Anécdota peculiar: Jorge Manrique, las “Coplas a la muerte de su padre” y la nota manuscrita de un desconocido

Hace ya tiempo que me sucedió esto. Entonces ya tenía un blog (el jubilado “Oh tempora, oh mures“), pero lo cierto es que no se me ocurrió dejar la experiencia recogida por escrito. Ha pasado, por tanto, tiempo suficiente como para que mi recuerdo de lo que voy a contar esté de sobra distorsionado, sobre todo porque tiene que ver con una pregunta burlona que planteo con cierta frecuencia y porque lo que voy a contar sucedió probablemente en verano (de 2008 o de 2009) y desde luego entre cervezas.

Pero ayer volvió a surgir esta “batallita recurrente” del que escribe, cuando mi buen amigo Cristian Piné recuperó una “vieja” foto para hacer el siguiente montaje que veis en la imagen como parte de una serie de memes “privados”.

Sorprendido al ver esta foto, de la que honestamente no tenía conciencia, Cristian me dio el enlace a la foto original, subida a su Fotolog en desuso. El texto original asociado a la foto presenta una conversación que puede ser, pizca más o menos, la que tuvimos en ese momento. La pregunta es tan simple como, en principio, difícil de responder: “¿Por qué las Coplas de Manrique son a la muerte de su padre? Si el título lo puso él, ¿no deberían ser a la muerte de mi padre?”.

Probablemente fue un tiempo después de eso, no mucho tiempo en cualquier caso, que le planteé el mismo asunto a otro grupo de amigos. Estábamos en una tetería en el centro de Madrid, probablemente por la zona de Malasaña, aunque la decoración del sitio (de aires marroquíes) no era muy distinta a la de la tetería de Martín de los Heros. Recuerdo que pedimos mucha sidra y un par de narguiles, pero yo también bebí cerveza. Creo, como ya he dicho, que era verano.

Vuelvo a plantear el dilema. Mis compañeros de mesa confirman que es una pregunta digna de respuesta, armamos alguna hipótesis tanto más absurda cuanto mayor era nuestro nivel de alcohol en sangre, y se acabó la historia. Un tiempo después, el suficiente como para haber cambiado de tema y haber olvidado la coña, un tipo joven se acerca a nuestra mesa. Era, eso recuerdo, alto, con barba y pelo largo probablemente recogido en una coleta o pseudo-moño. Pinta de hippie, vamos. No sólo se acerca a nuestra mesa sino que se dirige a mí. No recuerdo si me dice algo, desde luego es breve y poco claro, porque no me da tiempo ni a responder: el tipo me da un papelito (el de la imagen a la izquierda) y se va del bar. Me cuesta captar lo que quiere decir la nota, y mucho más comprender que el tipo es tan hábil como para escribir eso a mano en la mesita de una tetería en el centro de Madrid. Su caligrafía es, por cierto, todo un argumento de autoridad.

No he vuelto a verle. No he podido darle las gracias por la información y, sobre todo, por un souvenir tan raro que con razón merece formar parte de mi anecdotario vital. No había puesto hasta ahora esta historia por escrito. Y, como los caminos del Interné son inescrutables y el mundo es un pañuelo, tal vez resulte que ahora tengo ocasión de reencontrar a este desconocido al que me gustaría, por lo menos, invitar a una cerveza.

*Reflexión a posteriori: “Si estuviera vivo el bendito padre de Jorge Manrique…“.

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