A John lo mató la guerra

No sé muy bien cómo, estos días he conocido la historia de John Torres [1]. Hijo de argentinos migrados a EE.UU., Torres se alista en el Ejército y termina siendo enviado a Afganistán. Allí no tarda mucho en tomar contacto con algo que para muchos fue evidente desde el mismo día en que Afganistán se convirtió en objetivo: ni el terrorismo islámico, ni la opresión de las mujeres; todo en Afganistán fue siempre cuestión de geoestrategia y, sobre todo, de tráfico de heroína. John acabó involucrado. Se suicida el 11 de Julio de 2004. El lector piensa en el “recluta patoso” de La Chaqueta Metálica.

Su padre empieza una campaña. Quiere saber qué mató a su hijo. Apuesta por la heroína. Su hijo quería dejar el Ejército. Quería casarse. Volver a Argentina. Y de repente se suicida: no encaja. En un primer momento, el Ejército le esconde a Juan Torres senior una carta de suicidio; después de año y medio fue entregada a la familia. Juan junior habla en ella de dolores en el estómago y en el pecho. La versión oficial es que Torres se disparó en la cabeza. Su padre no cree que su hijo sea capaz de suicidarse. Heroína, país en guerra, suicidio, ocultación de pruebas, drama familiar… Todo extremadamente complejo. Juan Torres decide luchar; arrojar luz sobre un asunto realmente turbio.

Los diferentes recursos, investigaciones, demandas… terminan centrándose en un medicamento contra la malaria: la mefloquina, muchas veces comercializada como Lariam. Quien firma estas líneas ha consumido el medicamento en cuestión. En 2006. No me caben dudas de la profesionalidad del médico que me lo recetó.

La mefloquina es barata; 3€ la caja, con receta. La combinación atovaquone/proguanil (Malarone) supera los 50€, con receta también (que yo recuerde). La mefloquina se administra en pastillas gruesas, una dosis semanal y olvídate de la malaria; ningún medicamento es 100% efectivo. Una caja cubre sin problemas un mes de exposición a la malaria y dos dosis de prueba antes del viaje; si la primera te sienta mal, cambias de fármaco. El Malarone se toma a diario; una caja de Malarone da para menos de un mes con unos días de período de prueba.

La mefloquina es barata, pero tiene efectos secundarios. Si tienes problemas psicológicos es mejor que ahorres para comprar Malarone o que no te expongas a la malaria. Se supone que el caso de John Torres revela que los efectos secundarios de carácter psicológico pueden llevar al sucidio. Yo he tomado mefloquina durante un mes y no tengo problemas psicológicos. Lo he hecho viajando con otras cien personas por Marruecos, Sahara Occidental, Mauritania y Senegal. Lo he hecho teniendo 17 años y viendo a niños pelearse en medio del desierto por abrir una bolsa de basura y comer los restos de mi desayuno. Lo he hecho durmiendo menos de seis horas diarias y bebiendo agua de pozo con cantidades de cloro capaces de destrozar el paladar más resistente. Los cien adolescentes que pasamos por esa primera edición de Madrid Rumbo al Sur tuvimos, en el sentido más literal del término, nuestra mili en miniatura. No siempre lo pasé bien. Seguro que el medicamento me hizo pasarlo peor; me hizo, por lo menos, más sensible. Pero no se me pasó por la cabeza ni un instante el suicidio.

Supongamos que John Torres no tenía problemas psicológicos; si así fuera, habría quedado reflejado y el problema no sería del medicamento. Supongamos que, aunque yo no los sufrí, es cierto que él y sus compañeros sufrieron esos dolores en el vientre y en el pecho como parte de los efectos secundarios. Supongamos que, como yo, se vio expuesto a situaciones de estrés, cansancio o tensión, y que el Lariam hizo con él lo que conmigo: agudizar las sensaciones en un sentido y en el otro, hacerte psicológicamente vulnerable. Asumamos, por si acaso, que los efectos a largo plazo pueden ser peores que si el medicamento se toma durante un mes. Añadamos también que vivir en el desierto no es lo mismo que luchar en el desierto. Incluso así, se puede decir lo siguiente:

El padre de John Torres coordina una campaña política antibelicista. El padre de John Torres confirma con testimonios y con sus propias experiencias que ocupación y narcotráfico son dos caras de la misma moneda. El Ejército de los Estados Unidos le lanza el señuelo de un medicamento. Y de repente todo el mundo se olvida de la heroína. “El argentino que venció al Pentágono”, dice la prensa, y mientras tanto se elimina un medicamento barato y el consumo de Malarone se multiplica; en nada ha cambiado el entramado de negocios que se alimenta de las cantidades ingentes de dinero que hay que invertir para mantener una ocupación militar en un país remoto. “El argentino que venció al Pentágono”; el público aplaude la valentía de un Padre Coraje y se olvida de los gringos matando civiles afganos y traficando con derivados del opio.

A John Torres no lo mató el Lariam. A John lo mató la guerra. Y nadie sabe ya qué fue del tráfico de heroína: mientras se prohíben medicamentos, la especia aún fluye [2].

Notas:

[1] Ver, por ejemplo: http://www.clarin.com/zona/argentino-vencio-Pentagono_0_279572193.html

[2] “The spice must flow”, frase repetida múltiples veces en la saga de ciencia ficción Dune.

Artículo publicado también en Rebelión: http://rebelion.org/noticia.php?id=157011

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