¿Qué pintan los misiles Patriot en la frontera turco-siria?

Se puede leer durante estos días, y especialmente hoy (5 de Diciembre), en los medios españoles que la OTAN ha decidido responder afirmativamente a la petición de apoyo expresada por Turquía a consecuencia de los incidentes que se vienen sucediendo desde hace semanas en la frontera turco-siria. Leer a contrapelo estas informaciones es fundamental para esquivar las distorsiones introducidas por los medios hegemónicos y también para interpretar adecuadamente las decisiones tomadas en este campo, que en muchas ocasiones se benefician, frente al escrutinio de la opinión pública, de la falta de conocimientos técnico-militares de los lectores/espectadores/oyentes; es este un rasgo concreto de la desinformación operante en el caso de los conflictos armados y que se suma a otros mecanismos, más generales, de neutralización del sentido crítico, tales como la saturación informativa, el enmascaramiento, el recurso a los argumentos ad hominem y el sentimentalismo [1].

En primer lugar, ha de notarse que la prensa española (y probablemente no solo la española) ha decidido vincular esta decisión a la reapertura de la discusión sobre los supuestos arsenales de armas químicas existentes en Siria, cuando en realidad responde, desde el punto de vista legal, a la petición de apoyo realizada por Turquía en virtud del artículo 4 del tratado de la OTAN. Del asunto de las armas químicas sabemos, esas son las informaciones a las que podemos acceder a través de la prensa, que la OTAN ha detectado supuestos movimientos “preocupantes” en esos supuestos arsenales, y que el Gobierno sirio ha afirmado que no tiene la más mínima intención de usar un armamento como ese contra la población siria (el Ministro de Asuntos Exteriores ruso ha reiterado públicamente este mensaje para reforzar su credibilidad).

De nuevo, el Gobierno sirio tiene a favor de su argumento el hecho de que el uso de armas químicas (asumiendo, y es mucho asumir, que las tuviera realmente) es estratégicamente tan estúpido como el bombardeo sobre población civil, puesto que los efectos de esas armas son difícilmente controlables y pueden volverse con facilidad, en términos políticos (por la deslegitimación moral que implican) y prácticos (porque pueden afectar a aliados y enemigos por igual), en contra de quien las emplea. También tiene a su favor que la conexión, con fines desinformativos, entre misiles Patriot y armas químicas tiene, como la acusación de bombardeo sobre población civil (esgrimida ya, en contra de toda evidencia, en el caso libio), al menos un precedente claro: Israel ya justificó el despliegue de estos misiles argumentando que le servirían para “protegerse” de un eventual ataque iraquí con armas químicas [2].

Pero la cuestión no termina aquí, porque, como solamente El País ha reflejado (y en el diario parece ser un detalle sin importancia), los misiles Patriot son totalmente inoperantes si se trata de hacer frente al tipo de proyectiles (lanzados, en realidad, por no se sabe quién) que han alcanzado territorio turco en las últimas semanas. Los Patriot son misiles capaces de hacer frente a proyectiles que vuelan a una altura mínima de 50 km (es el mínimo alcanzado hasta el momento), y de hecho están diseñados para funcionar como misiles de medio-largo alcance. Frente a eso, los proyectiles caídos sobre Turquía alcanzan una altura máxima de 6 kilómetros. Es decir: pretenden hacernos creer que van a matar moscas a cañonazos; algo a lo que somos muy dados en otro aspectos de nuestra vida, y a lo que nos tiene muy acostumbrados el cine de acción norteamericano, pero que desde el punto de vista militar no tiene ningún sentido.

¿Cuál puede ser, entonces, el motivo de esta decisión? Como Anders Fogh Rasmussen mismo dijo en la rueda de prensa que siguió a la reunión de la OTAN en la que se aprobó la medida, los misiles no tienen, en primer lugar, ni siquiera necesidad de ser usados porque producen de entrada un efecto disuasorio. Además, y aunque ciertos medios lo omiten, varios centenares de soldados de la coalición tienen que desplegarse para garantizar la seguridad, el mantenimiento y la operatividad de los misiles. Todo esto, se supone, con la intención exclusiva de proteger el territorio turco y sin la menor voluntad de penetrar más allá de la frontera o de crear una zona de exclusión aérea. Que esto sea cierto o no marca una diferencia muy pequeña con respecto a los efectos de la decisión porque la frontera turco-siria, como todas las fronteras en general y las de Oriente Medio en particular, no funciona como un segmento en un plano geométrico, sino que es un territorio poroso, de control difuso, donde las prácticas políticas trascienden las líneas de demarcación que idealmente deben contenerlas. Es decir: el despliegue de fuerzas armadas, carros de combate y aviones en la zona fronteriza que Turquía ha puesto en marcha en las últimas semanas no solamente tiene efectos sobre territorio turco sino que también repercute en el lado sirio de la frontera.

Como de lo que se trata, además, no es de cerrar la frontera, sino de gestionar su porosidad (garantizar que los rebeldes pasan con libertad, vigilar que las milicias kurdas no ganen excesivo terreno -solamente el necesario para que no sean las fuerzas armadas leales al gobierno las que lo hagan-, dosificar la llegada de refugiados, bloquear el paso de las tropas sirias, etc.) la tarea es mucho más difícil de acometer y sus efectos reales no se captan si no se presta atención.

