Viaje a Oriente (II): Luangprabang

Hace ya semanas que escribí la primera parte de este diario de viaje que, a su vez, cuenta un periplo que terminó hace ya varios meses. El retraso en la publicación de esta segunda parte se debe principalmente a la falta de tiempo (o mejor, de ocasiones para escribir de corrido, porque probablemente sí he dispuesto de la cantidad total de tiempo necesaria, aunque dividida en pequeños tramos que sirven de bastante poco si se trata de teclear un rato largo) y, por qué no reconocerlo, de voluntad. Como explicaba en la primera parte, mi modelo habitual de relato de viajes no se adapta bien a las circunstancias de este en concreto, debido a que éramos un grupo de viajeros tan pequeño que no hay variedad suficiente como para enriquecer el anecdotario pero tan amplio como para restringir en gran medida nuestro contacto con “el mundo exterior”, que por otra parte se mostró en general tan interesado en nosotros como un carnívoro voraz en una mata de perejil. Me ha costado mucho, por tanto, encontrar una forma de contar la experiencia sin que resulte aburrida y consiguiendo transmitir al mismo la impresión que me he traído de vuelta, incluso si en muchas ocasiones no sé si estoy contando un viaje o escribiendo una descripción etnológica.

Primero os doy unas pinceladas generales sobre el viaje. Pasamos en Laos un total de once días; en torno a 7 en Luangprabang, capital histórica del país, y después 3-4 días más viajando por carretera para hacer un poco de turismo y llegar a Vientián. Desde allí, algunos volvimos progresivamente a “occidente”, otros viajaron de vuelta a Tailandia para alargar un poco más sus vacaciones. El motivo por el que pasamos tanto tiempo en Luangprabang no es solamente que la ciudad merece desde luego ser vista y recorrida, sino sobre todo, y ese era el motivo oficial de nuestro viaje, que estábamos allí para asistir a una boda familiar.

mapa del viaje

Durante el viaje por carretera (ver el mapita), no solamente vimos paisajes preciosos y variados (de la selva impenetrable a la llanura pseudo-manchega), sino que además pudimos hacer un par de paradas turísticas con mucho encanto y de las que hablaré en la tercera parte. Las carreteras laosianas, si alguien se lo pregunta, son de muy buena calidad (al menos las que conectan los puntos que visitamos), pero se amoldan bien al paisaje y, por tanto, serpentean tanto como para acabar con tu paciencia (y, si no tienes cuidado, con tu depósito de gasolina).

Montaña más alta de Laos

Las autoridades del país están trabajando intensamente (y con éxito) para convertirlo en un centro turístico explotando su “ventaja competitiva” con respecto a Tailandia y su putiferio playero (cómo piensa competir con Vietnam es algo que se me escapa): el turismo “verde” y de aventura. Laos es un país virgen, todo es verde y precioso; sus características demográficas (poca población y eminentemente rural) tienen probablemente mucho que ver, y el hecho de estar rodeado de “gigantes” evita al turista (al menos de momento) toparse con la masificación brutal que nos espanta en sitios como Bangkok. Los paisajes son magníficos, y uno pasa de las inacabables cadenas montañosas repletas de árboles a las grandes llanuras recorridas por ríos (el Mekong o sus afluentes) y donde se alzan repentinamente enormes formaciones rocosas que supongo que serán el sueño de cualquier aficionado a la escalada.

Turismo y vida en Luangprabang

Luangprabang, convertida en una especie de museo al aire libre tras ser declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO, está plagada de agencias de viaje especializadas en ofrecer expediciones de senderismo y multiaventura de todo tipo y con distintos grados de dificultad. Nosotros, ya lo aviso, no tuvimos ocasión de hacer ninguno, pero estoy convencido de que quien lo haga se lo va a pasar pipa. La mayor parte de los turistas son franceses (por algo es una excolonia) y chinos, pero también vimos muchos estadounidenses y australianos.

Casitas en Luangprabang

Como acabo de comentar, la propia ciudad de Luangprabang ha sido declarada, por su arquitectura y su ordenación urbana, patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Esto hace que el centro de la ciudad se convierta en un sitio relativamente difícil de mantener y que por tanto se vaya produciendo, poco a poco, una cierta gentrificación, si bien la población local cuenta con la ventaja de que, al mantener todavía un estilo de vida tan tradicional, no se ha producido (al menos todavía) una quiebra radical de costes que haga enormemente caro construir o restaurar los inmuebles de acuerdo con ciertas normas que, por recuperar patrones tradicionales, supongan una distorsión frente a las formas de construcción realmente vigentes. La gentrificación se manifiesta entonces en que un gran número de inmuebles situados en el centro de la ciudad son hostales, agencias turísticas, tiendas de antigüedades y productos manufacturados, etc., pero cuando uno se aleja mínimamente de las calles principales sigue viendo a gente normal que lleva una vida normal, comprando en el mercado cada mañana y viviendo allí, como probablemente han hecho siempre desde hace varias generaciones, si bien el impacto del turismo sigue siendo notable.

