Una escapadita a Salamanca

Ahora mismo debería estar haciendo algo productivo (leer los foros de la UNED, por ejemplo), y sin embargo aquí estoy. Por un lado, porque no me apetece ponerme productivo ahora: me he cogido un gripazo del copón y estoy ya con un pie en el catre (ya veremos si mañana me levanto con cuerpo para ir al curro). Por otro, porque la web de la UNED tiene un problema técnico y, evidentemente, nadie va a arreglarlo un Domingo a esta hora.

Pero bueno, no todo son malas noticias. La buena es que hemos pasado un puentecito la mar de agradable en Salamanca. Hemos hecho de turistas un ratito, hemos comprado una decena de libros (había una feria de libros de ocasión y no pudimos resistirnos), hemos comido y bebido bien… El único problema es que no  hemos podido sacar muchas fotos porque, oh horror, nos llevamos la cámara sin la batería. El móvil ha hecho un apaño, pero no es lo mismo.

La llegada y el hotel

Llegamos a Salamanca el Jueves por la noche. Algo más tarde de lo esperado, eso sí, porque al salir de Madrid nos comimos un atasco de casi una hora. En el hotel nos esperaba una empleada con (lógicamente) ganas de irse a casa, y el centro estaba tomado por universitarios disfrazados: zombis, brujas, vampiros, una momia hecha con papel higiénico y un grupo de chicos vestidos de pollitos (tal cual) nos dieron la bienvenida.

El la Plaza Mayor descubrimos las casetas cerradas de la feria del libro, y por un instante pensamos haber tenido la mala suerte de visitar Salamanca cuando está tomada por vendedores de chuminadas navideañas, medievales o esotéricas… que fueran libros nos tranquilizó enormemente.

Volviendo al hotel, la verdad es que no sé si habrá algo mejor en el centro y por ese precio (50 euros la noche en una habitación doble). La pega es, tal vez, que el desayuno no está incluido, pero es un problema común a todos los hoteles baratitos de la zona. En fin, el caso es que por internet nos pareció que no era mala opción y, en último término, creo que “El Toboso” ha sido un buen lugar en el que hospedarse (si obviamos a la gente increíblemente ruidosa con la que lo compartimos).

El turisteo

Da la casualidad de que, por distintas vías, hemos podido contar con el consejo de varias amigas (sí, sí, todas mujeres) que han vivido en Salamanca. Eso significa que hemos estado mejor guiados que nunca y que, por tanto, hemos tenido menos margen para experimentar. Hagamos un repaso rápido:

·La Cueva de Salamanca. Es un rincón la mar de agradable. Las vistas de la ciudad desde la parte más alta valen la pena, y el ambiente misterioso del lugar tiene su qué. Eché de menos, tal vez, algo de explicación sobre los restos de la antigua iglesia que están expuestos en la parte superior.

Vista desde la Cueva

Vista desde la Cueva

·La Catedral. Si la catedral de Cuenca es, por la cantidad de estilos artísticos que aglutina, especialmente chanante, la de Salamanca podríamos considerarla, en el buen sentido, un engendro. Tiene un enorme interés el hecho de que la vieja y la nueva catedral estén completamente pegadas, ya que eso permite no solamente ver la evolución del tardo-románico al gótico sino también diferentes formas de ornamentación (las pinturas de la catedral vieja se conservan estupendamente). La audioguía viene incluida en el precio de la entrada, pero lo cierto es que, como todas (o casi todas) las audioguías, su contenido es irregular: hay veces que las explicaciones son excesivas y hay otras en las que resultan demasiado breves; hay incluso espacios interesantes, como el de la contaduría, para los que no existe explicación.

Ahora bien, hay dos elementos que no dependen de la visita al interior de la catedral y que sin duda valen la pena: uno es detenerse a contemplar las fachadas, donde podemos encontrar “chanantadas de época”, como el bicho que come uvas transgénicas:

Bicho comiendo uvas transgénicas

Bicho comiendo uvas transgénicas

O el niño que enseña la chorra:

Niño enseñando la chorra

Niño enseñando la chorra

Y “chanantadas de hoy”, como el astronauta:

Astronauta

Astronauta

O el bicho que se come un helado:

Bicho comiendo un helado

Bicho comiendo un helado

El otro es el recorrido llamado Ieronimus. Gracias a él, se pueden visitar las dos catedrales “desde arriba”: recorriendo las tribunas, pero también los tejados, y el interior del campanario. Siempre que visito una catedral me quedo con ganas de visitar la tribuna (creo que el otro caso que conozco es Santa Sofía, en Estambul), y desde luego que poder ver los contrafuertes, arbotantes y pináculos a una distancia tan corta es fantástico.

Catedral Nueva desde la tribuna

Catedral Nueva desde la tribuna

·La Casa Lis. Un precioso museo de Art Deco y Art Nouveau. Es una pena que no sea más grande porque, al parecer, tienen muchos más fondos de los que pueden mostrar al público. Si acaso me leyera alguien con capacidad para tomar esa decisión, yo eliminaría las vitrinas que muestran la colección de muñecas (son básicamente un ejército de repelentes clones de Sáenz de Santamaría) y pondría más obras de Gallé. Os dejo aquí una de esas fotos que no estaba permitido sacar y que por eso han salido especialmente borrosas… algo es algo.

