El fetichismo del producto cultural

“Cuando queremos librarnos de la infección cultural de la moda, europea o norteamericana, de la trivialización del héroe o de la trivialización de la metafísica del erotismo, o cuando nos empeñamos en hacer que el libro no sea un resumen de los libros leídos (y en nuestro caso es nuestra única biografía), lo que hacemos es exaltar un proletariado nacien(inexisten)te, que no tiene conciencia de clase y menos aun de sus posibilidades de futuro, que va a misa, que se avergüenza de sus manos con callos y de su ropa con remiendos, que aspira a que sus hijos sean abogados y sus hijas secretarias, que sólo hace huelgas pequeñitas casi siempre con autorización legal pese a lo cual rara vez encuentran la solidaridad de sus iguales, porque sus dirigentes sólo le han enseñado eso: pedir aumentos de salarios sin siquiera sugerirle que algún día tomará el Poder. […] Ya antes de que naciéramos Mariátegui nos ponía en guardia contra el realismo que se aparta de la realidad: se basa en ficciones estéticas, simple postal de viaje, estampa folklórica, anuncio de turismo. Y en ficciones políticas, que es lo peor, porque es un realismo que idealiza: en los países socialistas, que son acaso los únicos que pueden ver con claridad lo que falta para el futuro, idealizan el presente; en nuestros países, también por razones de táctica, se niega a ver la realidad. […] ¿De qué sirvió engañarnos con el indio, basándonos en datos de su pasado y no de su hoy, sino para engañar a los demás, para que el Che se encontrara con que “ningún campesino se ha incorporado a la guerrilla”? […] Los escritores son cargadores de la historia, pero ahora la carga se vuelve demasiado pesada para gente tan débil como nosotros. Cuál puede ser hoy día la función de un arte revolucionario, de una nueva vanguardia que, como las otras, ni siquiera se pregunta si hay reclutas que la sigan, en la sociedad actual que, no pudiendo obligarnos a callar, asimila y recupera astutamente, para comercializarlos, los elementos de rebeldía que se proponen destruirla. […] Es fácil decirse que cada retrato y cada libro contribuyen con su granito de arena -¿o habrá que decir gotita de agua?- a formar una corriente de opinión y hasta de acción, que ayudan a alguien a tomar conciencia de sí mismo y del lugar que le obligan a ocupar en un mundo demencial y ajeno. Pero eso no anula el hecho de que ese arte, convertido en mercancía, contribuye por otro lado a apuntalar económicamente la sociedad que trata de destruir. Y apuntalarla estéticamente también”.

§1. El largo fragmento citado, extraído de Entre Marx y una mujer desnuda, “texto con personajes” de Jorge Enrique Adoum, tiene la virtud de situar con mucha claridad la encrucijada que atraviesa al trabajador de la cultura, una encrucijada que tiene que ver con las ramificaciones (o más bien raíces) sociales de los productos culturales, y que tiene una lectura económica y otra estética. El punto en que se cortan esas dos lecturas es el producto cultural y su mercantilización, su subsunción en la lógica del capital, bien sea como producto material destinado al intercambio (un libro, un cuadro, una grabación musical…) bien sea como expresión concreta de la fuerza de trabajo (un redactor, un maestro, un fotógrafo, un sonidista, un concierto…).

§2. Tanto desde el punto de vista estético como desde el punto de vista económico, la inserción del trabajo cultural (vivo o muerto) en la trama de relaciones propia de la sociedad capitalista transfiere al ámbito de la cultura las propiedades que caracterizan a la mercancía y al capital, y lo hace en todas sus dimensiones: producción, circulación y consumo. Por otro lado, al mismo tiempo que lo cultural queda contaminado por la lógica capitalista, dicho ámbito también adquiere un lugar dentro del sistema de dominación y contribuye en múltiples niveles a la reproducción de la ideología de la clase dominante.