Al igual que en Tailandia, aunque todo es sensiblemente más barato que en Francia o en España, también resulta evidente que los precios están inflados cuando uno los compara con los niveles de vida locales. Tanto que, o bien hay unas diferencias sociales brutales que no son cotidianamente apreciables (la mayor parte trabajadores vinculados al turismo -conductores de rickshaw, comerciantes, propietarios de hostales…- parecen autónomos con ganancias modestas y no depauperados empleados por cuenta ajena que dependen de grandes productores o comerciantes), o bien las rentas adicionales extraídas del contacto con el turismo (y hablamos de precios que están como poco triplicados para los turistas en comparación con lo que un local podría pagar) se redistribuyen automáticamente a través de amplias redes familiares que proporcionan una fuente de ingreso de dinero a personas que viven en el campo y que obtienen en el mercado (al menos en el convencional) una porción muy pequeña de los bienes que consumen. Parece además, como en Tailandia e incluso más que allí, que el Estado juega un importantísimo papel económico, probablemente debido a la falta de grandes acumulaciones privadas de capital. Supongo que es a eso a lo que los laosianos llaman socialismo, y que el éxito de esa fórmula depende en gran medida de las buenas relaciones con China y Japón (y en alguna medida también con Francia). En fin, espero que los lectores sepáis perdonar este excurso socio-económico, y fundamentalmente especulativo, que es consecuencia de mi deformación profesional.

Relieve en oro (templo en Luangprabang)

Dicho esto, la ciudad esta llena de templos que vale la pena visitar, y cualquier guía turística os puede ayudar a seleccionar los más interesantes, sobre todo para que no os saturéis con la monotonía arquitectónica de los templos budistas. Puede ser que yo no sepa mirar este tipo de arquitectura, pero frente a la relativa originalidad de los templos cristianos o islámicos (con la visible evolución de sus elementos arquitectónicos y de los estilos de ornamentación), los templos budistas parecen conservar a lo largo del tiempo una misma (y nada fastuosa) técnica arquitectónica basada en el uso de una red ortogonal de contrafuertes que sostienen un tejado de dos aguas sobre un volumen cuadrangular. Lo que sí puede variar enormemente, si uno sabe cómo buscar, es el arte ornamental: del fresco al mosaico de teselas brillantes pasando por bajorrelieves dorados (ver foto supra). También hay dos casos de templos con una arquitectura algo más original: uno de planta casi octogonal y con dos alturas, y otro que no es realmente un templo, sino una enorme colina en el centro de la ciudad convertida, toda ella, en espacio sagrado (ver foto infra).

Budas en el templo-montaña

Otro lugar sin duda interesante es el palacio imperial. No es excesivamente antiguo y tampoco contiene una gran cantidad de objetos, pero permite hacerse a la idea de cual es la historia del país entre el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX: la permeabilidad de la aristocracia laosiana a los usos y costumbres de occidente, la conservación de ciertas tradiciones… También se conservan expuestos los coches oficiales de los miembros de la monarquía; son piezas que pueden tener un cierto interés.

Puente de bambú sobre el Nam Khan

Cuando nosotros visitamos la ciudad, tuvimos la suerte de poder ver en un teatro situado junto al palacio una exposición de fotografías de la vida en Luangprabang y alrededores a principios del siglo XX. Muchas fotografías parecen sacadas de manuales de etnografía, y en la desaparición progresiva del sector primario frente al turismo así como en la evolución de las formas de vestir, se observa el progreso experimentado por la ciudad (y tal vez por el país) desde entonces. Por otra parte, sorprende encontrar elementos que permanecen casi inalterados, como el método de construcción de los puentes temporales de bambú que conectan el cinturón exterior de la ciudad con el centro, cruzando el afluente del Mekong (el Nam Khan) cuando el nivel del agua ha comenzado a bajar, al inicio de la estación seca; estos puentes se construyen todavía hoy (como se puede ver en la foto) y son obra de los propios vecinos, que después cobran unos boletos diarios a quienes hacen uso del puente (turistas y locales) para cubrir los costes de mantenimiento y (probablemente) sacarse algún dinero extra. Por supuesto las autoridades no se desentienden del asunto y existe un puente permanente de hormigón disponible para el tráfico rodado. Supongo que cuando el río crece el negocio de los puentes es remplazado por el de las barcas que llevan a la gente de una orilla a la otra.

