Cuenca y sus prolegómenos

Aprovechando este puente tan oportuno que ha venido de la mano del Día del Padre, decidimos hacer una pequeña salida turística a Cuenca. Dice mi hermano, que está estudiando estas cosas, que lo que hicimos no fue turismo porque, al parecer, turista es sólo el que pernocta al menos una noche en el lugar que visita, de manera que nosotros, que fuimos por la mañana temprano (el bus salió a las 8) y llegamos a casa a eso de las 22:30, no seríamos turistas sino algo distinto… Tampoco seríamos turistas, sin embargo, si dijéramos, con Schopenhauer, que éstos “escriben su nombre en los lugares turísticos que visitan, como una manera de reaccionar y dejar su impronta en el sitio, dado que éste no dejó ninguna en ellos” (El arte de insultar, Alianza, Madrid, 2005, p. 155). No acostumbramos en nuestros viajes (y este no fue una excepción) a grabar en la piedra “Miguel was here”, así que, mientras no haya una definición aceptable de turista, digamos que fuimos simplemente visitantes ociosos.

Pero, como decía, la visita a Cuenca tuvo un importante prolegómeno, que, a pesar de no estar para nada relacionado con la visita per se, sí explica por qué al final del día estábamos tan terriblemente cansados y por qué tuvimos que hacer nuestro recorrido con un buen chute de café. Y es que el viernes por la noche fuimos a La Latina (¿La Biblio se llamaba el sitio?) a ver una charla del amigo y maestro Carlos Castillo sobre malestar psíquico y crisis económica y, después, a reencontrarme (en el mismo sitio y gracias a un increíble 2 en 1) con Claudio H., a quien ya había conocido (en la relación público-artista) hace algunos años en un mágico lugar de Tetuán (el barrio de Madrid), la Nave-Taller, que hace ya mucho que ha dejado de ofrecer las veladas mágicas de música y buena compañía con las que nos deleitaron durante un tiempo. En fin, todo esto para explicar que, cometiendo una terrible imprudencia, llegué a casa pasada la media noche aun sabiendo que al día siguiente era una necesidad imperiosa levantarse en torno a las seis y media para llegar a tiempo a la estación de autobuses.

Pero centrémonos ya en Cuenca. Llegando a la ciudad, y teniendo en cuenta que estábamos muertecitos de hambre porque, entre unas cosas y otras, no comíamos desde las cuatro del día anterior, lo primero fue desayunar. Un baretillo conquense nos vino de maravilla y tomamos un buen almuerzo con café y bocadillo; las maneras manchegas no se hicieron esperar: el bocadillo era media barra, uno de lomo y otro de tortilla francesa (pedida así) con una loncha de jamón por cuenta de la casa “para acompañar y que sepa mejor”; el café en vaso largo, y el mío, que era con leche, llevaba hasta su capita de crema arriba. Total: 10 lereles. No estaba tirado de precio, pero encontrar lo mismo en Madrid y en una zona equivalente es una proeza.

Después “escalada” (sin mapa ni buenas indicaciones, así que un poco desorientada) desde la zona baja de la ciudad hacia el casco antiguo. Y qué preciosidad; uno está callejeando, perdido en medio de un parque y unos edificios de viviendas que se cierran como un semicírculo sin ofrecer salida visible y, de repente, en cuanto uno consigue pasar al otro lado, se topa con una monumental construcción ocre, una ciudad medieval que sale de la roca (como las esculturas de Miguel Ángel) en vez de erguirse sobre ella. Por un puente escalonado cruzamos el Huécar (río con pequeño caudal aunque con corriente y, como pudimos comprobar al volver hacia la estación de autobuses por la tarde, con pececillos y todo) y subimos, de nuevo algo desorientados pero disfrutando con la belleza del casco antiguo, hasta la plaza de la catedral. El paseo sería aún más agradable si las principales calles estuvieran cortadas al tráfico, pero en fin, los conquenses tienen derecho a vivir en su ciudad y eso también hay que entenderlo…

Resumiendo un poco, e incluso poniéndome esquemático, enumero los lugares que visitamos y los describo brevemente.

