La culpa no la tiene el pescado

Estos días, a raíz de la polémica twittera entre un señor de identidad (hasta hace poco) desconocida y Tania Sánchez. Ella había hecho al parecer un comentario acerca de la nacionalización argentina de YPF (asunto que parece arrastrar bastante más polémica de la que debería, porque ni la nacionalización es para tanto ni Repsol lo estaba haciendo tan bien -y lo dice alguien que no debería ser sospechoso de partidismos radicales-), al cual respondieron no sólo otros políticos de otros partidos sino también un desconocido con muy malos modales y una agresividad que parece propia de matones fascistas y no de ciudadanos civilizados.

Más interesante es, sin embargo, la recuperación del hecho en el propio pleno de la Asamblea de Madrid por el diputado del PP Percival Manglano. Ha sido una curiosa forma de reencontrarle, convertido en figura pública de la que de repente se habla, después de cinco años en los que casi había llegado a olvidarme de él y de los avatares de nuestro encuentro. No tendría sentido relatar estos acontecimientos de no ser porque él mismo ha salido a la palestra, así que ahora aprovecho para hacer de abuelo batallitas.

Corría el año 2006, y yo era un imberbe (quién lo diría) de 16 años y pelo largo que resultaba felizmente seleccionado para hacer de conejo de indias en la primera expedición Madrid Rumbo al Sur. Se trata de un experimento curioso (a lo Ruta Quetzal) que le sirve a la Comunidad de Madrid para promocionar entre sus jóvenes la actividad de cooperación al desarrollo a la que contribuye la CAM. Es curioso porque, aunque pareciera que se trata de un mecanismo de adoctrinamiento neoliberal, mi experiencia personal (y a través de las ediciones posteriores) es que en realidad la expedición se convierte en una experiencia vital determinante para reforzar en los expedicionarios su visión crítica del funcionamiento económico de nuestras sociedades y la certeza de que el subdesarrollo es resultado de un problema estructural de reparto de la riqueza que hace posible el expolio constante del Sur por el Norte. Altamente recomendable, por tanto, y además toda una experiencia aventurera que difícilmente se podría vivir de otra forma (pasar dos semanas viviendo en el desierto es algo que sólo se puede hacer en esas circunstancias u otras muy parecidas). También sirvió para alimentar las corruptelas peperas madrileñas à la Gürtel, pero eso es otra historia.

Pero volvamos al bueno de Percival. Acabábamos de conocer los resultados del proceso de selección y los afortunados nos encontramos en la sede de la ONG Entreculturas para realizar un cursillo de formación de tres días. El primer día, durante la mañana, hicimos una dinámica grupal de producción de cubos de papel; la idea era mostrarnos cómo funciona la producción y distribución de riqueza a nivel global, así que se distribuia irregularmente el papel (materias primas), las tijeras y el lápiz (maquinaria), la regla (conocimientos científicos) y el número de trabajadores. Algunos teníamos mucho papel, pocos lápices, una tijera y ninguna regla; éramos los países subdesarrollados. Otros tenían varias tijeras, lápices y reglas, menos papel, y menos trabajadores; eran los países desarrollados. Y luego había un par de grupos intermedios. La cooperante que coordinaba la dinámica, de repente se llevaba a uno de nuestros miembros del grupo (era un emigrante), y algún tiempo después nos devolvía una remesa; también intercambiábamos cantidades gigantescas de papel por una regla y sin embargo nos daban un lápiz con el que podíamos hacer cuadrados precarios (era el expolio neocolonial). El origen de la dinámica era ver quién era capaz de producir más cubos de papel, y evidentemente los desarrollados ganaron por goleada. Una forma interesante de mostrar los problemas estructurales globales del desarrollo económico.