Casa Lis

Casa Lis

La lista de lugares con gracia es mucho más amplia: la Universidad (esos 10 euros de entrada son abusivos), la Casa de las Conchas, los patios interiores… Una mención especial merece la Iglesia de San Marcos, con su planta circular y su Cristo románico.

En todos los lugares tiene su interés andar buscando las grietas que dejó en los edificios el terremoto de Lisboa, que se sintió con fuerza en Salamanca.

Comercio, bebercio y otras curiosidades

Como en el hotel no teníamos papeo, hemos tenido que buscarnos la vida para encontrar sitios en los que desayunar, comer y cenar. Hay desde luego sitios que visitamos y que no recomendaría, pero tampoco tiene mucho sentido que los mencione porque, al final, son lugares a los que llegamos huyendo de otros sitios más vistosos. Puede que la consigna sea: ante la duda, no improvises y busca un sitio con turistas.

El desayuno más interesante creo que es el que tomamos en Caffé di María. Tal vez es el más caro que comimos, pero desde luego es el que mejor combinaba cantidad y calidad. Está en la Calle Pozo Amarillo, cerca de la Plaza Mayor.

Después, para las comidas, el primer día fuimos a El Cervantes, recomendación hecha por todas nuestras asesoras turísticas. Puede ser que, considerando lo que hay en la Plaza Mayor y sus alrededores, sea el sitio más razonable, pero me siguió pareciendo algo caro, muy ruidoso (tan lleno de gente que casi era más fácil salir por la ventana que por la escalera) y para nada excepcional: la tabla de ibéricos estaba rica, pero 20 eurazos por lonchitas de grosor de papel de fumar es excesivo, y la ensalada que pedimos venía con la verdura apenas cortada, como si solamente el ganado comiera “verde”.

Más interesante fue el descubrimiento que hicimos gracias a Begoña, dueña de La Galatea, una mangnífica librería de segunda mano. ¿Por qué acabó una librera aconsejándonos un sitio para comer? Porque en ese momento Émilie y yo éramos los únicos clientes y supongo que los libros y la música clásica propiciaron un intercambio de comentarios sobre Salamanca, el negocio de librero, el funcionamiento de la librería, la plaga de los turistas… No os cuento los detalles pero os dejo el texto escrito en la pizarra de la entrada a la librería (habla por sí solo):

Pizarra de La Galatea

Pizarra de La Galatea

El caso es que de la plaga de los turistas pasamos a cómo evitarla durante la comida y Begoña nos recomendó “El rincón de Serranos” (Calle Serranos). Donde disfrutamos de un menú (eso sí) cárnico (pinchos morunos, montados de chorizo o queso) y de una deliciosa tarta de tiramisú (recomendación de Begoña también) por muy buen precio.

Es innegable que un vegetariano lo pasa más bien mal en Salamanca, pero hay al menos un restaurante vegetariano al que merece la pena ir (tal vez haya dos, pero no sé si El Grillo, mencionado por un empleado de nuestro hotel, sigue abierto). El Laurel (Calle San Pablo) es un restaurante pequeño pero con una carta variada y platos realmente ricos (las recetas no abusan de sucedáneos de la carne como el tofu o el seitán, y están pensadas para que cada ingrediente conserve su sabor). Nuestro menú fue: 1) Pimientos de piquillo rellenos de espinacas, piñones y pasas con una salsa de Jerez caramelizado. 2) Pastelito de verduras recubierto de salsa de manzana. 3) Trufas de chocolate. 4) Flan de queso. 5) Sidra ecológica. La única pega que le vimos a nuestra cena fue que las trufas eran demasiado densas (la capa exterior de viruta de chocolate era muy dura y el interior resultaba demasiado espeso). En cualquier caso, delicioso.

También tomamos unas cervezas en un pub irlandés, St. Patrick’s Museum (el ambiente empeoró cuando se paró la música y empezó el partido de fútbol entre el Barcelona y no sé quién), y unos chupitos de tequila (para digerir las trufas) en el London’s Pub. Los precios en ambos sitios, teniendo en cuenta que no están en la zona de bares para “locales” (los alrededores de Van Dyck) sino cerca de la Plaza Mayor, resultaron más que adecuados. Mención especial requiere el café-bar La Rayuela (Rúa Mayor): acogedor, con una excelente selección de jazz y buenos cócteles a un precio “razonable” (dos gintonics en copón, uno con Hendrick’s y otro con Bombay Sapphire, por 14€ en total).

Cierro esta crónica con una fotografía de dos salamantinos muy salados a los que nos encontramos cuando íbamos camino del Rincón de Serranos. Más fotos, en algún momento, aquí.

Gaticos leoneses

Gaticos leoneses

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Una respuesta a Una escapadita a Salamanca

  1. solevargasb dijo:

    También estuve el fin de semana en Salamanca, me gustó tu relato, puedes leer mi relato del viaje también. Saludos

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