L.A. Noir: James Ellroy en sus comienzos

L.A. Noir es el nombre dado a posteriori a la primera serie de novelas escrita por Ellroy. Antes de ella solamente había publicado Brown’s Requiem, que no la hemos leído, y Clandestine, que leímos en castellano hace unos años y que ahora podemos decir que es una primera obra soberbia en la medida en que contiene, in nuce, los elementos que después Ellroy irá perfeccionando en las novelas que siguieron a la trilogía que ahora comentamos.

L.A. Noir es a priori una rara avis dentro de la obra de Ellroy por tres motivos: en primer lugar, porque es una serie de novelas no planificada como tal en un comienzo; en segundo lugar, porque la ambientación de la historia es contemporánea, cuando Ellroy ha optado, especialmente en sus novelas, por situar la acción de sus relatos en los años 50 y 60; en tercer lugar, porque la primera novela, y hasta cierto punto también la segunda, recurre a un tipo de personaje que luego aborrecerá: el psicópata.

En el pequeño prologo de nuestra edición (hemos leído las novelas en inglés: vale la pena), Ellroy es muy duro consigo mismo: dice que la primera de las novelas, Blood on the moon, perdió inmediatamente lustre con la publicación de The red dragon y el inicio de la serie de novelas protagonizadas por Hannibal Lecter. También dice que fue ese hecho el que le llevó a escribir otras dos novelas, en un intento por dar a Lloyd Hopkins, el detective que protagoniza las tres novelas, una mayor profundidad: “construir un monumento complejo a un tipo que es básicamente un mierda” (“to build a complex monument to a basically shitty guy“). Aunque Ellroy puede decir lo que quiera de sus propias intenciones, nuestra impresión como lectores es ligeramente distinta a la del autor, y el objetivo de estos párrafos es dejarla recogida por escrito:

Blood on the moon, primera novela de la saga, nos presenta a Lloyd Hopkins, un agente de policía de enorme talento que es incapaz de guardar fidelidad a su mujer y que tiene un respecto relativo por las normas, enfrentado al genio criminal de un psicópata salvaje que ha asesinado brutalmente a un número indeterminado de mujeres y que ha conseguido que parezcan crímenes no relacionados. La novela nos presenta a personajes hasta cierto punto arquetípicos, y protagonista y antagonista aparecen como dos caras de una misma moneda, como dos salidas posibles, igualmente problemáticas, al alcance de un individuo que sufre una experiencia traumática. Es un intento relativamente exitoso pero facilón de dotar a los personajes principales de una cierta profundidad recurriendo a la psicología barata. Ese es, tal vez, el punto débil de la novela, que por lo demás tiene todas las virtudes de un best-seller comprado en una estación de servicio y la ventaja de que además está bien escrito (tipo Los hombres que no amaban a las mujeres, de Larsson).

Decir, comparando esta novela con las dos siguientes, que las tres forman una trilogía no es mentir, pero es obviar las diferencias. Evidentemente el protagonista es el mismo y los sucesos de las novelas anteriores son citados en las posteriores, e incluso adquieren una importancia sustantiva, pero en cualquier caso se nota que la primera novela estaba pensada como una obra autosuficiente y que, precisamente por eso, incorpora elementos de los que luego Ellroy decide prescindir. Y no es mala idea, porque precisamente al ignorar progresivamente los rasgos arquetípicos de Hopkins, el personaje adquiere una mayor consistencia.

Sin embargo, y pese a ese progreso, la segunda novela, Because the night, parece ser un producto forzado. A falta de mejores recursos, Ellroy vuelve sobre la psicología barata que tan poco nos convencía en el primer libro y la convierte en eje articulador de esta segunda parte, en la que Hopkins se enfrenta al Dr. John Havilland, un psiquiatra-psicópata que alimenta su propia demencia invitando a sus pacientes a verbalizar y hacer realidad sus fantasías más ocultas (fantasías que les llevan, va de suyo, a destruirse a sí mismos y, según las circunstancias, a llevarse a otros por delante). Aunque esta novela contiene elementos muy interesantes y que adquieren mayor importancia en la tercera entrega (es, entre otras cosas, una obra más cercana al género negro y menos orientada al thriller, de manera que el retrato social adquiere relevancia), el resultado final es que es un texto de transición con muy poca chicha: demasiado parecido al precedente como para que no resulte repetitivo y demasiado distinto como para convertirse en una versión mejorada.

