¿De quién depende tu puesto de trabajo?

La “precarización” de las condiciones de trabajo en Europa es un fenómeno que nos trae últimamente de cabeza (y quien dice últimamente dice 20 años, porque no somos criaturas de memoria). Y sin embargo, uno no puede evitar pensar que algo de “justo” tiene que el europeo, por serlo, no tenga derecho a trabajar en mejores condiciones que el ecuatoriano. El problema, claro, es la nivelación a la baja que permite empeorar a un mismo tiempo nuestras condiciones laborales y las de los demás, en vez de alcanzar un equilibrio razonable que, sin ser la panacea, pudiera contribuir de alguna manera a homogeneizar las condiciones de trabajo. Ya sabemos, además, que eso no es posible, porque a la economía internacional en realidad le viene de maravilla la diferenciación económica entre regiones del globo.

Todo esto en realidad lo digo para introducir una cuestión puramente personal. Por cuestiones laborales, he tenido que hacer un barrido de las principales operadoras de internet y televisión para comparar ofertas. Movistar es, de entre ellas, especialmente puñetera, porque el servicio comercial no está pensado para que llames directamente, sino para que ellos te llamen a ti. Cosa inútil cuando llamas desde un teléfono que tiene asignada una extensión vinculada a una centralita que, cuando recibe una llamada, lo primero que te suelta es una retahíla incomprensible en una lengua de la que jamás has oído probablemente una palabra.

Pero en fin, consigo hablar con Movistar y el departamento de agentes comerciales o bien está en Quito (por decir algo; podría ser Bogotá) o bien emplea a una porción sustancial de la inmigración latinoamericana (y me inclino por lo primero). La conversación no va mal, la oferta puede ser aceptable para el interfecto, así que le digo al comercial que apunto los datos y que le vuelvo a llamar en un par de días como mucho si finalmente me interesa la oferta. No sé qué cable se les cruza entre medias, pero dos días después lo que me llega es un mensaje que me agradece la contratación de un paquete de Imagenio y que me asegura que me llamarán en breve para cerrar el acuerdo. Lo hacen. Les explico que es un error y que no me interesa; “Gracias, disculpe, hasta luego”. Todo bien. Y al día siguiente vuelven a llamar; “Que no, señorita, que es un error”; “Bueno, disculpe”. Y no pasa nada. Un poco de mala leche, pero en fin, reconozco que la conversación no fue fácil.

Y hace un par de días me llaman otra vez. Un señor con voz de importante (latinoamericano también). Yo ya estoy a punto de gritarle que NO quiero contratar el paquete de Imagenio cuando comprendo que sólo quiere comprobar que los comerciales habían cometido un error. Se lo confirmo. “De acuerdo”, me dice, “pues no se preocupe caballero que ahora mismo tomaremos las medidas disciplinarias oportunas y haremos efectivo el despido de los empleados responsables”. Glups.

“Mire”, le digo, “yo no sé si lo que yo le diga va a servir de algo, pero no creo que sea necesario despedir a nadie. La conversación fue complicada, es sencillo cometer un error, y teniendo en cuenta que la equivocación no me ha perjudicado económicamente ni de ninguna otra manera, podemos dejarlo así”. Silencio incómodo. Observación no computable. El tipo reacciona: “Bueno, señor, si usted dice que no le parece tan grave y que se trata de un error humano comprensible, entonces no haremos nada”. Muchas gracias, adiós buenas tardes, no de verdad que no me interesa contratar sus servicios, buenas tardes adiós gracias.

No se trata de ir por ahí de perdonavidas. Las personas implicadas en el asunto (tres, al menos) cometieron un error “serio”, y darles un toque es más que razonable. Pero una cosa es eso y otra que el error implique sin más ni más un despido. Una acción que es tan innecesaria como arbitraria, visto que la petición de un cliente puede anular automáticamente (o al menos eso parece) la decisión empresarial. Como si hubiera que presentar ante el “dios-cliente” (misteriosamente enfurecido) la ofrenda de la vida del “pringado-operador”. A eso se suma que en una coyuntua como esta es muy difícil tanto sobreponerse a la tentación de desquitarse de los males propios jodiendo al prójimo, como superar la sumisión automática a las decisiones del capataz y “atreverse” a cuestionarlas.

Haber protegido el puesto de trabajo de tres personas con una simple frase podría hacerme sentir bien y sin embargo me sume en una profunda tristeza. No deberíamos tomar por buena una sociedad en la que la supervivencia económica de las personas está sometida a algo tan arbitrario como los deseos de un cliente, normalmente marcados por el capricho de quien sólo se siente libre, cercano a lo divino incluso, cuando saca la tarjeta de crédito.

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