alianzas PCE-PSOE constituidas después de las primeras elecciones municipales en 1979. Se repiten ahora, en peores condiciones, errores cometidos entonces, y al mismo tiempo se ignora prácticamente todo sobre aquella experiencia, hasta el punto de que, por ejemplo, en Madrid se ha rescatado con entusiasmo y se ha hecho alcaldesa a Manuela Carmena, siendo precisamente su marido, Eduardo Leira, alguien que jugó un más que dudoso papel en relación con la constitución de la alianza PCE-PSOE en Madrid, y en concreto con la posición institucional ante la Coordinadora de Barrios en Remodelación y el Colectivo de Barrios por la Vivienda. Una parte relevante de esta historia, y espero que se me disculpe el inciso sobre un caso tan particular, está contada por uno de sus protagonistas, Eduardo Hernández, en el capítulo que dedica a esta cuestión en el libro de la editorial Cisma Cuando el pueblo se organiza: experiencias de lucha en la construcción de Poder Popular. Desgraciadamente ese relato no cuenta todos los detalles que uno puede oír cuando tiene la oportunidad de charlar tranquilamente sobre esta experiencia con quienes la vivieron, aunque también es cierto que en una presentación del libro, grabada en vídeo, consta algún dato más. Hay dentro de este largo ciclo de lucha popular un episodio concreto, relacionado con unas viviendas en Orcasitas, que afecta para mal no solamente a Leira sino también a Carmena (al menos eso tengo entendido, aunque tampoco es esencial), y de éste por desgracia no cuento con más referencia que el relato oral de quienes lo vivieron.

En cualquier caso, la prueba más obvia de que Podemos opera discursivamente como un fenómeno político “de viejos” es su énfasis en que estamos (o estábamos) ante una oportunidad histórica, única e irrepetible para tomar el poder. El principio oportunista ha sido la clave articuladora de esas tres edades políticas a las que me refería antes, pero es un principio totalmente contradictorio con la imagen de Podemos como un fenómeno político “de jóvenes”. Esta oportunidad, mejor o peor, no es la única ni la última para los jóvenes, pero sí para los viejos militantes derrotados en la Transición o hastiados por la apisonadora del “Régimen del 78”, que tienen razones de peso para pensar que esta crisis política que atravesamos será la última que vean. Seguirles en esa deriva es doblemente engañoso: por un lado, porque parece que se restablece el vínculo generacional cuando simplemente se pone un parche; por otro, porque lo que parece un gesto generoso con quienes nos ceden el testigo de la lucha en realidad implica dilapidar su legado de la forma más estúpida. A ellos no les va a satisfacer el resultado, pero ese fracaso tampoco les supone nada especialmente grave a quienes están de salida; por otra parte, sin embargo, sí supondrá una pesada carga para quienes todavía tenemos por delante al menos 40 años de vida y resistencia.

La cálida recepción de esta lectura de la coyuntura política por parte de otros partidos (especialmente IU y PCE) demuestra que, en el fondo, todas estas organizaciones están igualmente distraídas en lo electoral y que, de todas ellas, Podemos es la que hoy día cumple mejor esa función, para bien y (sobre todo) para mal. Desde luego que la actual situación de emergencia social favorece y explica en gran medida la buena acogida que ha tenido el oportunismo podemita, pero precisamente por eso es todavía más grave la atención desorbitada que se ha estado prestando a lo electoral: nada, ni siquiera el peso económico de España en comparación con el de Grecia, garantiza que un Gobierno que se presente a sí mismo como “progresista”, “del cambio”, “socialdemócrata”, “transformador” o “patriota” vaya a tener capacidad, si no es en sintonía con una resistencia popular organizada de forma autónoma, para oponer resistencia a los dictados de Bruselas. Con o sin victoria electoral, sólo será posible hacer frente a los recortes si se fraguan tramas sociales autónomas de resistencia y solidaridad.

