El teatro-guerrilla surge en Madrid: “Maquis” de Rubén Buren

A veces se da la curiosa alineación de planetas, de circunstancias sociales, que hacen posible la emergencia de la expresión artística como auténtica forma de acción política. Es ello tal vez consecuencia de la emergencia de las masas como actor político fundamental, hito del cual depende también, con la emergencia del problema de la legitimidad, el surgimiento de la paradójica figura del guerrillero. Éste, yendo a la contra del funcionamiento tradicional de la guerra como última expresión del enfrentamiento político, no persigue, al igual que el soldado convencional, distinguirse del civil y apartarlo del conflicto, sino que su táctica es exactamente la opuesta: explotar el camuflaje que proporciona la ruptura de la frágil distinción entre el soldado y el civil para hacer que la acción de resistencia, masiva y homogénea, sea indomeñable. El “civil”, que hasta entonces se había visto apartado de “lo político”, de repente se ve obligado a tomar una doble decisión de compromiso: ayudar o no al guerrillero, unirse o no a la lucha armada.
Pero no nos engañemos. Como diría burlonamente Julien Freund, uno no tiene la libertad de elegir o no un enemigo político y a cuál. Es el enemigo el que de hecho “elige” por nosotros. Así, los gobiernos ilegítimos “eligen” emplear al ejército y a los cuerpos policiales para reprimir las movilizaciones sociales de las masas que discuten la legitimidad de las decisiones políticas tomadas. De la misma forma, los ejércitos ocupantes o sublevados pretenden dominar por la fuerza la voluntad de pueblos que se saben libres, haciendo que pensar si “echarse al monte” no sea una elección sino un deber.
Esa difusión de la frontera entre lo civil y lo militar implica también necesariamente la imbricación de lo cultural y lo político. El civil que toma conciencia del combate en que está inmerso no puede sino reaccionar y tomar partido, combatiendo en el ámbito donde tiene la capacidad o la posibilidad de hacerlo.

La obra Maquis, escrita por Rubén Buren y puesta en escena por Paloma Pérez Montoro y el grupo Serendipia Teatro, se torna en ejemplo paradigmático de los efectos que esa toma de conciencia produce en el ámbito de lo cultural y estético, siendo en cierto modo heredera, en otras circunstancias y con otros medios, de la mejor tradición del teatro militante que acuñara el genial Bertolt Brecht.
La obra supone un paso más en la lucha por recuperar la conciencia de todo lo robado, fusil en mano y con ayuda del fascismo, por quienes se sublevaron contra el legítimo orden republicano e instauraron un régimen sórdido de terror, represión y mentiras que duró 40 años y que desembocó en esta otra farsa, que llevamos a cuestas desde hace más de treinta años, construída a partir de la amenaza, el chantaje y el silenciamiento que ocultan el fuego y la sangre que fueron necesarios para construir este falso consenso. Y ese esfuerzo militante sale ya a relucir en su propia publicación, llevada a cabo por la pequeña editorial Tiempo de Cerezas, que se mantiene gracias al trabajo constante y al convencimiento político radical de sus dueños. La escritura y publicación de la obra es ya, en sí misma, una acción política.

