Algunas observaciones sobre la guerra primitiva y la de hoy

Hace unos días leíamos en Rebelión [1] una breve reseña, escrita por Daniel Tanuro, del libro Warless societies and the Origin of War, escrito por el antropólogo norteamericano Raymond C. Kelly. El texto nos llamó especialmente la atención por dos motivos: en primer lugar, porque pone en cuestión las conclusiones a las que han llegado una parte importante de los antropólogos que hasta ahora han analizado la guerra primitiva; en segundo lugar, porque el autor de la reseña no menciona ni una sola vez a cualquiera de los autores cuyas tesis quedarían parcial o totalmente refutadas por las de Raymond C. Kelly.

El propio autor del libro, en un artículo que (suponemos) sintetiza los argumentos expuestos allí [2], no hace tampoco referencia a estas obras “clásicas” de antropología de la guerra con las que entra en un abierto conflicto. Así, tanto en lo que se refiere a Tanuro como a Kelly, podemos suponer dos cosas: o bien que no son conscientes de este conflicto interpretativo, o bien que no quieren hacerlo explícito para no meterse en camisa de once varas.

El propósito de estas líneas es, por tanto, dar a conocer al lector las aportaciones realizadas por otros antropólogos, especialmente Piérre Clastres, y presentar una perspectiva distinta tanto de la naturaleza de la guerra como de su función social y de sus transformaciones.

Para Clastres, que a su vez recurre al trabajo monumental de Maurice R. Davie [3], la guerra puede ser considerada un fenómeno “universal” (p. 142) [4]. El punto de partida de Clastres es de un trasfondo claramente schmittiano: la guerra es esencialmente un fenómeno político, la manifestación más intensa de la oposición amigo-enemigo entre dos grupos. La enemistad entre los grupos de cazadores-recolectores se basaría en su mutua desconfianza, desconfianza que respondería al afán de preservación de la autonomía política como grupo y al temor a caer bajo el yugo de la dominación de otros. En síntesis: la guerra previene la formación del Estado.

Lo que sucede, según Clastres [5], es que las sociedades arcaicas se encuentran en una tensión permanente entre dos tipos de liderazgo:

Hay, por un lado, un líder para los tiempos de paz que carece de autoridad y cuyo poder no se expresa en su capacidad para reclamar con éxito la obediencia de los demás miembros de su comunidad sino en su disponibilidad y efectividad a la hora de resolver los problemas de éstos (sean del tipo que sean). Hay, por otro, un líder para los tiempos de guerra, cuyo poder sí se expresa en su capacidad para reclamar con éxito la obediencia de los demás, pero su mandato está estrictamente acotado a los tiempos de guerra y su modo de vida determinado por un ethos guerrero que hace incompatible ejercer un poder tan absoluto con proteger la propia vida para conservarlo el mayor tiempo posible.

Las sociedades arcaicas aparecen así como entidades capaces de autorregularse combinando períodos de guerra y paz que dificultan alternativamente y al mismo tiempo la centralización exterior e interior del poder y la formación de jerarquías. Ello da lugar, desde el punto de vista histórico, a que la guerra previene la formación del Estado y es al mismo tiempo el origen de éste; una paradoja que sólo puede ser resuelta si la guerra misma experimenta una transformación sustancial.

Según Tanuro, Kelly muestra en su libro que las sociedades primitivas que no conocen la guerra no son en absoluto una excepción (afirmación sin duda polémica en comparación con los datos señalados, y que no encontramos en el artículo de Kelly), de manera que mientras que para Clastres la guerra es la clave de la supervivencia de sociedades no jerárquicas, para Kelly es precisamente la ausencia de guerra lo que explica que dichas sociedades sigan existiendo.

En el artículo que citábamos más arriba (ver nota 2), Kelly construye su argumento a partir del material etnográfico referente a los isleños de Andaman. Su propósito principal es rebatir las tesis “funcionalistas”, igualmente criticadas por Clastres, que interpretarían los episodios bélicos en relación con variables demográficas y económicas vinculadas a la distribución de recursos (una línea, por cierto, seguida hasta cierto punto por Harris y cierta antropología de corte marxista). Es además una interpretación que no cuestiona el punto de partida utilitarista, economicista, del planteamiento de sus adversarios y que simplemente plantea, como Tanuro recoge en su reseña, que un cálculo costes-beneficios hace objetivamente preferible la cooperación pacífica al enfrentamiento bélico. Curiosamente, sin embargo, no todos los pobladores de Andaman mantienen relaciones pacíficas sino que, de hecho, los pobladores del sur de la isla viven en una situación de conflicto casi permanente entre grupos de cazadores mientras que los del norte han creado lazos de unión (p. 2). No se nos dice, sin embargo, cuál es la relación entre las poblaciones del Norte y del Sur de la isla, ni tampoco cuál es el lapso de tiempo total observado [6].

En realidad, y como señala Tanuro con acierto, la gran diferencia entre estas dos perspectivas es la comprensión misma de la guerra como fenómeno social. Para Clastres la violencia organizada de la guerra es un factor presente, al menos en potencia, en cualquier conflicto político entre grupos sociales arcaicos, conflicto político que tiene su fuente en la desconfianza recíproca ante la posibilidad de que, en una eventual unificación política (voluntaria o forzada), un grupo se imponga sobre otro. Para Kelly, por contra, es una herramienta utilizada de acuerdo con cálculos racionales de coste frente a beneficio, según los cuales, dice Kelly, la violencia es un instrumento bastante menos rentable que la cooperación.

