Cambio de régimen

En un nivel estratégico, alcanzamos nuestros objetivos al causar cambios en una o varias partes del sistema físico del enemigo tales que éste decide perseguir los mismos objetivos que nosotros o que se le hace físicamente imposible oponerse. […] Qué partes del enemigo atacar [y con qué armas hacerlo] dependerá de cuáles sean nuestros objetivos. […] Un buen lugar para comenzar nuestro análisis de los sistemas del enemigo es el centro. Por definición, todo sistema tiene un centro. […] En biología, todo organismo cuenta con un mecanismo rector, sea el núcleo de una ameba o el complejo cerebro de un humano. [En el caso de] una entidad estratégica, […] todos sus sistemas y subsistemas cuentan en su centro con un ser humano que define su dirección y su sentido. Ellos, los líderes, se ubican en el centro estratégico y en la guerra estratégica ellos deben ser el blanco figurativo, y en ocasiones el blanco literal, de todas nuestras acciones.

John Warden III, El enemigo como sistema

“Cambio de régimen” es un concepto de crucial importancia para comprender la historia política contemporánea y, sin embargo, tiende a pasar desapercibido. La propugnada “Segunda Transición”, invocada para echar por tierra el “Régimen del 78”, saca a la palestra el término [1], y pone de manifiesto ya de entrada lo que un cambio de régimen no es: un cambio de régimen no es una revolución, si por revolución entendemos una transformación profunda de las relaciones sociales [2]. Pero, ¿qué es un cambio de régimen?, ¿y cuál es su potencial político real?

Imagen empleada por MoveOn.org, entidad vinculada al Partido Demócrata, en 2004

Etimológicamente, régimen tiene que ver con regla, con rey, y, por tanto, nos remite a la forma de gobierno, no a su materia; al “alma” del Estado, pero no a su “cuerpo”. En suma, el cambio de régimen, a diferencia de la revolución, no pone en cuestión el hecho mismo de la dominación política, sino que solamente atiende a sus posibles expresiones.

Una primera muestra, tal vez la original en el pensamiento occidental, de esta trasposición del esquema alma-cuerpo, propio de la antropología filosófica, a la comunidad política puede encontrarse en La República de Platón: para éste, la comunidad social se puede considerar como objetivamente compuesta por tres clases (los sabios, los guardianes y los productores) igual que el alma individual se orienta por mociones de tres tipos (las que provienen de la razón, las que provienen del apetito y las que provienen del instinto); precisamente por eso, si en el gobierno ideal del alma humana la razón ha de imperar sobre el apetito y ambas han de controlar el instinto, el régimen político ideal es aquél que organiza las partes constitutivas de la comunidad de la misma forma en que el alma humana organiza las mociones del cuerpo [3].

Sin embargo, lo que en Platón es un mito, se convierte en un hecho con el desarrollo progresivo del Estado como aparato de dominación legal-racional donde quedan diferenciados puesto y persona [4]. No es esto, insistimos, algo que suceda de la noche a la mañana, sino el producto de un ejercicio prolongado de violencia política a todos los niveles, de un proceso complejo de disciplinamiento social, que en Europa occidental se expresa en el desmantelamiento progresivo, en su dimensión política y en su dimensión socio-económica, del Antiguo Régimen.

La dominación legal-racional es una trampa fraguada entre el derecho y la economía. El funcionamiento de esa trampa fue sucintamente descrito por Max Weber en unas pocas páginas a las que no prestamos suficiente atención [5]:

I) El derecho no protege únicamente intereses económicos sino los intereses más diversos, porque su función es garantizar situaciones sociales privilegiadas de todo tipo, sea cual sea su relación con la esfera económica. Sin embargo, no es menos cierto que la garantía jurídica está, en el más alto grado, al servicio directo de los intereses económicos, y que éstos son los factores más poderosos en la formación del derecho.

II) La efectividad, en el campo de la acción económica, de la coerción que está detrás del orden jurídico, es tanto más limitada cuanto más fuerte es el interés económico al que se enfrenta. Por otra parte, el orden económico necesita contar con el respaldo de cierta coerción extra-económica, y, aunque dicha coerción no tiene por qué ser estatal, el desarrollo y la expansión del mercado demandan el apoyo de un ordenamiento racional y de una institución que monopolice la fuerza coactiva.