Pero también lo es la puesta en escena, que emerge de la iniciativa de Paloma Pérez Montoro, una incondicional amante y buena conocedora del teatro, y del grupo de actores al que consigue convocar con una idea bien precisa:
Hacer compatible el compromiso político de todos con su mayor talento. Poner al servicio del objetivo político principal de la sociedad española de hoy, que es denunciar el agotamiento de un sistema político, social y económico que fue construido sobre el miedo y a espaldas de quienes lo dotan de legitimidad, sus más preciados conocimientos y habilidades. Hacer, en suma y como diría Nietzsche, del arte dramático no una profesión sino un estado.
La obra, estrenada el pasado día 15 en la Sala Mirador, gira en torno a la inevitable tragedia en que quedan envueltos diferentes personajes que retratan, como si de los tipos de la commedia dell’arte se tratara, la complejidad político-social de la descompuesta España de la posguerra. La perseverancia de quienes, integrando la guerrilla o apoyándola desde el llano, intentaban hacer visible para los vencidos un destello de esperanza cada vez menos creíble. El hastío de quienes sintieron perder en la guerra más de lo que valían sus convicciones o las de aquellos que murieron por éstas. La irresistible fuerza con la que, quienes no vivimos directamente el conflicto, quedamos sin embargo envueltos en sus consecuencias porque la Guerra Civil define, de una forma o de otra, pero siempre como punto de referencia, quiénes somos.
Los actores hacen un gran trabajo de construcción de los personajes, que resultan siempre creíbles a pesar de la brutalidad de los eventos que aparecen reflejados en la obra y que podrían llevar, a los no experimentados, a caer en un cierto histrionismo dramático. Se huye también de los retratos simples y maniqueos, sin debilitar con ello la evidente toma de partido que es necesaria para huír de los tópicos manidos que marcan la interminable lista de obras (películas y novelas fundamentalmente) sobre la Guerra Civil, esas que despolitizan, ignoran, no cuestionan y, en último término, se convierten en ñoños alegatos moralistas.
La puesta en escena recuerda, en sus medios técnicos, al fascinante éxito que tienen los movimientos guerrilleros allí donde consiguen tener fuerza. Si éstos ganan batallas frente a los ejércitos mejor preparados del mundo valiéndose de armas que quedaron anticuadas hace un siglo, de la cooperación de sus compatriotas y de su conocimiento del terreno (el “carácter telúrico” del partisano, que diría Carl Schmitt), lo mismo se puede decir de la obra de teatro que nos ocupa.
El carácter “telúrico”, es decir, el conocimiento preciso, profundo y admirable del terreno dramático, que ha hecho posible esta pieza de teatro-guerrilla es también, no sólo una evidencia, sino la clave de su éxito. En una sala relativamente pequeña y con unos recursos económicos de partida terriblemente escasos, la obra se construye con un atrezzo minimalista (tocones de bosque, sillas, un par de fusiles de anticuario…), un vestuario que aún no se acostumbra a haber perdido el polvo de baúles, cajas y armarios empotrados, y, sobre todo, gracias a la capacidad de creación de ambientes que tiene, como únicas herramientas, los focos, el sonido y la música.
La experiencia catártica es de una profundidad abrumadora. La guerrilla de actores y la guerrilla antifranquista se fusionan en una simbiosis estética dentro de la cual uno no puede saber muy bien quién representa a quién. ¿Son los actores quienes representan la función política de los guerrilleros o, por el contrario, es la figura del guerrillero antifranquista la que les sirve para representar su propia voluntad de acción política? El espectador participa del mismo juego. ¿Es la obra una invitación a ponerse en la piel de quienes vivieron la posguerra o, por el contrario, una pregunta incómoda que nos está obligando a tomar partido en los conflictos del presente?
Vean la obra y descubran por ustedes mismos en qué consiste la inquietante experiencia de este teatro guerrillero.

Detalles:
Del 15 del Septiembre al 9 de Octubre.
Sala Mirador, C/ Doctor Fourquet 31, Madrid.
Jueves, Viernes y Sábados a las 20:00. Domingos a las 19:00.

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5 respuestas a El teatro-guerrilla surge en Madrid: “Maquis” de Rubén Buren

  1. Irene dijo:

    Ni el activismo politico, ni la memoria historica deberian servir como trinchera para ocultar la realidad. La funcion primordial del teatro es entretener, y Maquis no lo consigue. El texto de Ruben Buren es manifiestamente maniqueo, lleno de topicos, tanto en la definicion de personajes, como en los dialogos. Algunas escenas son totalmente prescindibles.

  2. Miguel dijo:

    Permítame, Irene, que conteste brevemente a sus observaciones.
    En primer lugar, está claro que puede usted decir [1] que la función primordial del teatro es entretener, y [2] que Maquis no cumple esa función. Le diría que el teatro no sólo entretiene, que el teatro también representa, muestra, denuncia… hay obras, de valor literario consagrado y sin duda superiores a Maquis, que pueden resultar profundamente aburridas por momentos debido a su densidad. Si de lo que se trata es de entretener, Maquis, con su estructura narrativa relativamente simple y desde luego clara, sus personajes bien ubicados, su texto claro y adecuado a la época y el entorno (cosa importante en el caso de una obra con contenido histórico), entretiene tal vez mejor que alguna pieza de oscuro teatro contemporáneo y vanguardista con gente en pelotas gritando palabras en noruego y dando saltitos entre láminas de plastico y pegatinas con la cara de Vicente del Bosque.
    En cualquier caso, la posibilidad de construir un juicio del gusto universal depende no sólo de que cada uno dé su opinión, sino sobre todo de que esa opinión sea razonada. Le invito a que vuelva y razone su impresión de que Maquis no entretiene.