La catedral. Bellísima. Tal vez excesiva, en la medida en que recoge estilos arquitectónicos y artísticos de todo tipo debido al prolongadísimo periódo de construcción. Sobre todo es muy interesante la arquitectura misma, mientras que la imaginería (exceptuando las “joyas” románicas) es un poco menos espectacular. Hay que pagar entrada, pero se agradece que la audioguía esté incluida en el precio. Ésta tampoco es perfecta, y deja sin explicar ciertos elementos bien curiosos de algunas capillas, como por ejemplo una de ellas, que tenía unas pilastras de aire neoclásico pero con el curioso elemento añadido de que a ambas les salían, a media altura, unos brazos que se cruzaban sobre el fuste, y que los capiteles no estaban adornados con motivos geométricos o vegetales sino con tres idénticas caras masculinas y barbadas. Dentro de esa capilla, además, había una escultura en madera que mostraba a un sacerdote católico aplastando bajo sus pies a lo que parecía ser una mujer, con el torso desnudo y una larga teta colgando, llevando en el brazo lo que podian ser textos luteranos… He encontrado una foto (de la escultura) en Google, así que la comparto.

Las casas colgadas. No colgantes, por favor, y lo de casas me parece exagerado porque, hasta donde vimos, sólo hay una casa colgada en sentido estricto, y es la que alberga el Museo de Arte Abstracto, que merece la pena visitar, por cierto, ya que su colección no es mala y además acoge en la actualidad una exposición temporal sobre el origen del fotomontaje.

La Iglesia de San Pedro. Una iglesia interesante, de planta hexagonal, y que ha experimentado sucesivas renovaciones. Es chiquitita pero bella y, pagando el euro obligatorio de la entrada, te dan una guía detallada y es posible subir a la torre. Es recomendable, si se va a hacer esto último, tener en cuenta: que la escalera es de caracol, estrecha, larga y metálica (cosa que avisa la guía), que las campanas suenan varias veces al día y no es aconsejable estar en el campanario cuando eso ocurra (cosa que avisa un discreto cartel situado en la pared junto al primer escalón), que el espacio que hay en el campanario es mínimo y difícilmente permite a más de seis personas estar arriba al mismo tiempo (no está avisado en ningún sitio), y que al estar en el campanario uno se encuentra rodeado y muy cerca no sólo de las campanas sino también de distintos cacharros (transformadores, poleas, baterías…) que funcionan con altas tensiones y que se recomienda no tocar (con un modesto cartel en el campanario), no vaya a ser que uno reciba una descarga…

El barrio de San Miguel. Muy cerca de la Catedral, es un pequeño barrio que baja en pequeñas terrazas comunicadas por escaleras hacia la rivera del Júcar. Es accesible únicamente a través de tres pequeños pasadizos que comunican con la plaza de la catedral, y puede ser un sitio entrañable para descansar un rato disfrutando de la vista.

El barrio del Castillo. Menos bonito que el barrio de San Miguel, tal vez por ser más medieval y haber pasado por menos períodos de renovación durante el Renacimiento y después, tiene su muralla, sus casitas bajas, su suelo empedrado, y es punto de partida y de destino de varias rutas para senderistas, que nosotros no hicimos. Comparativamente con la zona de la Catedral, sin embargo, los precios de los restaurantes y los bares son algo más bajos, de manera que si 20 euros por un menú te parece abusivo, puedes subir hacia la zona del Castillo y encontrar un menú por entre 12 y 15. De camino al castillo se encuentra también un pequeño restaurante, cuyo nombre no soy capaz de recordar (pero sí sé que esta en la paralela a la calle donde se encuentra la Posada de San José), que es el que nosotros escogimos para comer; su menú degustación de 14’50€ (incluyendo pan, vino y postre) no está nada mal, y de hecho puede ser hasta ligeramente excesivo en cantidad. Ahora bien: se trata de comida manchega cárnica y grasa, no apta para todos los estómagos.

El paseo de vuelta hacia la estación nos sirvió para pasear por otras zonas del casco antiguo, que francamente merece la pena recorrer porque está lleno de rincones mágicos. Ahora bien, por estar construido sobre una colina, y por su trazado laberíntico, conviene no tentar la suerte de callejear sin rumbo fijo si no tiene uno piernas de ciclista o, en su defecto, suficiente fuerza de voluntad como para subir y bajar constantemente cuestas casi verticales.

Comparto, como siempre, unas fotos (tomadas por Émilie) con vosotros aquí.

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