III) Se deduce de lo anterior que en ciertas circunstancias un orden jurídico puede permanecer inalterado aunque se hayan transformado radicalmente las relaciones económicas, y, viceversa, que el orden jurídico puede experimentar profundas transformaciones sin que ello afecte realmente a las relaciones económicas.

En su uso político contemporáneo, “cambio de régimen” es un término vinculado a las prácticas securitarias del imperalismo como estructura de dominación abstracta [6]. Cambio de régimen es el nombre genérico que reciben transiciones modélicas del Sur de Europa, las revoluciones de colorines en Europa del Este, los golpes de estado de América Latina y los bombardeos humanitarios en Oriente Medio. Es la acción (pretendidamente) quirúrgica que afecta tanto como lo necesita al cuerpo del Estado para reorganizar su alma, es decir, para perfeccionar su dominio. El cambio de régimen es el balance neto de una economía de fuerzas en liza, de un cálculo frío de intereses objetivados, de una política de estímulos cuyo espectro abarca desde los misiles Tomahawk hasta la cesión de asientos en las tertulias televisivas, pasando por las operaciones encubiertas o las transferencias bancarias a los beneficiarios oportunos. El cambio de régimen se aprovecha, en última instancia, de la ceguera transitoria de quienes fijan su mirada en el sol porque aspiran a asaltar los cielos.

El cambio de régimen es el reverso excepcional, pero admisible, de una normalidad parlamentaria que, o bien se ha vuelto temporalmente disfuncional, o bien todavía no ha podido implantarse. La revolución, por el contrario, es la disolución efectiva de la normalidad parlamentaria y la emergencia de un escenario radicalmente novedoso. El cambio de régimen refuerza la trampa legal-racional, mientras que la revolución está llamada a romper el molde.

Notas:

[1] Pablo Iglesias et alia, “El cambio de régimen empieza en casa”, Público.es, 24/10/2014. El título del artículo es la traducción del principal eslogan utilizado, durante las elecciones presidenciales de 2004, contra la reelección de George W. Bush.

[2] El término “revolución” tiene su propia historia conceptual, que obviamos aquí con el fin de simplificar el argumento. Ver, al respecto, la voz “Revolución” en R. Williams, Palabras clave: Un vocabulario de la cultura y la sociedad, Nueva Visión, Buenos Aires, pp. 284-288.

[3] Platón, La República, Gredos, Madrid, 2000, 415a-415d, 434d-435b, 441b-441c.

[4] Cf. Max Weber, Economía y sociedad, FCE, Madrid, 2002, p. 176

[5] Cf. Ibid, pp. 269-272.

[6] “Las estructuras de dominación abstracta constituidas por determinadas formas de práctica social conforman un proceso social que queda más allá de nuestro control” (Moishe Postone, Time, labor and social domination, Cambridge University Press, 1993, p. 162). El imperialismo es el producto, a escala global, de las prácticas sociales que contribuyen a la reproducción del capital a escala mundial porque dan forma a identidades colectivas (pueblos, naciones, razas, etnias…) a través de las cuales las clases económicas (capitalistas y proletarios) adquieren un “lugar” en la jerarquía social mundial desde el cual poder funcionar como tales. Esas prácticas sociales incluyen no sólo el racismo, el intervencionismo, o el saqueo de recursos estratégicos, sino también fenómenos reactivos como el nacionalismo o el fundamentalismo religioso.
Así, si capitalista es quien, en la estructura de dominación abstracta que es el capital, ocupa la posición dominante, imperialista es aquel que, en la estructura de dominación abstracta que es el imperialismo, ocupa también la posición de mayor poder, y es en tanto que personificación individual de una posición abstracta que el imperialista o el capitalista individuales se tornan en objeto de análisis o en parte de un enfrentamiento político. Por lo tanto, la reacción antiimperialista no puede basarse exclusivamente en los presupuestos identitarios que sustentan la integración funcional de los grupos humanos en esa estructura, de la misma forma que la reacción anticapitalista no puede ser una reacción basada exclusivamente el obrerismo.

[*] Este artículo fue publicado originalmente en Ssociólogos.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Análisis y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s