    Por otra parte, en cuanto al maniqueísmo y los tópicos, creo que hace falta explicar un poco mejor las cosas…
    El enfrentamiento político es un conflicto entre amigos y enemigos, y eso no hay quien lo arregle y no es maniqueísmo, puesto que, aunque haya amigos y enemigos, no todos los enemigos son igual de enemigos y no todos los amigos son igual de amigos. Existe una gradación que es precisamente la que el maniqueísmo elimina: los amigos son todos la hostia y los enemigos son todos encarnaciones del diablo. Si estamos de acuerdo en esto, entonces no puede decir en serio que la obra es maniquea: ¿a qué “bando” diría usted que pertenece Pilar?, ¿es acaso, por su conservadurismo, franquista?, ¿es, por sus lazos familiares y su posición social, republicana?, ¿es, dada esa confusión, neutral? Y, piense en otra cosa, ¿hay un sólo guerrillero que responda sin duda a la imagen del guerrillero perfecto ideal, cuando el que no es un indisciplinado es un sumiso lidercillo de partido o prácticamente un psicópata?
    Por otra parte, lo de los tópicos es hasta cierto punto verdad. Pero eso ya lo he dicho yo: los personajes y las situaciones representan elementos “típicos” de la posguerra. Pero eso no es necesariamente falso ni malo. Y me apuesto un brazo a que si busca en la historia familiar encontrará a individuos concretos que responden a cada uno de los “tipos” representados en la obra.

    En fin, que me parece a mí que, con tan pocos argumentos, su opinión no se sostiene.

  3. Pero no nos engañemos. Como diría burlonamente Julien Freund, uno no tiene la libertad de elegir o no un enemigo político y a cuál. Es el enemigo el que de hecho “elige” por nosotros. Así, los gobiernos ilegítimos “eligen” emplear al ejército y a los cuerpos policiales para reprimir las movilizaciones sociales de las masas que discuten la legitimidad de las decisiones políticas tomadas. De la misma forma, los ejércitos ocupantes o sublevados pretenden dominar por la fuerza la voluntad de pueblos que se saben libres, haciendo que pensar si “echarse al monte” no sea una elección sino un deber.
    Esa difusión de la frontera entre lo civil y lo militar implica también necesariamente la imbricación de lo cultural y lo político. El civil que toma conciencia del combate en que está inmerso no puede sino reaccionar y tomar partido, combatiendo en el ámbito donde tiene la capacidad o la posibilidad de hacerlo
    .” Esta profunda reflexion sintetiza nuestra tragedia pero tambien rs la formula de las victorias por venir”

  4. Irene dijo:

    Hay cosas en la vida que no requieren de un razonamiento. Los sentimientos, por ejemplo. Mi opinion de que Maquis no entretiene es por supuesto personal, y no necesariamente transferible. Y se basa en el simple e irrefutable hecho personal de que me aburri soberanamente durante la funcion. Y que haya tostones aun mayores, que por desgracia los hay, no debe suponer una excusa para perdonar dicho pecado. De otro modo estariamos aceptando el tipico argumento de “y tu mas”, tan del agrado de los actuales politicos.
    En cuanto al personaje de Pilar, opino totalmente lo contrario. Es totalmente maniqueo. En ningun momento muestra dudas sobre su posicion politica, o el conflicto interior entre su cabeza y su corazon. no he leido el texto original, por lo que no estoy en disposicion de decir si es un fallo de la obra, o del montaje

    • Paloma dijo:

      Estimada Irene, le contesta Pilar, o mejor dicho, la actriz que hace de Pilar, y no puedo no estar de acuerdo con usted de que en esa función efectivamente la Pilar que presenté era maniquea,Nunca la primera función suele ser buena y ésta tampoco lo fué. A partir de ese día, digo, Pilar expresa sus dudas y su profundo dolor. El texto es el que es, con sus defectos y sus virtudes, pero en las funciones siguientes está en todos los personajes, la complejidad de lo humano en ese contexto histórico tan terrible. Tanto es así que le puedo asegurar, humildemente, que si viniese ahora a ver la obra, su opinión sería diferente. Si ama el teatro, para mí sería un placer dejarle una invitación a su nombre el día que pueda, y un privilegio intercambiar impresiones con usted. Un cordial saludo.

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