Viaje a Oriente (I): Bangkok

Después de haber anunciado en repetidas ocasiones que iba a escribir una entrada sobre mi viaje a Laos, después de haber procrastinado como nunca antes en mi vida de blogger y de haber buscado toda suerte de excusas para no ponerme a ello, cuando hace ya algo más de dos meses que pisé con mis pies adormecidos el suelo del aeropuerto de Bangkok, creo que ha llegado el momento de escribir algunos comentarios de ese viaje a-‘sé puñetah.

Como sabéis quienes habéis leído otras crónicas viajeras, suelo emplear mis diarios de viaje a modo de anecdotarios; es una técnica muy interesante cuando el entorno varía lo suficiente, pero en este caso, al viajar con Émilie y su familia (en sentido MUY extenso), la fórmula no resulta tan divertida. Voy a organizar la exposición, por tanto, geográfica y temáticamente, ignorando de vez en vez el orden cronológico para darle una cierta coherencia temática… Eso me permitirá omitir las toneladas de anécdotas que ni os van ni os vienen y al mismo tiempo hará la exposición más interesante para cualquier hispanohablante que pase por aquí con intención de informarse…

El avión

Es un capítulo en sí mismo, teniendo en cuenta que pasamos más de un día en el avión (13 horas de ida y 13 de vuelta, sin contar los “vuelos internos” Bangkok-Luangprabang, Vientián-Bangkok), y vale la pena recoger en un solo apartado todas las experiencias aeronáuticas…

Estas trece horas metido en un cacharro enorme que cruza medio mundo a una jartá de kilómetros de altura no es una experiencia que se pueda considerar “agradable”… Pero volar con Thai Airways ayuda mucho. Por supuesto ayudaría más volar en jet privado o con Qatar Airways, pero como no somos millonarios, esta opción es más que razonable. La comida y la bebida no están mal (aunque para esta peña “vegetariano” es sinónimo de “persona que come la mitad de comida que cualquier otro pasajero y que tiene insensibilizadas las papilas gustativas” -ejemplo: el resto de la peña come un sandwich, y tú, criatura de extraños hábitos alimenticios, unos trozos de manzana-), tienes tu tele personalizada, una mantita, una almohadita que jode el cuello de cualquiera que no sea un extraterrestre (y ser tailandés me parece que tampoco te garantiza la comodidad), pero… ¡tienes tele personalizada! (¿ya lo he dicho?) y muchas muchas muchas muchas películas “de estreno” que poder ver, aunque mejor que te olvides de los subtítulos y que estés preparado para entender en VO la voz metalizada de Optimus Prime… (y sí, vi Transformers en la pantallita de un avión). Las pantallitas también te permiten ver “documentales” (tales como “Estrellas del Muay Thai” o “Versión dramatizada, cutre y ridícula de la biografía de Philip K. Dick”), oír música y echar unas partidillas al comecocos, pero ver películas es mucho más interesante…

Nótese que yo, incrédulo de mí, me había llevado para el laaaargo vuelo La Guerre au Moyen Âge, Mythes et mythologies politiques y La Guerre des Cent Ans (solamente pude terminar el segundo, y fue durante las todavía más laaaaargas horas de viaje por carretera), pero nos pusieron a dormir casi inmediatamente, y claro, las lamparitas “personales” dan una luz demasiado fuerte, y uno se siente culpable dando por saco a los demás. Así que me decanté por el cine y vi un montón de cine (de poca calidad por lo general)… si algún día tengo tiempo, reseñaré algunos de esos éxitos cinematográficos: Total Recall, Ted, Abraham Lincoln Cazavampiros, Misión Imposible III, The Italian Job, Transformers.

