El joven hípster que se hizo superhéroe

“Tú lo que quieres es que un superhéroe te la meta hasta la campanilla”. Esta frase memorable fue pronunciada en un debate público hace ya unos cuantos años. No es necesario dar el nombre de quien verbalizó el deseo. Tampoco revelar la identidad de quien supuestamente lo padecía. Entonces no teníamos ningún problema con ser las Supernenas de la izquierda, cocinados a fuego lento en una “salsa de estrellas rojas y de cosas” en vez de en una combinación de “azúcar, especias, y muchas cosas bonitas”. La “hipótesis Podemos” todavía no tenía nombre, pero empezaba a tomar forma.

“No sabían que era imposible y lo hicieron”. ¿Cómo se transforma lo imposible en hecho consumado? La “hipótesis Podemos” sostiene que todo depende de un giro discursivo, de agregar demandas y jugar con significantes, de presentar un partido político montado a base de franquicias (Gregorio Morán dixit) como un “método de participación” y al mismo tiempo como una “máquina de guerra electoral”. Efectivamente la realidad social tiene mucho de lenguaje y representación, mucho de teatro, y con herramientas muy simples es posible conseguir resultados muy vistosos. De hecho, el Pequeño Nicolás tampoco sabía que era imposible y, aunque no le ha regalado Juego de Tronos al Rey, tuvo una excelente oportunidad para hacerlo. Probablemente nunca sabremos con certeza qué regalos hizo a quiénes.

Hubo un tiempo en que el leninismo se inspiraba en el modelo del viejo tonto que, según el cuento tradicional chino recuperado por Mao Zedong, movió las montañas. Convencidos de que las masas tarde o temprano nos harían caso, acabamos muchas veces desnortados entre tanta cordillera sin saber qué montaña mover dónde.

El leninismo flácido, pero leninismo al fin y al cabo, de nuestros días le ha dado un giro lingüístico a la fábula. Ahora las montañas son construcciones simbólicas. La dureza de la roca se transmuta en la ductilidad relativa del sentido. No hay cuchara; sólo hace falta encontrar al Elegido.

Cada época tiene sus propios mitos. De la misma forma que han quedado atrás los años de los viejos partidos comunistas, también quedan desfasados los viejos cuentos populares. Donde teníamos al viejo loco que movió las montañas, yo sugiero que hablemos del joven hípster que se hizo superhéroe.

Siguiendo la pauta de otros Don Quijotes de la historieta como Kick-Ass o Super, un joven desgarrado por las injusticias del mundo decide calzarse unas mallas, colocarse un antifaz. Cuenta con un community manager para sus perfiles en redes sociales y con un departamento de postproducción que le permite grabarse a sí mismo volando, levantando toneladas de peso, esquivando balas. Cuando alcanza cierta notoriedad, nuestro superhéroe empieza a aparecer en programas de televisión. Un día, en una entrevista, decide dar el salto y conminar a los líderes de las principales potencias mundiales a celebrar una gran conferencia internacional con el objetivo de poner fin de una vez por todas a la guerra, al hambre y al agotamiento ecológico del planeta. Le reciben en la Casa Blanca y pronuncia un discurso ante la Asamblea General de la ONU. Nótese el matiz post-irónico, propio de la era hípster. Un joven que sabe que los superhéroes no existen no sólo decide comportarse como si los superhéroes existieran sino que además está convencido de poder sobrevivir en ese “como si”.

Efectivamente se puede llegar lejos en la ruta del giro lingüístico. Pero siempre se camina al borde del abismo. Tarde o temprano, ese superhéroe tendrá que sobrevolar el planeta repartiendo comida, o forzar un alto el fuego en alguna región remota del planeta. Y ese día no podrá “desfacer entuertos” a golpe de tweet y efectos visuales.

El viejo loco que movió las montañas corre el riesgo de obcecarse en picar piedra inútilmente y despachar su soledad afirmando que las masas “ya vendrán”. El joven hípster que se cree un superhéroe corre el riesgo de creer que lidera a las masas cuando simplemente camina delante de un rebaño que avanza hacia ninguna parte. El primer cuento tiene la ventaja de recordarnos, en palabras de Ernst Jünger, que “la dureza del mundo se vence con dureza y no con juegos de prestidigitación”. El segundo, por el contrario, tiene la virtud leninista de devolvernos al análisis concreto de la situación concreta. Tanto en un caso como en el otro sucede con frecuencia que cuando el sabio señala a la luna el necio mira el dedo.

El giro lingüístico nos lleva lejos, pero no necesariamente en la buena dirección. Paso a paso, día a día, encrucijada a encrucijada, el joven hípster que se hizo superhéroe se aproxima a esa situación en la que no le quedará más remedio que demostrar lo que vale y salir volando por la ventana. Ese día la ductilidad relativa del sentido se hará dura roca. Ese día intentaremos evitar que el joven hípster que se hizo superhéroe nos arrastre con él a todos los demás. Ese día veremos cómo de necesarias son en realidad las Supernenas de la izquierda.

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