Pues después de esa dinámica, se presentó ante nosotros el Consejero de Cooperación, Percival Manglano. Y el hombre pretendió vendernos, después de tan ilustrativa experiencia, que el pobre lo es porque quiere, porque no se esfuerza, porque sus gobernantes son corruptos o, simplemente, porque es tonto. Y claro, cuando llegó el turno de las “preguntas” lo que tuvo fue una horda de jovencitos muy locuaces dispuestos a decirle que aquello era pura tontuna racionalmente insostenible. Y, puede que sea la impresión de uno, que participó en ese debate, pero me da la impresión de que el pobre Percival sudó sangre. Y de hecho salió por patas, protegido por los organizadores de la expedición, sin responder a nuestros argumentos; debimos asustarle…

Pero Percival no quiso desperdiciar la ocasión de vivir la experiencia de pasar un mes recorriendo Marruecos, Sahara, Mauritania y Senegal. El no dormir más de cuatro horas al día, el no tener agua, el no tener comida… Y el tipo, hay que reconocerlo, aguantó como un machote mientras que otros, menos recios (tal vez el no tener un norme artúrico jugara en su contra), disfrutaban de comodidades reservadas para ellos y con las que nosotros soñamos durante semanas (lo que más eché de menos: una almohada y un retrete -perdón por lo escatológico-).

Y, en las horas muertas (o no tanto) de interminables caminatas que nos destrozaron los pies y forjaron nuestro carácter bajo las arengas de ex-legionarios (y había varios en el grupo), Percival fue un buen liberal y estuvo abierto al debate con todos nosotros. En una ocasión, creo que en el paso fronterizo entre Sahara y Mauritania (un camino estrecho y largo que a ambos lados tiene kilómetros y kilómetros de desierto minado), Percival y yo pudimos hablar de tú a tú. Como mucho dos o tres personas más estarían escuchando.

Hablamos de muchas cosas (y no coincidimos en nada, evidentemente), pero no olvidaré el momento en el que volvimos sobre el tema del subdesarrollo como producto estructural del capitalismo global. Yo había visto, con el efecto demoledor que ese documental produce siempre, La pesadilla de Darwin. El documental, aunque es tramposo en el montaje, viene a mostrar cómo existe un negocio de tráfico de armas con países del Tercer Mundo que hace más rentable el flete de aviones para transportar productos alimenticios (pescado, en el caso de Tanzania) desde estos países a Europa; en vez de hacer el viaje de ida de vacío, llevas armas y consigues que otro te pague el porte.

El documental se llama así porque el pescado que importamos de Tanzania es la perca del Nilo, una especie que no es autóctona del lago Victoria y que ha terminado con la fauna local. La producción de pescado procesado es la clave de la economía local; los pescadores y los operarios de la fábrica ganan una miseria, el pescado procesado se manda congelado a Europa y los locales, que no tienen otra cosa que llevarse a la boca porque el pescado producido se consume aquí, tienen que recuperar los desperdicios de la fábrica y prepararlos de alguna manera para hacerlos comestibles (si es que puede ser comestible una raspa de pescado). Todo esto no es, por supuesto, producto de una cierta forma de montar la película, sino un retrato crudo de la miseria de una población que no se aprovecha de lo que produce. En fin, es un documental sin duda recomendable, pero después de verlo no es fácil mantener la calma y ser pacífico.

Mi diálogo con Percival fue, más o menos, el siguiente:

-Es que el desarrollo empresarial…

-Percival, ¿Has visto La pesadilla de Darwin?…

-Sí.

-… La historia esta del tráfico de armas y el comercio de productos agrícolas en el Tercer Mundo…

-Hombre, la culpa de todo no puede tenerla el pescado.

El diálogo se explica por sí mismo, y teniendo constancia de él no extrañará al lector que no me sorprenda lo más mínimo que Percival se preste a hacer de un comentario de Twitter un asunto que ha de ser discutido en la Asamblea de Madrid. Tampoco me sorprende que Percival sea seguidor en Twitter de un matón fascista. Pero no es que Percival Manglano sea mala persona; la culpa es del pescado.

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