Estas dos novelas tienen además un defecto al que Ellroy va dando solución progresivamente, que es el del enjuiciamiento moral. Ellroy quiere hacer un monumento a un “shitty guy” pero necesita salvarlo de alguna manera contraponiendo su amoralidad a la maldad absoluta de sus antagonistas. Como del mal solamente podemos tener un conocimiento inadecuado (Spinoza, Ethica, IV, proposición 64), el intento de Ellroy de dar cuenta de la naturaleza del “puro mal” solamente puede ser fallido y resultar ridículo: los mejores villanos, desde Darth Vader hasta Michael Corleone, son aquellos que no representan la maldad absoluta sino el conflicto. Y a Ellroy le cuesta dos novelas aprender eso.

Es por ese motivo que Silent Hill, la tercera novela de la trilogía, es sin duda la mejor de la saga. El personaje de Hopkins adquiere un tono crepuscular que dota de un nuevo sentido, esta vez realmente profundo, esta vez despojado de todo intento cutre de psicologización, de todo rasgo arquetípico (como si el propio Hopkins se hubiera cansado de presentarse ante el lector como una caricatura de sí mismo), a los sucesos narrados en las dos novelas anteriores. Cierra con ello maravillosamente bien el ciclo vital que se abre con la primera gran ilegalidad que comete Hopkins cuando todavía ni siquiera es agente de policía. El retrato “social”, centrado aquí en una trama secundaria de corrupción en el seno del LAPD, adquiere una relevancia muy superior a la que encontramos en las dos primeras entregas. También el estilo esta aquí mas pulido, es más cercano a lo que serán después L.A. Confidential y White Jazz, incluso si las aliteraciones son aún infrecuentes y si las frases todavía pueden parecer largas (largas, en todo caso, para lo que es la novela norteamericana).

Frente a Hopkins, se eleva la figura fantástica, el personaje brillante, de Duane Rice, acompañado por los hermanos García. Con ellos pondrá en marcha un ingenioso plan para atracar dos bancos y se sumergirá en una espiral de accidentes, errores, coincidencias desafortunadas y situaciones al borde de la demencia que fácilmente podría convertirse en material para una película de Quentin Tarantino (y el producto sería una gran película, no muy alejada de la estupenda Jackie Brown). Es Duane Rice y no Lloyd Hopkins quien carga con el peso de la historia, y ya no nos enfrentamos a un psicópata sino a un hombre común con motivaciones comprensibles y más o menos razonables que poco a poco queda atrapado en la red que tejen sus propias obsesiones. Es un personaje con un carácter y una trayectoria capaces de despertar la simpatía del lector y hasta cierto punto la del propio Hopkins porque uno y otro saben que Rice está condenado por la forma en que las circunstancias le han arrastrado y no por su maldad intrínseca.

Así, Hopkins, que en las dos novelas precedentes se presenta como brazo ejecutor de una justicia absoluta que no requiere y no puede respetar los procedimientos, se rebela en este caso contra la caricatura de sí mismo que Ellroy le había obligado a ser y viola las normas una vez más pero con propósitos diametralmente opuestos a los que habían justificado su actitud en las dos novelas precedentes: ya no busca cargarse a todos y cada uno de sus adversarios, sino librarlos a ellos, y también a sí mismo, de la sombra acechante de la muerte.

Por tanto, vistas retrospectivamente, las dos primeras novelas son la excusa, la premisa, que permite a Ellroy escribir la tercera. No son prescindibles, pero tampoco son tan buenas. Habrá quien diga que ese es un precio superior al que está dispuesto a pagar por leer una buena novela policiaca, pero nosotros aseguramos que vale la pena.

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