De Saigón a Barcelona

En estos días en los que los diarios nos sepultan, poco pan y pésimo circo, bajo informaciones reiterativas sobre quién pacta con/contra quién, hay que andar atento a los detalles. Con el voto hipotecamos la legislatura, ya que queda por ahí mucho activo tóxico por descubrir, y al leer el periódico corremos el riesgo de hipotecar nuestro buen sentido degradándolo a sentido común, por decirlo a la gramsciana.

Por ejemplo, forma parte del sentido común de los súbditos de Borbonia que nuestro Reino tiene que pertenecer a una estructura militar internacional, la OTAN, cuyas actividades, antiguas y recientes, no pueden ser más ajenas, y frecuentemente contrarias, a nuestros intereses y al bienestar general de los pueblos del mundo. Incluso forma parte de nuestro sentido común de súbditos que Borbonia contribuya, por encima de sus posibilidades, al fortalecimiento permanente de la Alianza Atlántica. Frente a la pasividad e indiferencia generalizadas, que son “de sentido común”, es una suerte que cierto personaje de notoriedad mundial se pegara un piñazo con la bici en Suiza y pospusiera así un tiempo la firma, en este país de pandereta, de un acuerdo draconiano (como todos los que firman Emperador y súbdito) que nos reafirma en la opinión de que tenemos una base estadounidense en Morón porque, en la lengua de Shakespeare, moron significa imbécil.

Tomando en cuenta estas circunstancias de partida, es perentorio hacer un esfuerzo para leer la letra pequeña y blindarse ante el runrún de los titulares. En ese esfuerzo estábamos cuando nos hemos encontrado con una noticia bien llamativa.

Dos partidos, PP y CiU, acuerdan una enmienda al texto de la Ley de Enjuiciamiento Criminal cuyo objetivo es evitar que los detenidos sean fotografiados. Para garantizar la presunción de inocencia, dicen. Lo cierto es que a estos dos partidos les crecen los enanos. Y que los dos sufren a cuento de sendas fotografías. Éstas se han hecho virales en la red, pero sus protagonistas son de pelaje muy distinto: Rodrigo “Rompetechos” Rato es el primero; Ada Colau, notable activista social y mascarón de proa de la coalición municipalista que ha ganado (no vencido) en Barcelona, la segunda. A Rato se lo llevan por ladrón. A Colau se la llevaban por señalar a los ladrones.

Dos trayectorias tan distintas, tan opuestas, dos personas de calaña tan dispar, de repente tienen en común ser arrestados por las fuerzas de seguridad e inmortalizados en una situación tan incómoda. La presunción de inocencia de “Rompetechos” Rato, como la de Ada Colau, es, debería ser, principio ineludible del procesamiento judicial de ambos, pero cómo se protege dicha presunción en los medios es otra historia.

Rato es con total probabilidad responsable de los hechos delictivos que se le imputan, y difícilmente dudará de ello el ciudadano medio: a este insigne cazador furtivo del sector bancario le falta ir vestido con una piel de oso para proclamar a los cuatro vientos que el tiro de gracia que acabó con CajaMadrid salió de su revólver.

Ada Colau, por otra parte, es indudablemente miembro de ese sector de ciudadanos indignados pero dignos que están decididos desde hace mucho, y con renovado convencimiento después de aquel Mayo prodigioso, a acabar con tanto furtivo que hace la ley pensando ya en la trampa, incluso si para eso deben correr el riesgo de ser declarados forajidos cuando son meros desobedientes.

Rato y Colau, en el momento de ser arrestados, aparecen ante la opinión pública como sujetos que están fuera de la ley. Y puede que sea cierto. La diferencia es que Rato ha intentado situarse por encima de la ley, mientras que Colau se escurre, como miles de activistas, por debajo.

Así pues, la “neutralidad” de los medios es aquí evidente en dos sentidos. Primero: ante la posibilidad de cumplir o vulnerar la ley, los medios siempre están del lado de su cumplimiento. Segundo: los medios no hacen distinciones ni entre las leyes vulneradas ni entre los motivos de los infractores. En el tratamiento mediático difícilmente encontraremos subrayadas las flagrantes diferencias entre Rato y Colau. Diremos más: si tenemos en cuenta las diferencias reales entre Rato y Colau, probablemente la presunción de inocencia del bandolero bancario ha sido, en el largo plazo, más respetada por los medios que la de la activista social.

Pero en estos días cambian las tornas: Rato va del cargo público a la comisaría, y Colau de la comisaría al cargo público. Ahora que los furtivos son cazados, las fotografías de los caídos en combate minan la moral de quienes han hecho uso y abuso del poder. Al mismo tiempo, resulta de mal gusto que la plebe pueda recordar a los pudientes que la nueva alcaldesa de Barcelona será, con total probabilidad, una conocida activista a la que hasta ahora han despreciado. Suponemos que, salvando las distancias entre ganar y vencer, la entrada de Colau en el Ayuntamiento debe ser tan inquietante como la entrada del Vietcong en Saigón.

Va a ser cierto que el miedo está cambiando de bando. También la náusea, todo hay que decirlo. Habrá que tener cuidado, sin embargo, con esto de fiarlo todo a las pasiones. Con tanta ilusión y esperanza (que no Aguirre), corremos el riesgo de permanecer pasivos cuando se requiere, más que nunca, que actuemos.

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