Fin de la edición en papel de Público: ¿De verdad es para tanto?

Desde que el diario español Público anunció, hace ahora varias semanas la apertura de un concurso público de acreedores, reconociendo con ello encontrarse en una situación económica precaria, se han sucedido las manifestaciones públicas de apoyo que, por desgracia, no han bastado para sacar a flote el periódico y han terminado por hacerlo inviable… en su edición en papel. Se trata sin duda de un duro golpe a este medio de comunicación, un golpe que, además, tendrá probablemente ciertas consecuencias económicas en la medida en que la decisión haga innecesario el trabajo de quienes se encargaban de labores de maquetación, edición, imprenta, distribución, etc. Y la evidente consecuencia ha sido una vez más la manifestación de apoyo y las expresiones públicas de tristeza o decepción.
Y, a pesar de todo, no podemos evitar pensar que quizás, sólo quizás, estemos exagerando un poco.

Puede que estemos exagerando, para empezar, el papel de este periódico que, sí, ha supuesto desde el principio una apuesta transgresora (en la defensa de la cultura libre, en la cesión de espacio y voz a columnistas y autores de opinión que hasta ahora no se expresaban con comodidad en medios masivos, en el tratamiento de la información nacional y -en ocasiones- de la internacional…), pero que en cualquier caso no deja de ser un medio de comunicación de masas convencional que no se diferencia, en sus aspectos puramente estructurales, de otros medios como El País o El Mundo salvo, tal vez, por su alcance o su tamaño, en suma, por su capacidad de influencia, por su poder.
En este sentido, Público ha sido también un órgano que ha contribuido a la formación de la opinión pública (aunque haya ayudado, es cierto, a escorarla a la izquierda), y ha recurrido, como toda la prensa escrita de este país, a las noticias de agencia, reproduciendo en esa medida el discurso informativo dominante, y haciéndolo de forma radicalmente efectiva puesto que, si un periódico transgresor, legitimado como fuente de información para los lectores de izquierdas, repite lo mismo que otros medios, se refuerza la apariencia de verdad del mensaje.
De todas formas, la insostenibilidad económica de Público (en su edición impresa), aun siendo un medio bastante más convencional de lo que sus particularidades nos hacen creer, demuestra que en el juego de los grandes medios la transgresión puede pagarse caro (o, en este caso, no recibir lo suficiente, puesto que parece que el origen de la crisis ha sido en parte la falta de anunciantes), pero tal vez no todo sea negativo dentro de este proceso.

Y por eso tenemos una segunda objeción a esas manifestaciones públicas de duelo. Si Público ha caído, ha sido también porque los lectores lo hemos permitido, e, incluso, desde una lógica puramente económica (que es la que rige el funcionamiento del periódico), el fin de la edición en papel de Público es en cierto modo una consecuencia de la demanda de sus lectores, y no tiene por tanto ningún sentido que el lector mismo se lamente de lo que ha reclamado.
Todo esto sería distinto si Público no se sostuviera de ninguna de las maneras, pero, como apunta el propio periódico, su edición digital va a seguir funcionando, ya que cuenta con cinco millones y medio de usuarios y es “la cuarta web de información general en España”. Es decir, que de los lectores de Público, probablemente la inmensa mayoría lo leen en línea y, por tanto, no necesitan recurrir a la edición en papel salvo si, como un servidor, se vende junto con el periódico algún coleccionable (libro, disco o película) que valga la pena adquirir.
Pero lo cierto es que esto se veía venir. El lector específico que Público ha ido cultivando durante estos años es un lector relativamente joven, con un nivel cultural medio-alto y que tiene una sensibilidad política de izquierdas marcada por el ecologismo, el pacifismo y, especialmente significativo para el posicionamiento del periódico, la defensa de la cultura libre. Si el diario consigue ser leido por legiones de internautas que defienden y practican la libre copia de archivos susceptibles de ser coleccionados (como películas, discos o libros), ¿de verdad alguien puede esperar que éstos compren cada día un periódico cuyo destino es, tras la lectura, un contenedor de reciclaje?

Público ha sido en último término víctima de lo que le hacía diferente y atractivo para sus lectores, de manera que lo que ha sucedido no debería ser una fuente de lamentaciones sino una llamada de atención de cara al futuro.
En las circunstancias actuales, y teniendo en cuenta que por el momento Público sigue siendo una empresa y sigue funcionando, por tanto, según una lógica de beneficios, son posibles dos escenarios: o bien el periódico consigue mantenerse a través de la financiación que le proporciona la cesión de espacios publicitarios en la web (incrementando la cantidad de anuncios si lo considera necesario), o bien eso no será suficiente y tendrá que restringir el acceso a determinados contenidos estableciendo un sistema parcial de pago (lo cual significaría probablemente la muerte del periódico).
Pero cabe una tercera opción, que comparto aquí por si alguien quiere recoger el guante. Es posible que Público haya conseguido difundir más que ningún otro medio crítico la experiencia de la contrainformación, y eso es así incluso aunque los componentes contrainformativos de Público hayan sido mínimos. En la medida en que esto sea cierto, y nuestra impresión es que no vamos muy desencaminados, Público tiene la capacidad potencial de convertirse en un riquísimo proyecto contrainformativo si consigue desprenderse de la lógica mercantil a la que sigue atado y que es, en último término, lo que determina lo que el periódico puede publicar y lo que no.
Que un deseo así pueda realizarse en la práctica dependerá de cuántos sean y qué funciones desempeñen quienes tienen un compromiso político-ideológico, y no sólo profesional, con su periódico, y de si todos ellos están dispuestos y tienen la capacidad para hacerlo funcionar bajo otra lógica, que difícilmente les dará para vivir y mucho menos para enriquecerse. Pero, si así fuera, un cambio como el que describimos sería una victoria fundamental para el movimiento contrainformativo en España y, por extensión, en lengua castellana.

Creemos, por tanto, que el fin de la edición en papel de Público no es una desgracia, sino una manifestación del poder que tienen los lectores del diario sobre el destino de éste. Esa influencia no es sólo fruto de su condición de clientes, sino también del compromiso político que una parte importante de los trabajadores de Público tiene con sus lectores. No tiene sentido, por tanto, lamentar que Público no va a ser lo que era, lo que tiene sentido es intentar, a partir de ahora, que Público se convierta en lo que debería ser: un gran medio de contrainformación.
Si esa transformación es imposible, y puede que lo sea, entonces quizás no tenga sentido compadecerse de quienes pierden la partida sin intentar cambiar las reglas del juego.

Este artículo también ha sido publicado en Rebelión: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=145345

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