Notas sobre los pactos de investidura: Ciudadanos, Podemos y municipalistas, y la casta

A estas alturas del partido, y simplemente viendo cómo se va siguiendo por la prensa el proceso de negociación de la investidura de alcaldes y presidentes autonómicos, es difícil no aceptar que Ciudadanos está aprovechando la política de pactos de una forma bastante más hábil que Podemos, las plataformas municipalistas y otras opciones “de izquierdas” (tales como Compromís en Valencia, por ejemplo).

El problema de la “izquierda” es que juega, como debe ser, con una agenda de máximos, pero está lastrada al mismo tiempo por un mínimo común denominador: echar al PP. Ese mínimo común denominador es definitivamente incompatible con el análisis más de fondo sobre la gran coalición implícita que existe en este país entre PP y PSOE, y también con su versión pop, que apunta a ese adversario genérico que es “la casta”.

Ciudadanos, que juega ser de centro, puede vender como éxitos los acuerdos anticorrupción que exige a cambio de su apoyo en la investidura. Su éxito actual es deudor, por cierto, del trabajo minucioso realizado por tertulianos televisivos de la órbita podemita durante los últimos dos años: como la casta es casta, sea PP o PSOE, la casta reformada es casta reformada, sea PP o PSOE. Eso pasa por fiarlo todo al sentido común y a las ganas de “cambio”.

El PSOE, por otra parte, puede desde luego dejarse lastrar por la prioridad banal de echar al PP. La idea de “echar al otro” es el pilar de carga que sostiene a “la casta”: unos aspiran a echar a los otros y en ese juego se pierde el votante, que deja de percibir la gran coalición PPSOE como una realidad. Cuando Podemos, o una candidatura municipalista, consigue el sorpasso, el PSOE se da cuenta del precio de su incoherencia: sus votantes no perdonarán que el partido deje gobernar al PP cuando puede hacerlo otro y, si ese “otro” es de los nuestros, pues eso que nos llevamos.

El problema es que Podemos y las candidaturas municipalistas lo tienen más difícil. Por un lado no pueden renunciar a un programa de máximos que todavía da mil vueltas, por suerte, las exigencias de Ciudadanos. Por otro, sin embargo, una parte de su éxito se debe a su habilidad para seducir a votantes “de centro” que no entenderían una estrategia de política institucional que partiera del hecho, difícilmente cuestionable, de que en la inmensa mayoría de los casos un gobierno liderado por el PSOE no es mejor que un gobierno liderado por el PP. Paradójicamente, esta novedosa facción municipal y parlamentaria no puede servirse del argumento de “la casta reformada”. Está atrapada en un juego institucional en el que echar a la derecha es una prioridad frente a la necesidad de mantener la coherencia. Es lo que tiene seducir a votantes del PSOE sin cambiar su condición: te llevas al niño con el agua sucia.

En un sistema político tan blindado como el nuestro resulta difícil ser coherente y al mismo tiempo fuerte en las instituciones. Alguno dirá que “cabalgar contradicciones” es acumular fuerza institucional a costa de la coherencia, pero yo me atrevería a decir que la auténtica contradicción que hay que cabalgar es la de asumir la debilidad institucional para garantizar la fortaleza real, que se apoya en la coherencia. Hacer comprensible esa postura, sin embargo, implica un trabajo de pedagogía política que necesita más esfuerzo, del emisor y del receptor, que el que exige el mantra de la casta.

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