Jesús (Jess) Franco, más que un director de serie B

“La libertad para poder hacer todo eso me la he tomado por cojones. La libertad siempre te la inventas tú mismo, pegándote con medio país, y yo todavía no he tirado la toalla. Ahora mismo tengo tres películas por estrenar que son cojonudas. Entiéndame, con todas las limitaciones que se quiera, pero mi discurso ha evolucionado y se ha hecho más puro, más bressoniano. […] Siempre me he considerado un músico de jazz que hace películas antes que un cineasta” [1]

Jesús Franco (1930, Madrid), cineasta desconocido para muchos y considerado por los demás un director de serie B (o Z), ha fallecido hoy con 82 años. Su prolífica carrera será considerada por la mayoría como una larga serie de películas anecdóticas, irrelevantes, carentes de calidad, y sus obituarios [2] serán insulsos encadenamientos de lugares comunes que se detendrán especialmente en la larguísima lista de películas, donde constan, básicamente, dos tipos de títulos: el terror “estilo (o puramente) Hammer” y las sin duda casposas combinaciones de erotismo (o pornografía) y terror.

Las primeras son, dentro de su género, tan buenas (o tan malas) como todas las demás, aunque ha de tenerse en cuenta que, si bien el Drácula de Coppola es una excelente película, el Drácula de Jesús Franco (protagonizado por Christopher Lee), sigue siendo, hasta donde sé, la adaptación cinematográfica más fiel de la novela de Bram Stoker. De las segundas he visto unas cuantas: Mujer vampiro, por ejemplo, es una (insufrible) película de hora y media en la que vemos a Lina Romay (quien después sería pareja del director) semidesnuda y sufriendo una terrible maldición que la condena a matar inexorablemente a sus amantes antes de haber podido alcanzar ella misma el orgasmo. Virgen entre muertos vivientes, otra pieza de esa filmografía, no requiere mucha más explicación, aunque sí diré que, en este caso, la historia es tan mala como el maquillaje (y tiene delito que en una película de muertos vivientes el maquillaje no esté a la altura). Hay otras dos películas, cuyo título por suerte no recuerdo con exactitud, que también están protagonizadas por Lina Romay y en la que los desnudos parciales y el terror de andar por casa dan paso a escenas de bondage y planos y secuencias estrictamente pornográficos.

Si la vida y la obra de Jesús Franco se limitaran a esto, la historia del cine no se habría perdido nada, y yo no tendría razón de peso para escribir estas líneas. Pero Jesús Franco es mucho más, porque es un iconoclasta con propósito y no sin conciencia. La prueba de que no estamos ante otro Ed Wood, ni siquiera ante un John Waters, es que ninguno de estos dos directores ha cruzado realmente la frontera que separa el cine de mala calidad (puede ser que de culto, innovador, entretenido… pero de mala calidad) y el cine que realmente transmite una reflexión consciente sobre su especificidad estética.

En el caso de Jesús Franco, ese talento adicional hay que buscarlo (dejando a un lado el análisis minucioso de las películas clasificables bajo los tipos ya mencionados), por un lado, en su colaboración con Orson Welles (de quien podemos suponer que no era idiota y que solamente habría confiado en gente competente) y, por otro, en el trabajo realizado para dar coherencia al Don Quijote que el legendario director dejó inacabado. Ese esfuerzo, que no ha gozado ni mucho menos del apoyo unánime de la crítica, apunta en mi opinión a una serie de virtudes que conviene señalar para ir más allá de las observaciones facilonas sobre la labor de cineasta de Jesús Franco.

En primer lugar, hemos de tener en cuenta que el montaje, que es el gran reto que enfrenta Franco al heredar el proyecto de Welles, es en el cine un elemento de crucial importancia puesto que la secuencia lo determina todo, o casi todo, en relación con lo que va a transmitir la película. Si bien en la industria comercial muchas veces el director se desentiende de este proceso, tecnificado gracias a la especialización de los montadores, en el caso de esta película se trata de una labor primorosa y nada fácil. El resultado final apunta, por tanto y para empezar, al hecho de que Jesús Franco era un profesional con una gran experiencia y un incuestionable saber hacer.

En segundo lugar, no hemos de ignorar el hecho de que Jesús Franco no solamente contaba con la confianza de Orson Welles sino que además apostó fuerte por sus propias capacidades… A la luz de su trayectoria, cualquiera habría dicho que Franco cometía una temeridad imperdonable al creerse capaz de concluir el trabajo que Welles había empezado. Y si él hubiera tenido de sí mismo la imagen que proyectan a priori sus películas, jamás se habría atrevido (a no ser por imprudencia) a tomar el relevo.

En tercer lugar, hemos de tomar en consideración que el proyecto de Welles evolucionó mucho desde el planteamiento inicial, y adquirió una enorme complejidad que se hace patente en la película. Por un lado, la complejidad literaria de la novela de Cervantes (que en su segunda parte quiebra la barrera entre realidad y relato al hacer de la publicación de la primera parte del libro un hecho que tiene lugar en la ficción misma) se traduce al cine respetando su especificidad, de manera que Don Quijote y Sancho no leen la novela de sus andanzas sino que irrumpen en el rodaje de su propia película. Por otro, los elementos satíricos de la obra, que giran en torno al anacronismo que supone un caballero andante en pleno siglo XVII, son actualizados para mostrar el abismo que separa a los protagonistas de la sociedad española de mediados siglo XX. Lo paradójico, que fácilmente pasaría desaparecido para cualquier censor, es que la única variación entre el siglo XVII y el XX es la actualización tecnológica: el cine en vez de la novela, viajar a la Luna en vez de concederle a Sancho el gobierno de una isla… Y que el idealismo ingenuo de los personajes, con la quijotización de Sancho y la sanchificación de Don Quijote, es un espejo fantástico para reflejar las miserias de la España de hace cuatro siglos… y de la España de hace unas pocas décadas. Ese era, probablemente, el espíritu del trabajo de Welles, que destila una enorme madurez temática y formal en cuanto a lo que significa el cine como campo artístico específico, y es una irrefutable prueba de talento el haber podido comprender ese espíritu y el haber sabido respetarlo.

Todo esto nos sirve para defender, en último término, que la supuesta subversión cultural que se produce en España en torno a la Transición es un constructo ideológico débil que legitima, a propósito o por omisión, el orden dominante en España desde hace ya algo más de tres décadas. Así, en el caso del cine, la supuesta “transgresión” de Almodóvar (por ejemplo) es promocionada por un ingente aparato formado por críticos, diarios, revistas, cadenas de televisión… y con ello queda justificado que directores de enorme talento como Jesús Franco (desde la irreverencia) o Paulino Viota [3] (desde la pulcritud formal) queden ridiculizados o relegados al olvido.

Notas:

[1] Entrevista a Jesús Franco por Jordi Costa: “El cine va a desaparecer” (El País).

[2] El publicado en El País por Jordi Costa es, probablemente, el más decente de todos ellos.

[3] Enorme descubrimiento el que hice de la mano de Rubén García López, que presentó en el IV Congreso de Jóvenes Investigadores en Filosofía (Universidad Complutense de Madrid, Noviembre de 2011) un fantástico análisis de la película Contactos (1970).

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