¿Fue el régimen franquista totalitario?

Leo hoy en Público no una sino dos (aquí y aquí) noticias en las que, con indignación, se resalta que alguien se ha atrevido a escribir que el régimen de Franco fue autoritario pero no totalitario. Por supuesto que la indignación del periodista que redacta la noticia es comprensible: el régimen franquista no puede ser retratado como un simple paseo lleno de flores y mariposas dividido en dos periodos, siendo el primero (39-59) uno en el que no pasó nada salvo una entrevista con Hitler, y el segundo (59-75) uno de progresiva liberación y desarrollo económico de la sociedad española que, tras 20 años de Pax Franca, estaba preparada para volver a la normalidad. La pedagogía del millón de muertos es lo que se esconde tras un relato en el que las únicas cifras presentes hablan de crecimiento económico (nunca comparado con las cifras del período republicano). Ahora bien: ¿qué esperábamos?, ¿que quienes han redactado la obra hiciesen el esfuerzo de construir un relato histórico sin el más mínimo atisbo de influencia de más de 40 años de silencio forzado? 30 años de “democracia” ya deberían habernos enseñado que, en nuestras circunstancias, eso es imposible sin que alguien en algún sitio saque (metafóricamente o de verdad) un fusil.

Ahora bien, y una vez que ya se ha puesto al franquismo suficientemente a caldo mis observaciones no corren el riesgo de ser malinterpretadas, una cosa es protestar por eso y otra intentar forzar la máquina y hacer pasar al régimen franquista por algo que no es. El concepto de totalitarismo emerge en los años 30 y 40, y sobre todo después de la II Guerra Mundial; se trataba de dotar de un nombre específico a la forma más grave conocida (entonces y posiblemente ahora) de gobierno autoritario. Aunque parece que la expresión fue utilizada en un primer momento para calificar el régimen fascista italiano, el desarrollo de la noción y de su significado llevó a establecer que totalitarios sólo son dos de los regímenes brutales que conoció la Europa de mediados del siglo XX: la Unión Soviética de Stalin y la Alemana de Hitler.

Esa restricción del término, valiosa por la riqueza argumentativa de la obra a través de la cual tuvo lugar, fue cosa de Hannah Arendt, intelectual judía alemana que consiguió escapar de Europa y refugiarse en EE.UU. El concepto de totalitarismo, al mismo tiempo que se refina, adquiere algo de trampantojo: por una parte, se convierte en una forma de decir, sin que suene a argumento infantil o simplemente moralista, que un régimen es “muy malo”; por otra, es un arma concebida en el laboratorio intelectual estadounidense durante la Guerra Fría para arrebatar al bloque soviético la legitimidad que había obtenido, equiparándolo en su consitución más íntima con el archienemigo al que había derrotado en el frente oriental y a través de los movimientos de resistencia partisana. Si uno lee los textos de Arendt, es evidente la fortaleza que el argumento tiene, en su comprobación empírica, en el caso del régimen Nazi, y lo claramente propagandístico que se vuelve en el caso de la Unión Soviética. Recuerdo haber leído, por ejemplo, en un pequeño texto que por desgracia no tengo conmigo ahora mismo, la forma en que Arendt pretendía ilustrar la atrocidad del régimen soviético, escribía algo parecido a esto: “No conozco la identidad de quienes fueron testigos de estos hechos y/o los denunciaron, y tampoco sé en qué archivos pueden ser consultadas dichas denuncias, pero se sabe a ciencia cierta que las deportaciones funcionaban por cupos estrictos de población: si las autoridades no encontraban a alguno de los individuos que tenía que ser deportado, cualquier otro hombre o mujer que pasara por allí sería inmediatamente detenido y deportado para cubrir el cupo“. Si alguien no encuentra sospechosa semejante argumentación, que me lo diga.

Dicho esto, y por simplificar, podemos resumir el argumento de Arendt diciendo que totalitario es aquel régimen que elimina (o aspira a eliminar) toda posibilidad de acción política inesperada por parte de los individuos a los que gobierna porque entiende que existe una ley objetiva y natural que regula las relaciones entre ellos. Dicha ley natural, en el caso de la Alemania nazi, derivaría de una suerte de darwinismo social de acuerdo con el cual la raza superior (la aria) estaría destinada por naturaleza a dominar a las inferiores, estando abocadas las más débiles de estas razas (judíos, gitanos, eslavos y aquellos que hubieran cometido el error de dejarse convencer por idearios comunistas) a la pura y simple extinción (de manera que las políticas de exterminio nazis sólo aceleraban un trabajo que ya de por sí haría la naturaleza). Por el contrario, en el caso del socialismo real (y esta observación de Arendt es incuestionable) existe el componente totalitario en la medida en que ciertos gobernantes en ciertos momentos entendieron que existía una ley del movimimiento histórico (cuyo inevitable desenlace sería el comunismo) determinada por el principio según el cual las fuerzas productivas, una vez alcanzado un cierto estadio de desarrollo, entrarían en contradicción con las relaciones de producción que las articulan, siendo el resultado de semejante conflicto la desaparición de tales relaciones y el establecimiento de otras nuevas (aquí también las políticas de esos gobiernos, por ejemplo industrialización masiva y descontrolada o ritmos productivos brutales, tendrían sólo la función de darle a la Historia un empujoncito).