Es importante hacer notar que la mayor parte de los hostales son viviendas familiares de gente que, tras acumular un cierto dinero (gracias al turismo, a haber trabajado fuera del país, o a cualquier otra fuente adicional de ingresos), decide hacer una inversión y construir una casa un poco más grande de lo que le haría falta, con el objetivo de tener siempre algunas habitaciones disponibles para los turistas. Teniendo en cuenta que la familia extensa tiene todavía una enorme presencia en el país, en realidad la inversión individual no es tan elevada porque normalmente son varios hermanos y/o primos los que se ponen de acuerdo para adquirir juntos el terreno y construir la casa que luego van a compartir. También debido a la enorme importancia del modelo familiar tradicional, en realidad este tipo de inmuebles no son mucho más grandes que los convencionales y tampoco son necesariamente una fuente permanente de ingresos (si bien las oscilaciones de precios le dan a la idea una enorme rentabilidad), sino una forma ocasional de conseguir rentas adicionales que se reparten entre los miembros de la familia que participaron en la inversión inicial.

Casa familiar en Luangprabang

Otra actividad turística de interés es asistir a la ofrenda matutina a los monjes. Todos los monjes de todos los templos hacen a diario una especie de desfile-procesión por ciertas calles del centro. Se convierten así en una hilera inacabable de hormiguitas naranjas que recogen pequeñas cantidades de arroz y pan de cada una de las personas, en su gran mayoría mujeres, que se levantan cada día antes del amanecer para estar preparadas en distintos puntos del recorrido cuando los monjes vayan a pasar.

Monjes en la ofrenda matutina

Semejante madrugón cotidiano (y hasta cierto punto “masivo”) sería inexplicablemente compatible con los ciclos productivos y comerciales de la ciudad de no ser porque el trastorno del turismo y la vida urbana es todavía mínimo, y la inmensa mayoría de las actividades todavía se rigen de forma más o menos estricta por la sucesión natura de días y noches.

Botella licor de serpiente

Licor de serpiente (del mercado de noche)

El ejemplo paradigmático de esto es que el “mercado de noche”, una especie de Rastro diario que se despliega en Luangprabang para uso y disfrute de los turistas, no cambia sustancialmente esos ritmos, de manera que los primeros puestos empiezan a funcionar en torno a las cinco y media o las seis, el mercadillo está plenamente desplegado al anochecer (seis y media o siete), y se va deshaciendo progresivamente entre las nueve y las diez y media de la noche. Cuando eso sucede, muy pocas tiendas o restaurantes siguen abiertos. Después de haber estado en Turquía y haber visto comercios céntricos abrir 24 horas al día, siempre a disposición del cliente-turista, este rasgo de la vida cotidiana laosiana, sea consecuencia del socialismo o (mucho más probable) del enorme peso de la vida rural, me parece un ejemplo clarísimo de cómo enfrentarse con éxito a la tiranía caprichosa del turismo (que triunfa, en realidad, hasta en España).

Una boda lao

Y aprovecho el tema de los monjes, con sus rezos melodiosos pero monótonos, que les hacen parecer cigarras con un especial sentido de la armonía, para contar brevemente qué es eso de una boda lao (una boda budista, en realidad, y perdonen la cacofonía) y cómo se sobrevive a ello. Y lo presento así aunque puede ser que la inmensa mayoría de las bodas se hagan de otra manera (con menos presupuesto, en realidad), y aunque desde luego no es tan difícil sobrevivir.

Sepan los lectores que mi última boda estilo-occidental fue hace ya tanto tiempo que el hecho de llevar un pantalón propio y una camisa no me quedaba “aceptable” (como ahora) ni “improbable” (como durante mi adolescencia greñuda e invadida por el acné) sino simplemente “mono”. Para entendernos: el banquete todavía se pagaba en pesetas. Quiere esto decir que si me atrevo a afirmar, como voy a hacer ahora mismito, que la boda lao fue casi tan aburrida como las que he visto en este lado del globo, y si indico que ese “casi” lo puedo añadir gracias al interés antropológico de la experiencia, es solamente porque no he visto nunca una “boda de aquí” estando en la situación de los que salen con pintas ridículas a ver strippers o se ponen hasta el culo de bebercio y comercio mientras fuman habanos. Tampoco quiero que nadie se me suba a la chepa por el otro lado: ni soy budista ni lo pretendo, ni hablo lao ni lo estudio, y por lo tanto mi capacidad de integración en la boda fue, sumada a la imprevisibilidad inherente a ese lado de la familia, cercana a cero. O sea, que más que aburrirme lo que pasa es que no me enteré ni del nodo (y se me durmieron las piernas).