Bangkok

Y, como decía, trece horas después, y habiendo maldormido en el avión unas pocas horas, ponemos los pies en Bangkok y casi nos caemos redondos con la primera ola de calor húmedo…

¿Qué decir de Bangkok?… Primero, que no vimos mucho, porque es una ciudad inmensa y nosotros no nos movimos de un barrio turístico que es, ya por sí mismo, suficientemente grande e inhóspito (mucho tráfico, mucha carretera, poca acera…)  como para que coger un rickshaw (y sí, lo voy a llamar así aunque el resto del planeta use el nombre tuktuk) sea no sólo una buena idea sino incluso una necesidad imperiosa.

mapa bangkok

Mapa del centro de Bangkok

Segundo, que los niveles de contaminación hacen la ciudad difícilmente respirable y que el ambiente general en las zonas turísticas es el de encontrarse en una especie de Benidorm gigante de hormigón (y con la playa a tomar por saco) donde los Jonatans y las Jenifers se pasean enseñando biceps, culos y tetas… (también están los hippies y los modernos, pero en el fondo no hay mucha diferencia). A este respecto, una impresión general que me traigo del viaje es que es TAN evidente que vas allí como si fueras de safari que, con muy buen rollo y mucha amabilidad, los lugareños te van a dejar claro que para ellos no eres más que un turista y que vas jodido si crees que te vas a integrar “bien”. El caso de los precios es clave: le pagamos a un conductor de rickshaw por cuatro o cinco horas de tráeme-llévame-vuélveme a traer menos de lo que habíamos pagado por un desayuno en el hostal (zumo, café, dos tostadas, huevos y bacon -5 leuros dos personas-), si bien es verdad que el precio fue extraordinariamente bajo porque era un día especial en el que el gobierno subvenciona la gasolina de los conductores de rickshaw que hacen con los turistas ciertos recorridos (volveremos luego sobre ello); eso quiere decir que:

[1] Los precios son más bajos (o mucho más bajos, incluso, según el caso) allí que en nuestro lado del globo.

[2] Aun así están enormemente inflados en comparación con el nivel de vida local.

Tercero, que, a pesar de todo, la ciudad tiene su encanto turístico, y el barrio por el que paseamos tiene la gracia de que uno puede pasear por una especie de calles traseras/callejones/meódromos de libre acceso que pasan por las trastiendas de los comercios que atienden al público por el otro lado: el tipo de formación urbana recuerda mucho a “Treasuretown” en Tekkon Kinkreet.

Callejeando por Bangkok

La ciudad será además la delicia (o la pesadilla) de cualquier electricista de altas tensiones que vea lo que son capaces de hacer los tailandeses con el tendido eléctrico.

Tendido eléctrico en Bangkok

Como en Bangkok pasamos realmente sólo un día (llegamos el 23 por la mañana, pero dormimos desde las 6 de la tarde hasta las 8 del día siguiente, y volamos a Luangprabang el 25 temprano), quisimos aprovecharlo visitando el palacio real y algunos templos. Pero resulta, oh amigos míos, que nos esperaba una sorpresa: el Gobierno tailandés está estimulando el turismo navideño dedicando unas jornadas especiales a la venta libre de impuestos de joyas. Y tuvimos la buena (o mala) suerte de encontrarnos a un conductor de rickshaw que, con ayuda de un colega que hablaba inglés, o nos la metió doblada o nos hizo un favor: nos contó, no sabría decir si era cierto o no, que el palacio estaba cerrado, igual que el mega-templo estilo khmer, durante la mañana del 24 de Diciembre porque había una fiesta budista chupiguay, y que entonces lo que hacía el gobierno era compensar el asunto subvencionando los gastos de gasolina de los conductores de rickshaws que llevan a los turistas a ver los templos y a las tiendas de joyas… Después de las 13:00, nos dijo, podríamos ir al palacio. Como una compañera de facultad, tailandesa, nos había recomendado un centro comercial galáctico de Bangkok, nos dijimos que podía ser una buena idea hacer el tour, aunque no miráramos joyas sino cualquier otra cosa un poco más interesante. Y así hicimos: acordamos un precio de 80 bahts (los mecionados 2 eurillos) y el conductor nos tuvo toda la mañana de paseo; primero de templo en templo, después de joyería en joyería porque, para nuestra desgracia, no eran centros comerciales lo que íbamos a visitar, sino naves industriales que por dentro parecían Sotheby’s.