Hasta donde llega mi conocimiento histórico del franquismo, apenas hubo intentos de interpretar o justificar acciones humanas de acuerdo con leyes generales de este tipo sino, a lo sumo, y dadas las tendencias meapilas de nuestra derecha, como resultado de la voluntad divina. Alguien podría argumentar que en ese caso la ley seguida es la ley de Dios, y yo le diría que sí y no. Sí porque efectivamente se atribuye a una instancia superior y abstracta la capacidad de determinar las acciones de los hombres, no porque la ley divina tiene dos elementos particulares que no existen en los otros dos casos: la arbitrariedad y la libertad. Me explico: cuando uno dice haber identificado las ley básica de la Naturaleza o de la Historia, dicha ley aparece bajo la forma de un principio normativo que afecta por igual a los individuos concretos que la enuncian y a la Naturaleza o la Historia en general (no hay especies o grupos humanos en cualquier geografía o tiempo que no funcionen siguiendo lo establecido por la ley formulada); en el caso de la ley de Dios, por el contrario, y aunque depende de las escuelas de interpretación teológica, ésta tiene un doble límite (el humano y el divino) que responde, por un lado, a la necesaria libertad de conciencia y acción que es condición de posibilidad de la moral, y, por otro, a la necesaria omnipotencia de la entidad divina, que difícilmente puede estar sujeta a alguna ley o norma, incluidas las suyas propias. Pongamos un ejemplo:

Digamos que el precepto “No matarás” tiene el carácter de ley divina y está por tanto respaldado por la infinita capacidad de castigo (en caso de incumplirlo) y de recompensa (en caso de seguirlo) de Dios. Sin embargo, y como se acaba de mostrar, la condición de posibilidad de la enunciación misma del precepto es que el individuo humano tenga la libertad de decidir si mata o no mata y la responsabilidad de actuar en cualquiera de ambos sentidos. Por otra parte, el precepto divino tiene otros dos límites: uno, que es posible que Dios dé a determinados hombres en determinadas circunstancias la libertad (incluso la obligación) de matar a otros (como las Cruzadas); otro, que el propio Dios no está por eso mismo sometido a sus propias leyes, de manera que en cualquier momento, si así lo considera, él mismo puede cometer un acto vengativo.

Aunque existen históricamente (y lo sé a ciencia cierta en el caso del Cristianismo y el Islam) movimientos teológicos de racionalización de estas cuestiones que llevan poco a poco a convertir a Dios en una especie de primer motor inmovil o entidad equivalente al “Bien” en la filosofía platónica, es evidente que las justificaciones teológicas de los fascistas españoles alzados en 1936 no estaban pensando en ese Dios (previsible y estable en su naturaleza) que sólo conoce al hombre como especie a la que da un funcionamiento a través de leyes, sino en uno que, conociendo los particulares de su creación, miraba indignado desde los cielos la “herejía” de la España republicana y exigía a sus fieles un valeroso acto de exterminación.

Llegados a este punto, y volviendo al lugar de donde partimos, sospecho que el autor de la noticia no ha dedicado ni un par de segunditos a pensar en el significado que él y/o la teoría política da al concepto de totalitarismo para después considerar la forma y la medida en que éste puede ser o no aplicable al franquismo, sino que más bien ha partido del punto de vista de que totalitarismo es simplemente un sinónimo de fascismo y, por tanto, ha entendido que el sentido de la frase es simplemente “el régimen franquista era autoritario pero no fascista”. Cabe también, por supuesto, la posibilidad, de que los insignes redactores de las páginas de la obra dedicadas al franquismo tampoco hayan reflexionado sobre el significado del término totalitarismo, considerándolo también un simple sinónimo de fascismo y ocultando, en este caso, la verdad: el régimen franquista fue autoritario y fascista aunque posiblemente no totalitario.

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