Lucía Parachuru y el festival de Eurovisión

Siguiendo los consejos de John Lajoie, podríamos not to give a fuck en relación con Eurovisión y dedicarnos a otra cosa. Y posiblemente el festival merece un gesto de desprecio aún mayor: sería necesario quemar públicamente la grabación de los concursos, hacer una estatua conmemorativa de John Cobra aplastando el cráneo de Massiel con una llave inglesa en la que está escrito “Forocoches”, incluyendo la inscripción “Me vais a comer la polla”.

Pero tengo amigos que se dedican (o quieren dedicarse) profesionalmente a la música, y por tanto no puedo sentirme indignado cuando suceden determinadas cosas. Después del fenómeno Lordi, para Eurovisión quedan dos opciones: (1) convertirse en un festival serio, dejando fuera horteradas y pijoteríos de toda clase; (2) convertirse en un festival de humor y actuaciones freak, en la que lo mínimo que se puede presentar es a Rodolfo Chikilicuatre.

Bajo ninguna de estas dos categorías puede ser considerada la monstruita, con canción de letra pseudofranquista, doblepensante y ñoña, que hemos enviado este año. Lucía Pérez, a la que podríamos llamar Lucía Parachuru (ver esta actuación, en la que la grabación de una gaita es sustituida por sus graznidos), es el colmo de la infamia: la capacidad vocal de un lagarto afónico, el talento interpretativo de una patata cocida y la agilidad de movimientos de una lámpara de IKEA. Y cada actuación, además, peor que la anterior: la del festival fue la pera. Obsérvese: [1] el paso de baile en el estribillo en el que los bailarines se agarran el paquete y se balancean dando saltitos mientras mueven frenéticamente el brazo que no les sujeta, por seguridad, los cataplines; [2] el paso que, en el mismo momento, dan las bailarinas, que es el movimiento del pingüino porque tienen faldas TAN cortas y apretadas que abrir más las piernas significaría enseñar (más) las bragas; [3] el vestidito de Lucía Parachuru, que es HORRIBLE, y su peinado, que parece un nido de cigüeña; [4] lo descompensado de una actuación, en la que los bailarines no paran quietos y no transmiten nada mientras Lucía Parachuru no mueve una pestaña; [5] la posición final, en la que ellas y ellos se agachan (ellas con culo en pompa propio de peli porno) y encienden unas bengalas, seguidas de un espectáculo pirotécnico en el que evidentemente se han dejado los ahorros de este año en vez de preocuparse por cuidar todo lo demás.

Lamentable.

Ahora bien, lo que me parece más sorprendente todavía es que nuestra infamia local pase a la final mientras estos belgas, que son francamente buenos, se quedan fuera (tal vez porque en directo pierden un poco). Lo siento por mis colegas: mientras la cosa siga así, hacerse un hueco musical en España será tarea imposible sin vender el alma a una discográfica y/o la SGAE.

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