Dicho de la forma más clara posible, el surgimiento de Podemos es el último flaco favor que el PCE derrotado en la Transición y convertido, a pesar de las resistencias internas, en instrumento de las clases dominantes ha hecho a la causa de la emancipación en España, y ahora le toca asumir su destino y desaparecer. Prácticamente todo Podemos está políticamente formado en (y/o contra) IU y el PCE, y nada hay más peligroso que reproducir inconscientemente aquello frente a lo cual te posicionas. El salto, en términos de evolución de la representación parlamentaria de la “izquierda”, del PCE e IU a Podemos, de la reivindicación huera de los símbolos a la asunción explícita del anticomunismo, no es más que una sana transición de la melancolía a la neurosis, y de hecho una parte importante del discurso de Podemos contra la “vieja izquierda” tiene que ver con la tramitación pública del duelo de la derrota. Ahora bien, melancolía y neurosis son igualmente patológicas, de modo que nada tiene de positivo pasar de una a otra si no es como parte de un proceso autocrítico ininterrumpido. Podemos, sin embargo, está quedándose atrapado en sus neurosis constitutivas, y por eso es especialmente llamativo que, últimamente, a quienes critican la apuesta podemita se les acuse de “identitarios”: el gran problema con su identidad lo tienen ellos, empeñados en ser iguales a sí mismos cuando son clavaditos a sus padres.

Volviendo, ahora sí, a las elecciones, la causa profunda de la pérdida de apoyos es, sin duda, que el único principio orgánico que vinculaba a votantes tan heterogéneos era el de la oportunidad. Un vínculo muy débil que se ha roto en cuanto ha comenzado a tomar cuerpo la impresión de que la oportunidad estaba ya perdida, reforzando con ello que se haya perdido efectivamente. Es lo que tiene fiarlo todo a la ductilidad del sentido.

[*] NOTA: Este texto ha sido originalmente publicado en Disparamag.

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Colectivo Burbuja – Visita de Obama

Hace un par de días participé en uno de los programas de radio que graban los compañeros de Colectivo Burbuja. Nines Maestro y yo comentamos la inminente visita de Barack Obama a España. El enlace a la grabación está aquí.

Dentro de unos días volveremos a repetir fórmula para tratar los contenidos de la cumbre de la OTAN en Varsovia.

Aprovecho, además, esta entrada para añadir el enlace a una grabación anterior, del mes de Abril, sobre la diferencia (o la relación) entre liberalismo y neoliberalismo, que compartí en Twitter pero que no reproduje aquí en el blog.

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La Linterna de Diógenes – Las relaciones sociales de producción capitalistas

A raíz de la pequeña entrevista de radio que me hicieron con ocasión del Taller de Crítica a la Economía en Gamonal (del cual hablé aquí), recientemente he tenido el honor de participar en el programa La Linterna de Diógenes, para hablar de nuevo de cuestiones relacionadas con la crítica de la economía política de Marx. Dejo aquí el enlace, y os animo a seguir las grabaciones de este programa y, concretamente, las que van a ir saliendo sobre cuestiones relacionadas con la economía.

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Notas sobre los resultados electorales

Llevo dándole vueltas, solo y acompañado, a los resultados electorales desde ayer por la noche. Estas son algunas notas, escritas a modo de apuntes, sobre lo que ha sucedido, y recojo contribuciones de algunos de mis interlocutores. Escribo sin ninguna pretensión, porque además no soy especialmente bueno en estas cosas, y estoy abierto a discutir mis apreciaciones con quien quiera plantear objeciones:

1) Unidos Podemos es una coalición que recoge votos de muchos sitios, y por tanto el millón de votantes que se ha perdido no salen de un solo caladero, sino de varios. Una primera intuición, que tendrán que confirmar los estudios post-electorales (vía encuestas o grupos de discusión), es que los votantes de IU que han rechazado la coalición son muy minoritarios. Al contrario, los que se han descolgado son votantes de Podemos, que tiene un electorado menos ideologizado, y por tanto menos fiel; es un electorado que sale y vuelve a la abstención fundamentalmente, y no al PSOE, y que se puede subdividir en dos tipos: uno, votantes de clase media empobrecida y baja, poco ideologizados y que confían poco en la capacidad de las instituciones para resolver sus problemas (es lo que contribuiría a explicar, por ejemplo, la evolución del mapa político por distritos en la ciudad de Madrid –elecciones municipales, y generales 2015 y 2016-); otro, votantes de clase media consolidada que apoyaron a Podemos como forma de voto de castigo pero que no están dispuestos a apoyar el sorpasso ni a aceptar a Pablo Iglesias como Presidente del Gobierno. La mayor parte de ellos han vuelto a la abstención y no han ido al PSOE, vistos los resultados en votos.