En nuestro periplo hablamos con un surcoreano que nos explicó que todos los años, al visitar a su familia en Londres durante la Navidad, se aprovechaba de esta generosa campaña del Gobierno tailandés y compraba esas 4 joyas por cabeza que cada turista puede adquirir sin pagar impuestos (que son, en condiciones normales de casi un 200% el precio original). Según él, después es posible ir a grandes joyerías y revender esas piezas por un valor superior al que has pagado e inferior al que esas joyerías pagarían si importaran las mismas joyas desde Tailandia, debiendo pagar ese casi doscientos por ciento más en impuestos. Con eso, dice, no solamente recupera la inversión sino que saca un extra que le cubre, por lo menos, los gastos del vuelo. Claro, el fulano era ingeniero de telecomunicaciones, así que pagar 5,000 libras en joyas y recuperar 12000 o 13000 con la reventa es una operación que se puede permitir; para nosotros era un invento demasiado arriesgado y, desde luego, inabordable. Pero bueno, puede tener su aquél.

Después visitamos el palacio, aunque tuvimos que hacerlo deprisa y corriendo porque cerraba más temprano de lo que nuestro amable amigo tailandés (el que hablaba inglés y estaba compinchado con nuestro chófer) nos había asegurado. Aun así el palacio se dejó ver, y acabamos hasta arriba de las chanantadas y horteradas “thai”, que tienen su encanto, pero no son aptas para epilépticos.

Palacio (Bangkok)

Circular en rickshaw por la ciudad es, por cierto, una experiencia curiosa. Por un lado, tragas CO2 como si respiraras a través del tubo de escape de un autobús de dos plantas. Por otro, tienes ocasión de comprobar, como apunté en mi diario de viaje que “en Bangkok la circulación por carriles es tenida en cuenta sólo ocasionalmente y que avanzar en dirección contraria para evitar los atascos es una práctica muy frecuente”. Además, es estupendo ver la variedad de colores de los taxis tailanteses (rosas, verdes, amarillos, y sólo faltan con lunares); además, cada taxista es, allí como aquí, un mundo: el que nos llevó del aeropuerto al hostal amenizó el trayecto con los Bee Gees y otros éxitos viejunos; el que nos devolvió al aeropuerto dos días después llevaba el salpicadero entero decorado con monedas extranjeras.

Taxi rosa en Bangkok

Gastronómicamente, aunque tampoco tuvimos ocasión de comer demasiados platos, el país tiene su encanto (sobre todo si vienes de España donde, a diferencia de otros países europeos, la comida tailandesa no es tan frecuente). Las frutas (también en Laos) son deliciosas, y las carnes y arroces tienen su aquél (todo, claro, muy especiado: diría, y no sé si ayudará mucho, que es como comer comida china con especias de la India).

No diré nada de nuestras experiencias con los turistas norteamericanos (“gringos haciendo el paripé”, resumía Émilie), pero sí indicaré que me quedé con las ganas de asesinar a un par de ellos…

Resumía, en mi cuaderno de viaje, la experiengia bangkokiana diciendo que, en Bangkok, “todo es decadente, hortera, vintage y bonito a un tiempo; y sí, esa combinación es posible”. Ahora bien, no creo que nuestra visita le haga justicia a la ciudad y tampoco que la ciudad misma le haga justicia a Tailandia, que probablemente tiene mucho más encanto cuando dejas Bangkok y visitas otros puntos del país que sean un poco más habitables.

Ronald McDonald y el multiculturalismo (Bangkok)

La colección completa de fotografías se puede ver ya aquí, aunque para leer sobre Laos tendréis que esperar a que saque otro ratito…

Parte II. Parte III.

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