¿Y cómo es una boda lao? Pues lo primero es preparar el mamoneo. Eso incluye preparar la casa para la ceremonia (porque son los monjes los que vienen) y adecentar a los novios: ellos parecen Simbad y ellas la Princesa Amidala, pero la verdad es que quedan monísimos (al inicio de este vídeo se ven bastante bien los trajes).

“Centro de mesa” de la ceremonia

En las casas tradicionales, la cocina-comedor es una zona independiente y separada de la casa, donde solamente están los dormitorios. Es en ese sitio donde se despliegan varias alfombras y se coloca una especie de centro de mesa con flores metidas en conitos verdes y con velitas (se colocan tantas como invitados). Las velas son unos churros larguiruchos y chiclosos de color naranja, y cada una de ellas corresponde al alma purificable de cada uno de los invitados. La vela se “personaliza” adaptando su longitud a la medida de la circunferencia del cráneo de la persona a la que “representa”. Esas velas se ponen, ya lo hemos dicho, en el centro de mesa, que es algo así como el bolsillo de Doraemon de la boda, porque absolutamente todos los cacharros necesarios van a pasar por o salir de allí.

El otro elemento indispensable es hilo blanco de algodón. Una jartá, que dirían en mi tierra adoptiva. Una parte cuelga, en madejas de hilillos de unos diez centímetros de largo, del jarrón-bolsillo de Doraemon. El resto es un novillo de varios, muchos, metros de largo. Un extremo de ese larguísimo hilo se ata al ya mencionado bolsillo de Doraemon. El otro, a algún punto recóndito de la casa, porque lo que hay que hacer con el hilo es montar un pifostio como si estuvieras jugando a ser Spiderman liándola parda. ¿Por qué hay que hacer eso? Pues porque el hilo blanco de algodón es un hiperconductor del buen rollito espiritual, y entonces tiene que estar enredado por toda la casa para que los monjes, desde la comodidad del sitio donde está el bolsillo de Doraemon, puedan transmitir ese buen rollito a todos los rincones del hogar.

Entonces llega la tropa de monjes y los asistentes se arrejuntan todos en la alfombra, dejando que los monjes rodeen el bolsillo de Doraemon. Es en ese momento cuando uno, que ya va en plan apuesto gentilhombre, descubre que hubiera sido mejor quedarse en chanclas y ponerse el kimono del karate, porque la cosa va de quedarse horas quietecito en una posición incómoda y como un gato de escayola mientras los monjes repiten y repiten una cosa que suena a: “wah-ña wihta wah-ña wala wah-ña wala wala wihta ñaaaaa” dicho tropecientas mil veces.

Para cuando terminan, has entrado y salido del trance religioso, se te han dormido los pies y las piernas, los chakras se han abierto y ha entrado corriente y… entonces un monje coge un tarro con agua, una ramita con hojas y empieza a esparcir gotitas de “eau de buen rollo” por la casa y sobre la gente. Después distribuyen entre los asistentes raciones de comida y el mantra tropecientable vuelve a comenzar. Cuando acaba esa parte del numerito te das cuenta de que lo que acabas de bendecir es el papeo de los monjes, que después llenarán el buche antes que nadie y se irán de vuelta al templo llevándose las sobras en un tupper. En algún momento, creo que coincidiendo con la generosa distribución de “eau de buen rollo”, los anfitriones lanzan al aire para los invitados unos billetes doblados a modo de sobres cerrados y triangulares a los que han puesto unas semillitas dentro. Aparentemente es una forma de repartir buena fortuna, y yo debo estar a punto de forrarme porque me llevé tres by the face.