§3. En ese contexto, el recurso al análisis que presenta Marx del fetichismo de la mercancía puede servir para arrojar luz sobre una encrucijada que cotidianamente queda camuflada o naturalizada. Siguiendo a Marx, el fetichismo de la mercancía implica una distorsión conceptual y práctica de la realidad, según la cual el valor de la mercancía es una propiedad inherente a ésta como objeto y no una consecuencia de la trama de relaciones sociales que la hacen posible. Como distorsión conceptual, el fetichismo es un obstáculo epistemológico; como distorsión práctica, el fetichismo es un problema político, puesto que incluso cuando sabemos cuál es el origen del valor de la mercancía nuestra práctica cotidiana nos coloca ante ésta como un objeto que tiene valor per se. “No lo saben pero lo hacen”, escribe Marx, y lo cierto es que cuando lo sabemos seguimos haciéndolo.

§4. Cuando trasladamos el análisis del fetichismo de la mercancía al producto cultural, nos encontramos con que éste, en cuanto mercancía, adquiere un valor (como producto) que oculta por sí mismo la trama de trabajos objetivos que lo sustentan. Si nos encontramos, por ejemplo, ante un cuadro, su valor (no su precio) será estimado de acuerdo con criterios estéticos e históricos que girarán, en el mejor de los casos, en torno a la figura del autor; con ello quedarán ocultos, e incluso ignorados, los otros múltiples trabajos que se encuentran detrás del cuadro como objeto material de intercambio (el trabajo del carpintero que hace el marco, del tejedor que confecciona el lienzo, del químico que prepara las pinturas…). A ello se suma, especialmente en determinados ámbitos, la trama especulativa a la que da pie la determinación del precio y que hace que el producto cultural se inserte no ya en la circulación de los bienes que contribuyen a la reproducción de la fuerza de trabajo, sino en la circulación de bienes de lujo que sirve para mantener en movimiento, como expresión subsidiaria del capital financiero, cantidades de dinero acumulados legal o ilegalmente que no pueden ser absorbidas por la industria.

§5. Por otra parte, en cuanto producto estético, el producto cultural se vincula también al trabajo individual, personal, interno, del autor, del trabajador cultural, que cuando trabaja no tiene forma de conectar esa actividad con el contexto social general en que se inserta. El trabajador cultural, que difícilmente se verá a sí mismo como trabajador en muchos casos, no solamente no puede percibir correctamente la relación que tiene su actividad concreta con la propia reproducción material de su propia existencia, sino que tampoco es capaz de percibir cómo el producto cultural en circulación no contiene sólo su trabajo individual porque ya de entrada es inconcebible sin contar con una materia prima de origen colectivo que incluye lenguaje, historia, tradición, poder…

§6. Esa desconexión, conceptual y práctica, entre el trabajador de la cultura y sus condiciones sociales, es probablemente la que contribuye a explicar que el vínculo entre cultura y política sea inexistente o débil, y que en muchas ocasiones se intente establecer desde un ridículo paternalismo por parte de quien, además del fetichismo del producto cultural, también carga con el fetichismo del autor. Por ese motivo, la conexión de lo cultural con lo político requiere necesariamente de un esfuerzo por reubicar el trabajo cultural como realidad sujeta al conflicto entre capital y trabajo. Esto significa denunciar, por un lado, que la mercantilización de la cultura contribuye a hacerla políticamente dócil; y, por otro, que la propia percepción y práctica cotidiana del trabajador cultural está muchas veces distorsionada por los efectos que la dominación capitalista tiene sobre la producción cultural misma.

§7. Por último, es importante enfatizar que esa doble denuncia no puede ser solamente discursiva, es decir, no puede ser solamente, como escribe Adoum en el fragmento citado, una gotita que contribuya a formar una corriente de opinión, sino que tiene que venir acompañada de una reformulación práctica, efectiva, de las formas de producción, circulación y consumo de productos culturales. La ideología de la clase dominante hay que enfrentarla con palabras, pero también hemos de prestar atención a nuestros actos: no se puede quebrar la dominación económica sin llevarse por delante la estética que dicha dominación produce.

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