¡¡Gatiiiiiiiito!!

Estambul, ya se sabe de sobra, es “La Ciudad de los Gatos”; ni perros ni palomas ni gaviotas ni peces son tratados con tanto cuidado. Ahora bien, hay mejores sitios y peores para un gato. El campus de mi Universidad, por ejemplo, con su bosquecillo, sus estudiantes gatoadictos, sus tres cafeterías por kilómetro cuadrado, su presupuesto oficial para compra de pienso… es un sitio ideal: los bichos viven en plena naturaleza y, si quieren (y si no están demasiado llenos de mierda), siempre pueden dejarse caer en el regazo de algún estudiante desprevenido (y/o robarle la comida). Mi calle, por el contrario, con su acera estrecha y accidentada y el tránsito continuo de coches y camiones es un poco menos favorable; gatos, haberlos haylos, como las meigas, pero la mayoría ya grandotes, peleones, y acostumbrados a dormir en prácticamente cualquier sitio (entiéndase por sitio “montón de basura”).

Ayer volvía de clase (mi última clase, por fin) y un nuevo vecino esperaba en la escalera del edificio de al lado. Es pequeño (MUY pequeño, podría dormir en mi mano), gris atigrado, de enormes ojos verdes y hociquillo fino. No me dio tiempo a decir “¡ais qué mono!” y ya se había metido bajo el escalón, en una madriguera en la que, al parecer, vive él solo. “¡Miau!”, dice (interpretación: “déjame tranquilo/dame comida que soy chiquitín”). Acababa de comprar el pan, así que le dejo un cachito; demasiado lejos de él y cerca de mí, pero su madriguera es un sitio complicado para dejar comida porque tiene un gran foso de protección. “¡Miau!”, repite, con su voz aguda de felino chiquitín (interpretación: “dame algo un poco más sustancial, imbécil”).

Total, que voy a casa y le bajo, en un envoltorio del queso que acababa de gastar, miga de pan mojada con agua y un albaricoque cortado en trocitos (es lo que tiene la vegetarianización de la nevera, que cuando uno ve a un gatito no puede darle carne). El pan lo come (no entero), pero al albaricoque no le hace ni caso (y lo entiendo, es evidente que un gato no come esas cosas). Hacemos “consejo familiar”: ¿qué hacer con el minino? No hay mamá ni hermanitos a la vista, y esta calle es un peligro para un gato así de pequeño porque los gatos que hay son todos grandes y especialmente macarras. Para poder hacer algo con el gato, además, lo primero que hace falta es cogerlo, pero no es fácil porque nos tiene miedo y, dentro del escalón, es inalcanzable. ¿Y luego qué? Subirlo al piso no es una solución per se; cuanto más tiempo pase con nosotros menos preparado estará para la vida callejera, de manera que tenerlo en casa dos semanas sólo es sensato si el minino luego vuela a Madrid (lo cual requeriría además hacer excursiones al veterinario para vacunarlo y estas cosas, porque los criterios de viaje con animales en la UE son un infierno), y eso, en sí mismo, no es sensato para nada. Otra opción, más sensata, es llevarlo al campus; allí estaría en un ambiente mucho más favorable para su supervivencia: más espacio sin coches, más crías, más fuentes de comida, espacios de refugio menos decadentes… Ahora bien, para eso hay que atraparlo.

Esta mañana a las 9 he salido de casa con Émilie para ir al supermercado al mismo tiempo que ella se marchaba al trabajo. El gatito dormía hecho una rosca en su agujero del escalón. Con nuestro ruido se despierta; no maúlla. En el supermercado compro medio litro de leche y carne picada. A la vuelta, me asomo al escalón: el gato se ha ido; “buena señal”, pienso, “porque eso significa que se atreve a salir”. Cuando me doy por vencido y decido subir a casa y olvidarme del minino, lo veo pasar a toda velocidad cruzando la calle; “esta es la mía”, me digo, “ahora puedo cogerlo”. Ni de coña. Es demasiado rápido. Se escabulle y vuelve a su madriguera, donde, de nuevo, dice “¡Miau!” (interpretación: “déjame en paz que soy pequeño”).

Subo a casa, preparo la leche (rebjada con agua) y la bajo (en un culo de botella de pástico). No le interesa. Vuelvo a subir con el envoltorio de plástico del queso, quito el albaricoque y el pan, y pongo un poquito de carne picada. Cuando vuelvo al escalón, una niña abre la puerta: “¿Hay un gato?”, dice. “Sí, uno pequeño”. “____ hay gatos ___”, el tono de la niña tiene algo de estoico (debe hablarme a mí -evidente extranjero, lo cual la coloca en una posición de superioridad- de los gatos pequeños como sus padres le hablaban a ella hace un año o dos cuando se emocionaba al ver a un minino). “¿Perdón?”, le digo, a ver si puedo llenar los huecos de su frase. La niña suspira, está hasta las narices de tener vecinos extranjeros que no la entienden. “Que a veces hay gatos que se ponen ahí”. Yo esperaba que se pusiese a mirar al gato o algo. En lugar de eso, sin emplear un segundo más, cruza la calle y va a por el pan. Acto seguido es un tipo de unos 30 años el que me pregunta “¿Qué pasa hermano?”. “Hay un gato pequeñito, así que le traigo un poco de comida”. “Ah vale”. Y como viene se va, igual que la niña.

El gato en ese momento entra en un proceso bipolar. Una parte de su cerebro le dice que tiene que estarse quieto, agazapado, y maullar indicando que es pequeño e inofensivo. La otra, que mueve su nariz y le obliga a desplazarse, le dice que hay algo comestible muy cerca de él: un manjar, la carne picada. Con miedo, se acerca a la carne, coge un buen trozo con la boca y retrocede para comerlo tan lejos de mí como le es posible. “Bueno, al menos comes”, me digo. Y me voy.

La experiencia de hoy refuerza mi idea de que este no es un sitio para el gato. Si atraparlo, cómo hacerlo y qué hacer después con la criatura es algo que todavía no he podido decidir. Se aceptan sugerencias.

 

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