Billetitos de buena fortuna

Billetitos de buena fortuna

Entonces llega (por fin) el casamiento propiamente dicho. Los conitos de flores que forman parte del bolsillo de Doraemon los reparte la novia entre los asistentes; por lo que vi, si se queda sin existencias y hay invitados sin conito tampoco pasa nada. A eso le sigue una procesión de invitados que tienen que coger los hilillos de algodón que quedan en el celebérrimo bolsillo de Doraemon y atarlos a conciencia en las muñecas de los novios mientras les deseas buen rollito, prosperidad, felicidad y toneladas de azúcar glas. Durante los días (o semanas) siguientes parecerá que tienen un peculiar síndrome de Diógenes porque los novios no pueden quitarse esas pulseritas de hilo de algodón blanco altamente ensuciable, sino que tienen que dejar que se caigan “au naturel”. Afortunadamente para ellos es muy difícil vencer el hormigueo de los músculos dormidos, decir algo coherente y hacer un nudo marinero todo a la vez, así que lo más normal es que los hilos se vayan cayendo en unos días.

Un servidor afectado por el “síndrome primera comunión”

Una vez que los monjes han papeado y tú ya tienes síndrome de primera comunión, comienza lo que todos consideramos la esencia del bodorrio: comer, beber, fumar y bailar… Y hasta cierto punto eso es lo que sucedió, pero con ciertos matices.

En primer lugar, la gastronomía laosiana es, por lo general, un combinado de platos incomprensibles y sabores repetitivos acompañados siempre por arroz blanco normal o glutinoso.

De los primeros, el evidente ganador (por su abrumadora presencia) es la jodida carcasa de pollo, y no estoy exagerando: carcasa-de-pollo. No sé si esta abominación gastronómica es fruto de un “arte especial” del corte de la carne o si por el contrario es consecuencia de alguna estúpida tradición que hace a esta gente pensar que lo interesante del pollo es chupar huesos astillados y que el mejor destino para la pechuga es… cualquiera menos el plato. De verdad: comer pollo en este sitio (lo cual es tan frecuente como en Cuba, así que mentalícense) es encontrarse frente a un plato de decenas de trocitos de pollo en los que el 70% es siempre hueso, el 20% es cartílago y solamente el 10% es carne. In-com-pren-si-ble.

Los segundos se reducen fundamentalmente a un sabor imposible de identificar con propiedad y que proviene de una especia (o de un conjunto de ellas) que son para la cocina lao lo que la ramita de perejil para el Arguiñano. El invento sabe a una mezcla de anís, menta y orégano. Que no me malinterprete nadie: hay muchas veces que la especia le sienta bien al plato (con algunas carnes, por ejemplo, es fantástica), pero uno acaba un poco hasta los huever.

A partir de ahí, es cierto que hay dos o tres platos un poco más interesantes, como las formas de preparación del pescado (precisamente porque no tiene nada de especial: pescado al grill y punto), o los aperitivos tipo algas crujientes o tiras de carne seca. También hay otras cosas, como una especie de albóndigas blancuzcas y blandurrias (probablemente preparadas a partir de sesos de cerdo) flotando en algo así como líquido amniótico de cobaya con limón.

Esa fue en general nuestra dieta durante los días anteriores a la boda y también, con un plus de combinaciones y cantidad, en el banquete del bodorrio. Hay dos platos adicionales, recomendables sin duda, que son la fondue laosiana (consumir con moderación) y las tortillas; en la boda y en las comidas en casa ambos platos brillaron por su ausencia, cosa comprensible en el caso de la fondue (ahora vamos con ella) y absolutamente inexplicable en el de las tortillas.

Una fondue laosiana es un plato que se prepara mientras se come. Los restaurantes tienen que especializarse en estos platos porque servirlos requiere una infraestructura especial (mesas resistentes con huecos ad hoc para colocar las brasas). ¿Cómo funciona el invento? Uno se sienta en la mesa, le ponen las brasas y le traen una especie de plancha metálica con forma de sombrero; también te sirven un plato o fuente con carne y/o pescado y/o (si el vegetarianismo ha llegado al lugar) tofu, con verduras y un par de huevos. También te dan un tarrillo con aceite (y un pincelillo para irlo distribuyendo por la plancha) y una jarrita con agua. La idea es entonces que los comensales van preparando su papeo (con los ingredientes descritos) en el sombrero de metal y comiéndolo en sus platos; el sombrero funciona así: sobre la “copa”, que es lisa aunque inclinada, se hacen a la plancha los trocitos de carne/pescado/tofu, mientras que en el canalillo que se forma en el ala se sirve el caldo, que hierve con el calor de las brasas, y en él se cuecen las verduras y los huevos (como hacer un huevo duro en el canalillo es casi imposible porque no es demasiado profundo, también se puede hacer abriendo el huevo sobre el caldo; el resultado es tan marciano como suena).