Del conflicto sirio se puede decir, en resumidas cuentas, lo siguiente:

1) La intervención extranjera no se basa de momento, y no se basará probablemente, en la invasión por tierra o ni tan siquiera en un bombardeo de precisión, como sucedió en Libia. Al contrario, se basa casi exclusivamente en la gestión “económica”, de acuerdo con su previsibilidad, de las diversas fuerzas que convergen en el conflicto. Es decir: todos los sujetos operantes que han adquirido relevancia política (el Gobierno sirio, los distintos sectores de la oposición, Irán, Rusia, Hezbolá, Turquía, Qatar, Arabia Saudi, los movimientos kurdos…) se comportan exactamente como se espera de ellos en tanto que sujetos políticos conformados y determinados desde hace décadas por la estructura de dominación abstracta que podemos denominar imperialismo [3]. Es, en realidad, otro ejemplo más del clásico “no lo saben, pero lo hacen” y de las dificultades de la izquierda para tomar conciencia de los puntos en que sigue siendo vulnerable a la ideología dominante.

2) A diferencia del caso de Libia, donde la partición territorial de acuerdo con la distribución de la población según su adscripción étnica esta siendo (como en Irak y, en menor medida, en Afganistán) relativamente sencilla, en el caso sirio es crucial, dada la función securitaria imprescindible del Estado sirio en el contexto geoestratégico de Oriente Medio, y vista su complejidad demográfica, conservar el aparato estatal tan intacto como resulte posible. El desorden temporal en Libia podía ser un riesgo asumible e incluso un factor beneficioso, pero en Siria se desea llevar a cabo una demolición controlada, que de momento resulta tan necesaria para las potencias en conflicto como difícil de conseguir. Los criterios de seguridad nacional de Turquía (en el caso de los sectores kurdos que aspiran a dar forma a su propio Estado-nación) y de Israel (que podría ser reticente a quitarse a Assad de en medio por lo que pudiera pasar) [4] hacen además mucho más difícil interactuar con la oposición armada, que ha de ser necesariamente el brazo ejecutor del cambio de régimen pero que podría volverse absolutamente incontrolable; es un precio que se ha pagado gustosamente en Afganistán, en Irak e incluso en Gaza, pero que no parece fácil de digerir en el caso sirio.

3) Teniendo en cuenta la porosidad de otras regiones fronterizas sirias (como la sirio-libanesa), el material militar para los rebeldes no tiene por qué entrar por la frontera sirio-turca, que probablemente es la más sólida de todas (junto con la sirio-israelí), ni falta que hace. Como fuerza armada irregular, los rebeldes sirios no solamente necesitan apoyo militar, sino también apoyo logístico de otra índole que resulta igualmente vital para ellos y para los refugiados (material sanitario, comida, infraestructuras, telecomunicaciones…). Precisamente porque la fortaleza estratégica de los rebeldes es su carácter irregular, su integración perfecta entre los civiles, resulta imposible distinguir al refugiado-partisano del refugiado-civil, y por eso mismo la ambigüedad del tipo de ayuda humanitaria que llega desde Turquía es en realidad un factor que refuerza implícitamente la estrategia de los rebeldes.

En este sentido, hace ya tiempo que se plantea, además del establecimiento de zonas de exclusión aérea, la creación de un “cordon humanitario” en la frontera turco-siria. Visto que el Consejo de Seguridad no va a tomar dicha decisión, y puesto que por tanto un contingente de Cascos Azules no va a hacerse cargo de la creación de ese cordón, el despliegue militar en la frontera turco-siria (sea el envío de aviones y carros de combate, la creación de un hospital militar en colaboración con España, o el envío de misiles Patriot) consigue, por vía diferida, hacer exactamente lo mismo, es decir: garantizar un cierto repliegue de las fuerzas armadas sirias y la creación de una “zona liberada” en la región fronteriza donde los refugiados y los rebeldes puedan confundirse, reduciendo la exposición al peligro que sufren los primeros y garantizando una mayor seguridad a los segundos.

Por otra parte, el despliegue de los Patriot podría tener, además de la clara y reconocida función disuasoria, la misión de proteger la zona fronteriza de cara a una eventual intensificación del apoyo (ya abiertamente militar) a los rebeldes sirios refugiados en ella. Es ese otro aspecto que se ha comentado en la prensa durante las últimas semanas: ahora que se ha confirmado que la UE extenderá durante otros tres meses el embargo que ha impuesto a Siria, también se ha anunciado que pasados esos tres meses los gobiernos europeos deberán decidir si envían o no material militar a los rebeldes (cosa que hasta ahora han hecho “bajo cuerda” y por tanto de forma limitada, optando en muchos casos por el envío de agentes de inteligencia y expertos militares).