Desde el punto de vista de Clastres, es inevitable concebir que la guerra (acción colectiva violenta, armada, organizada y sangrienta) no es igual antes del surgimiento de la estratificación social que después. En la medida en que se desarrolla una jerarquía social a nivel global, la guerra entre partes primitiva (en la que la finalidad del combate es el reconocimiento mutuo de la independencia política de quienes se enfrentan) se ve poco a poco reemplazada por la guerra escatológica que caracteriza la acción militar del Estado moderno (en la que la guerra misma es un acto punitivo y del rival se espera que reconozca que es culpable y que no oponga resistencia) [7].

Desde el punto de vista de Kelly, por el contrario, pareciera que sólo el segundo tipo merece realmente el nombre de guerra, mientras que las guerras entre partes deberían ser consideradas simplemente “relaciones hostiles intergrupales” (p. 2). Es esta una distinción conceptual que a Tanuro no le llama la atención (aunque debería), y que por tanto no queda recogida en su reseña; eso hace, a la luz de las evidencias antropológicas que hemos señalado, absolutamente insostenible el texto de Kelly y absolutamente incomprensible que su argumentación pueda ser sostenida con semejante tranquilidad.

Así, ni Kelly ni Clastres argumentan ya en contra del material etnográfico disponible, sino que la diferencia entre ambos autores se sitúa en el nivel de la interpretación de ese material. Dos interpretaciones distintas que, a la hora de emplearlas para fundamentar proyectos de transformación social, ofrecen resultados absolutamente dispares:

Según Tanuro, y ello a partir de su interpretación de Kelly, existe una relación directa y exclusiva entre sociedad jerarquizada y guerra y sociedad sin clases y paz. Como comparte con Kelly el punto de partida racional-utilitario, lo único que hace falta para construir al mismo tiempo y de golpe una sociedad sin guerra y sin clases es que el conjunto de individuos afectados por el cambio realicen el cálculo costes-beneficios de forma correcta. Olvida con ello que, en realidad, el establecimiento de jerarquías es el gran instrumento de pacificación y que, en realidad, sólo hay conflictos armados actualmente allí donde el orden jerárquico internacional ha sido puesto en cuestión.

Desde el punto de vista de Clastres, por contra, lo importante no es tanto pensar en las formas de construir una sociedad pacífica, sino en la manera en que puede ser posible disociar la paz del orden, de la jerarquía. En vez de anunciar la llegada de un tiempo sin guerras, que sería la restauración de una pasada Edad de Oro de cuya existencia no hay demasiadas pruebas, se trata de buscar la manera en que sería posible que, llegado el estallido de un conflicto armado, éste no tomara la forma de la guerra punitiva, no tendiera a quebrar todo marco normativo elaborado con el fin de limitar la guerra y sus efectos, no fuera el instrumento para forzar la sumisión del vencido indefenso ante el vencedor omnipotente.

Notas:

[1] Daniel Tanuro, “Sobre el origen de las guerras y las sociedades sin guerra”.

[2] Raymond C. Kelly, “The evolution of lethal intergroup violence”.

[3] El trabajo de Devie, publicado en los años 30 del siglo pasado, supuso la revisión sistemática de todo el material etnológico, escrito en inglés y alemán, disponible en su momento. Su conclusión era que, con la excepción de ciertos grupos de esquimales, ninguna de las sociedades arcaicas estudiadas era ajena a la violencia colectiva organizada y armada (es decir, a la guerra). Marvin Harris recoge, sin embargo, en su Antropología cultural (Alianza, Madrid, 2009, p. 263) una lista algo más amplia: “Se ha dicho que la guerra era desconocida entre los siguientes pueblos de cazadores y recolectores: los isleños de Andaman, los shoshone, los yahganes, los indios mission de California y los Tasaday de Filipinas […]. Sin embargo,” añade, “puede que estos grupos la practicaran en algún momento del pasado”. Es un número extremadamente reducido si lo comparamos simplemente con el total de 652 sociedades primitivas estudiadas, a mediados del siglo XX, por Quincy Wright (cf. Jorge Verstrynge, Una sociedad para la guerra, Siglo XXI, Madrid, 1988, p. 20).

[4] Piérre Clastres, “Archaeology of Violence: war in primitive societies”, en Archaeology of Violence, Semiotext(e), 1994, pp. 139-167.

[5] Piérre Clastres, “La sociedad contra el Estado”, en La sociedad contra el Estado, Monte Ávila, 1978, pp. 165-201.

[6] Son dos aspectos de radical importancia puesto que la unificación pacífica del Norte podría ser, desde una perspectiva “macro”, una alianza contingente frente a los grupos enfrentados del Sur. Entre los maring, por ejemplo, hay una guerra cada 10 o 12 años (cf. Marvin Harris, Vacas, cerdos, guerras y brujas, Alianza, Madrid, 2011, p. 88), pero nada impide que los lapsos de tiempo puedan ser más largos.

[7] Tomamos esta terminología de Rafael Sánchez Ferlosio (cf. God&Gun: apuntes de polemología, Austral, 2010). Kelly ignora, en cualquier caso, la complejidad del marco normativo que delimita el acontecimiento bélico tanto en su desencadenamiento como en su desarrollo y su finalización.

Este artículo ha sido publicado también en Rebelión: http://rebelion.org/noticia.php?id=149481

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