2) Unidos Podemos ha perdido votos en todas las circunscripciones en las que se le presuponía cierta fuerza y capacidad incluso para mejorar el resultado. Ha sucedido en Valencia, en Cataluña, en Galicia, y significativamente en Madrid. Que no hayan perdido escaños no significa que no haya habido fugas de votos que, aunque pequeñas, forman parte de ese millón de votates que hay que sumar. Lo que no es metodológicamente serio es saltar de votos a escaños y viceversa: si hay que saber dónde se han perdido votos, Valencia y Cataluña hacen su aportación igual que Galicia y Madrid.

3) Las encuestas. Nos las hemos creído todos y no deberíamos haberlo hecho, porque los mismos estudios demoscópicos que aseguraban a Unidos Podemos el segundo puesto también afirmaban que, de los votantes de Podemos, IU y confluencias, más de un 20% podría quedarse en casa y, lo que es más significativo, más de un 30% no tenía nada claro repetir opción electoral. El caso de Metroscopia, es especialmente relevante, dado el prestigio que se le atribuye y el diario que publica sus sondeos, porque proporcionaba estos datos de movilización aunque éstos no eran en absoluto coherentes con el resultado que Metroscopia ofrecía después de la cocina, asumiendo una participación (68%) algo inferior a la que finalmente se ha dado (69,84%); basta con echar mano de la calculadora:

Podemos + Confluencias + IU obtuvieron por separado en 2015 6.112.438 votos. Ahora tienen 5.049.734 votos. La diferencia, 1.063.304 votos, supone 17.4% del total obtenido en 2015, es decir, significativamente menos que el más de 20% de votantes que, según Metroscopia, podía quedarse en casa, y muchísimo menos que el más de 30% de votantes que podría haber cambiado su voto.

El motivo por el que las encuestas inflaron a Unidos Podemos parece claro: ahuyentar a esos votantes que habían apoyado a Podemos en Diciembre sólo de mentirijilla. El motivo por el que los encargados de campaña de Unidos Podemos asumieron estos resultados también: entre sus méritos está el de tener un análisis electoral finísimo, así que asumo que prefirieron aprovechar unas encuestas tan generosas como palanca discursiva en favor de la remontada que hacer reiteradas llamadas a la prudencia. Sea como fuere, el caso es que a la vista de cómo empezaban en Mayo no les ha ido tan mal.

4) A priori, los errejonistas (a Íñigo Errejón le presupongo una visión más aguda) podrán presentar estos resultados como una prueba a su favor: la suma Podemos + IU ha sido una resta. Pero esta lectura se basa en un trampantojo. Insisto en que, desde mi punto de vista, son votantes cogidos con pinzas, esos que dependen de la apuesta por la transversalidad y el desborde, los que se han descolgado cuando la hipótesis de la transversalidad ha conseguido contar con el apoyo masivo de una izquierda que ha renunciado a todo lo que, según el planteamiento de Errejón, podía fallar. Da la impresión, más bien, de que IU y Podemos habrían perdido, por separado, mucho más de lo que han conseguido amortiguar al concurrir juntos. En ese sentido, pablistas, errejonistas y garzonianos pueden apuntarse un tanto: en un contexto extraordinariamente adverso han mantenido posiciones.

5) Antes de las elecciones de Diciembre empezó a fraguarse una operación mediática para preparar el terreno para las negociaciones electorales. Se apuntaba a la necesidad de ceder, de transigir, de negociar… y se cargaba la artillería para acusar a Podemos de intransigencia. Tuve ocasión de oír a Pablo Bustinduy reconocer, con franqueza e inteligencia, que Podemos se debatía entre la exigencia (añado yo que creada) de transigir y la exigencia (objetiva) de inflexibilidad por parte de sus votantes. Esa presión se va a redoblar, pero Unidos Podemos necesita mantenerse firme en la intransigencia, reivindicada como una cuestión de principios: nada hay que negociar con quien no asume, como mínimo, el fin de las políticas de austeridad.

Desde que Podemos concurrió a las elecciones europeas vengo insistiendo en la necesidad de abandonar los cortoplacismos y en la necesidad de reducir drásticamente la importancia atribuida a lo institucional, que priva de oxígeno la llama de la agitación popular sin la cual no hay transformación profunda posible. Sigo sin confiar excesivamente en la capacidad de quienes guían Podemos para hacerse cargo de esto y obrar en consecuencia, pero tal vez tampoco sea necesario: en última instancia cualquier representante parlamentario es tan intransigente y firme como lo sean los votantes de los cuales dependen su reelección y su sueldo. En eso lo mismo nos da el PSOE (al menos una parte de él) que Unidos Podemos.

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