El hecho de que sean tan largos los plazos que se conceden a sí mismos, para re-evaluar sus decisiones, quienes ocupan una posición privilegiada (por la información a la que tienen acceso y el poder del que disponen) pone en evidencia la triste torpeza con que la izquierda, dentro y fuera de Siria, ha quedado enredada en un proceso que promete ser largo y devastador y del que, por eso mismo, difícilmente saldrá reforzada y mucho menos triunfante. Eso, por desgracia, se veía venir desde el principio.

Notas:

[1] La misma cuestión surgió hace unos días, cuando presentamos nuestras objeciones a un articulo de Santiago Alba Rico que afirmaba, sin más ni más, que el Gobierno sirio estaba bombardeando población civil. La respuesta a ese articulo, absolutamente impropia, demostraba que nuestro interlocutor no había entendido (suponemos que por falta de claridad nuestra) el argumento: no queremos hacer un ejercicio de negacionismo. Simplemente queremos hacer notar que, enunciada sin más explicaciones, la acusación de haber “bombardeado sobre población civil” no tiene carácter informativo o analítico (porque para eso sería necesario decir donde se bombardea, con qué munición, contra qué objetivos, en qué circunstancias, con qué justificación, con qué efectos…) sino solamente panfletario, y no precisamente en un sentido genuinamente contrainformativo, sino que, muy a pesar de todos, es perfectamente integrable en el discurso informativo dominante. Si dimos en ese artículo algunas razones por las que el bombardeo sobre población civil es una medida francamente inútil y contraproducente, especialmente en un contexto como el sirio, no es para negar que haya ocurrido, sino para afirmar la improbabilidad de un hecho así y la necesidad, por eso mismo, de explicar (si se cree, se sospecha o se sabe que ha ocurrido) qué circunstancias llevan a un gobierno en una situación difícil a atarse la soga al cuello. La falta de informaciones realmente contrastables nos permite poner en duda el hecho, aunque no negarlo; se trata, por recurrir como Santiago Alba a las comparaciones teológicas, de una posición agnóstica y no atea, por muy “tibio” o “ni-ni” que pueda resultar tal planteamiento para los dogmáticos de toda confesión.

[2] En el caso de Irak se sabia que ese tipo de armamento fue usado contra los kurdos pro-iraníes durante la guerra entre ambos países; también se sabía (cuando se ocupó militarmente el país en 2003) que en los 90 esos arsenales fueron destruidos. En el caso de Siria, y como Robert Fisk señala con brillantez, la existencia de esas armas se da por confirmada a partir de la traducción sesgada de unas declaraciones realizadas por un portavoz del gobierno.

[3] Va más allá de los objetivos de este artículo explicar en profundidad el replanteamiento implícito de la cuestión del imperialismo que implica considerarlo de esta manera, es decir, como un producto a escala global de la ideología (en el sentido más althusseriano del término) que sostiene la reproducción social del capital a escala mundial. Se trata, en realidad, de afirmar que el imperialismo no es un fenómeno de naturaleza económica (eso es, en realidad, el capital sin más), y que lo que introduce en realidad es un conjunto de prácticas políticas que permiten constituir identidades colectivas (pueblos, naciones, razas, etnias…) que permiten dar a las clases económicas (capitalistas y proletarios) un “lugar” en la jerarquía social mundial desde el cual poder funcionar como tales. Si capitalista es quien, en la estructura de dominación abstracta que es el capital, ocupa la posición dominante, imperialista es aquel que, en la estructura de dominación abstracta que es el imperialismo, ocupa también la posición de mayor poder; es en tanto que personificación individual de una posición abstracta que el imperialista o el capitalista individuales se tornan en objeto de análisis o en parte de un enfrentamiento político. Por lo tanto, la reacción antiimperialista no puede basarse en los presupuestos identitarios que sustentan la integración funcional de los grupos humanos en esa estructura, de la misma forma que la reacción anticapitalista no puede ser una reacción basada en el obrerismo.

[4] Es francamente difícil abordar la estrategia política del gobierno israelí ya que ésta es, igual que su estrategia militar, propensa a los planteamientos que se suelen llamar “indirectos” (retorcidos, podríamos decir). Si el ejército israelí ha sido durante mucho tiempo proclive a optar por tácticas que entrañaban más dificultades (el camino largo frente al corto, el accidentado frente al llano, las maniobras de distracción frente a las ofensivas frontales…) en beneficio del factor sorpresa, desde el punto de vista político Israel mantiene un cierto equilibrio entre sus intentos por conseguir un entorno político favorable (lo cual es difícil) y un entorno político evidentemente agresivo que alimente la política del miedo en que se basa la cohesión política interior (lo cual es mucho más sencillo). El ejemplo evidente es Hamás: Israel lo fortalece para debilitar a los sectores laicos y lo critica frente a sus propios ciudadanos por ser un movimiento confesional, negocia treguas y provoca con asesinatos, responde al lanzamiento de cohetes con bombardeos brutales que enquistan aún más el conflicto… Por este motivo, argumentar que a Israel no le interesa un cambio de régimen en Siria es tan defendible como argumentar que en el fondo sí le interesa, puesto que en realidad la supervivencia misma de Israel se ha basado hasta ahora en bascular entre un polo y el otro según las circunstancias.

Artículo publicado también en Rebelión: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=160385

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