Increíble… pero cierto

Se termina el mes de Mayo y los cambios, realmente profundos, se suceden con una velocidad abrumadora. En cierto modo es como si alguien hubiera sembrado en secreto un árbol, como si sus hijos y los hijos de sus hijos lo hubieran cuidado en secreto, alimentado con luz artificial, hasta que un día, mucho tiempo después de que quien sembró la semilla cayera en el olvido, un árbol gigante y frondoso aparece de repente para cambiar por completo la apariencia del jardín.

Esta semana he terminado, ahora más oficialmente que nunca durante el presente curso, la carrera. Último día de clase, última nota de la carrera (más que buena, por cierto) en el tablón, último respiro de alivio (que se produce siempre, por muy seguro que esté uno de que ha hecho bien su trabajo). Y, al mismo tiempo, encontrar trabajo. Y trabajo “de lo mío”.

Esto rompe con las mejores estadísticas de mi Facultad, incluso en aquellos maravillosos años en los que un alto porcentaje de los licenciados en Ciencias Políticas encontraban rápidamente un empleo al terminar la carrera y en los que sólo un porcentaje minúsculo de ellos encontraban un empleo que tuviera directamente que ver con su carrera. Y ahora, en Mayo de 2012, cuando el “milagro español” ha quedado diluido en “Españistán”, las estadísticas sólo pueden ser peores. Como para quitarle a uno el sueño. Y la esperanza. Y los ahorros por el camino, gracias a la insostenible combinación de subida de tasas y falta de financiación.

Y lo imprevisible ha sucedido. Recién licenciado encuentro trabajo. “De lo mío”. Y es fijo. Y empiezo el día 1. Y después de un año sumido en la más desalentadora incertidumbre, de repente todo (o casi todo) encaja. Se repite en mi cabeza el martilleo incesante: pura suerte. Sólo suerte. Nada más que eso. Y un poco de mi parte, sólo un poco; lo suficiente como para aprovechar la oportunidad si se presenta (y lo increíble es que se haya presentado).

Un cambio sustancial, sin duda. Un cambio a mejor, seguramente. Todavía me pellizco cada hora para confirmarme, vez tras vez, que esto no es una pura fantasía.

Y la mejor noticia de todas es, probablemente, que voy a poder hacer, con tranquilidad, lo que más me apetece: seguir estudiando, leyendo, escribiendo, y compartiendo de vez en vez mis ocurrencias. Y podré hacerlo por deporte, sin preocuparme (o no mucho) por la “rentabilidad” de mi trabajo; es la forma ideal de hacer filosofía cuando uno no es millonario.

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