Dejemos la gastronomía y volvamos al bodorrio, que todavía quedan cosas por contar. Gracias a la mitad francesa de la familia, había un cierto fondo de bebidas alcohólicas decentes, pero que nadie piense que la cosa fue de cubatas, mojitos y whiskeys on the rocks… Como siempre, y “siempre” quiere decir desde que tomé una cerveza en el vuelo a Luangprabang hasta que volvimos desde Vientián a Tailandia, beber alcohol fue fundamentalmente sinónimo de beber cerveza, y beber cerveza significaba beber BeerLao. Y ojo, ni yo soy de agarrarme a las bebidas espirituosas ni la cerveza nacional laosiana es mala (podría ser, eso me dice mi desmemoriado paladar, una especie de Amstel o San Miguel), pero como sé que para el castellanoparlante medio boda es sinónimo de cogorza (para los laosianos también, pero son chiquiticos y con poca tolerancia al alcohol, así que no les hace falta mucho para ir piripis), simplemente lo aviso.

En relación con el tema de la bebida, hay otra tradición curiosa a la que podemos referirnos: en vez de hacer un brindis desde la mesa principal y dejarlo ahí, los novios van mesa por mesa sirviendo una copichuela a los invitados, que entonces hacen un brindis con ellos y beben. Claro, el resultado es que cuando los novios se han sentado a cenar ya se han pulido una parte importante de las reservas de alcohol disponibles.

Si hablamos del fumar, la verdad es que podemos decir poco. Los laosianos no parecen, por lo general, muy dados al fumeteo; supongo que una vez que consiguieron controlar los niveles de consumo de opio tampoco han tenido mucho interés en el consumo de cigarrillos normales (aunque se venden y se consumen, sin duda), y desde luego que no hay (no hubo en nuestro caso) ningún interés en reproducir sanísimas tradiciones españolas como las de distribuir puros. Yo me fumé mi pipa, pero fue iniciativa personal y no muy ostentosa, no fuera a ser (y puede que exagerara en mi precaución) que para algún pariente fumar en pipa fuera sinónimo de fumar opio…

Lo ultimo que tenemos que mencionar de la boda es el jolgorio post-banquete. Si bien antes de comer vimos un espectáculo de danzas tradicionales con músicos tradicionales (luego supimos que es exactamente el mismo que se podía ver esos días en un espectáculo en el palacio), la animación post-banquete quedó en manos de un DJ con organillo y de un pariente laosiano, que fue sin duda el verdadero alma de la fiesta.

Baile tradicional pre-banquete

Ver bailar a los laosianos es, por cierto, enormemente interesante, ya que no bailan “pegados” ni “rollo disco” sino siguiendo por lo general una forma tradicional en dos círculos concéntricos (mujeres uno, hombres otro) donde, eso si, cada cual tiene su pareja. A partir de ahí, la cosa consiste en dar un par de pasitos girando en el circulo, otro par frente a la pareja, todo ello mientras se mueven las manos arriba y abajo, un poco como haciendo taichí (en este vídeo se ve bien). También tienen otro tipo de baile colectivo que me recuerda al country, pero es menos frecuente.

Todo lo musical lao tiene, por lo general, un aire claramente oriental (chinesco) pero de apariencia playera o surfer. Es, además, en casi todos los casos, absolutamente insufrible (mirad, si no, qué temazo –“Sabaidee Luangprabang”– nos acompañó repetidas veces durante la comida). Cuando nosotros, mejor dicho, un francés con poco criterio musical, se hizo con el control de la música, ahuyentó a los pocos laosianos que todavía quedaban por allí… Solamente el Gangnam Style consiguió, por unos minutos, unificar realmente las tradiciones musicales (y sobre todo coreográficas) de los laosianos y los “occidentales”, que para entonces ya no sabíamos muy bien dónde meternos.

Con eso terminamos la boda, que había empezado, con la llegada de los monjes, poco antes del mediodía, y que terminó poco antes de la medianoche. Con eso termina también esta segunda parte de mi balance del viaje (el resto de las fotos siguen disponibles aquí): espero no haberos aburrido demasiado y tener lista pronto la tercera entrega.

Parte I. Parte III.

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2 respuestas a Viaje a Oriente (II): Luangprabang

  1. felipe sfeir dijo:

    ES UNO DE LOS MEJORES BLOG QUE HE VISITADO
    felicitaciones por tu gran arte y entusiasmo
    GRACIAS
    felipe sfeir de chile
    http://www.felipesfeir.blogspot.com
    2014-03-19

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