Las elecciones del 22 de Mayo: algunas reflexiones

§1. El efecto Torrente

Desde Estambul sigo las elecciones municipales y autonómicas con cierta distancia y, al mismo tiempo, con interés. La situación política de España es terrible en dos sentidos: por una parte, la crisis lo descoyunta absolutamente todo y por otra el PSOE parece no encontrar ni razones ni presión popular suficientes como para que encarar políticamente, y no como un asunto técnico, la crisis económica no esta una opción atractiva. La inmovilización prácticamente absoluta del debate político es en realidad lo que más me sorprende: el PP parece tan desorientado como el PSOE e IU sigue sin conseguir aprovechar esa fisura que ahora mismo bloquea a los dos grandes partidos.

Lo que hace interesante, por tanto, a la convocatoria electoral no es el debate que pueda suscitar, que parece más bien soso, sino en todo caso aquello que “calla”: [1] es la primera ocasión de renovación del mandato municipal y autonómico desde que se destapó la trama Gürtel; [2] es el primer proceso electoral que tiene lugar en España después de que comenzase la ola electoral europea cuyo resultado más significativo ha sido en todos los casos la sensible polarización del espectro político.

De lo primero, honestamente, no espero gran cosa: con nuestros representantes políticos tiene lugar lo que me gustaría bautizar como “efecto Torrente“.

Torrente es un fenómeno socio-cultural que merece ser analizado con más detalle de lo que podemos hacerlo aquí, pero unas líneas son necesarias. La pregunta de partida es sencilla: ¿cómo puede ser “eso” gracioso? Sólo se puede captar aquello que el personaje tiene (puede tener) de gracioso si antes se ha comprendido de dónde surge y cómo, y eso es algo muy ligado a “lo español”: sólo alguien que haya vivido en España el suficiente tiempo y con la suficiente profundidad está realmente capacitado para entender todo lo que está en juego cada vez que Torrente hace algo que confirma su título de “el antihéroe más desagradable jamás concebido”. Torrente es gracioso “para cualquiera” con el suficiente humor negro en la medida en la que uno puede decir: “¡Qué gracioso!¡Es idéntico a mi vecino/cuñado/suegro/…”; en todas partes cuecen habas, así que hasta un refinado nor-europeo podría verle la gracia a eso. Lo grave, sin embargo, de Torrente, aquello que es realmente característico del efecto al que da nombre, es que la otra reacción posible ante la película es: “¡Qué gracioso!¡Es idéntico a mí!”. Y esto es lo que da miedito.

Frente a la trama Gürtel, hay veces que el esperpento supera todo límite y no se puede evitar, a pesar de los pesares y de lo terrible del asunto, la carcajada: a ella subyace lo mismo que cuando uno se ríe de que el perro de Torrente se llame Franco; “es igual que mi vecino”. Ahora bien, te ríes, pero te cabreas, y no le votas (no harías a Torrente alcalde de tu pueblo). Problema: que hay otro que, posiblemente, también se ríe, pero añade “¡Qué torpe!¡Le han cogido por hacer lo mismo que yo!”; y, si la acusación no es tan fuerte como para derribar al político manchado, la renovación del mandato es posible.

Pasemos al segundo punto. Aunque no podría enumerar los casos porque no he hecho el debido archivo de prensa, soy consciente de haber leído noticias (al menos durante el último año) referentes al resultado de procesos electorales en otros países europeos en las que dos elementos se repetían: [1] el voto a partidos de derecha/extrema derecha; [2] el incremento del voto a la “izquierda”. Evidentemente los términos de derecha izquierda los utilizo aquí de forma relativa y en comparación con la posición politica del partido en el gobierno. En el caso de Francia, por ejemplo, que ha sido el último, el UMP no ha conseguido gran cosa mientras que el PS no ha obtenido malos resultados y Marine LePen parece haber recuperado para el FN parte del esplendor que por suerte había perdido. No me parece descabellado pensar que en un caso como el español el fenómeno pueda tener lugar, pero nuestras particularidades tienen que ser consideradas en el análisis.

§2. La eventual polarización política

En el contexto de las elecciones locales, y más allá de las particularidades de cada contexto, hay un elemento claro: el PSOE está en una situación de debilidad relativa debido al desgaste que sufre el Ejecutivo. Ello puede jugar al favor del PP en las locales siempre y cuando puedan neutralizar el efecto negativo de los escándalos de corrupción. De acuerdo con la mencionada tendencia de polarización, lo que se puede prever que pase es que la derecha del PSOE salga fortalecida; y, como no tenemos, por suerte o por desgracia, un FN, “derecha” quiere decir PP. Ahora bien, ¿qué sucede con la “izquierda” cuyos resultados también deberían mejorar? IU no parece encontrarse políticamente mejor que la última vez que se me ocurrió echarle un vistazo, y sería estúpido pensar que el resorte hacia la izquierda se da de forma automática e independientemente de las condiciones en que esa izquierda se encuentra. La polarización en el caso español, por tanto, está sujeta al estado en que se encuentra IU en los casos locales, que, por lo general, no parece ser mucho mejor al percibible en términos nacionales. Ello nos lleva a los otros dos asuntos que me gustaría discutir.

§3. El caso local vasco y el éxito de Bildu

El conflicto político-judicial articulado en torno a las candidaturas de Sortu y Bildu tiene que ser entendido (o al menos puede serlo) desde estas claves. A pesar de lo descabellado de la Ley de Partidos y de lo sencillo que puede llegar a ser aplicarla a modo de comodín cuando todo lo demás falla, Sortu y Bildu tenían posibilidades de sobra de “pasar por el aro”. Ha sido, a mi juicio, una decisión inteligente la de la izquierda abertzale la de decidir hacer explícito, de una vez por todas, aquello que era evidente ya de facto, esto es, su condena de la violencia; esto lo digo a pesar de entender perfectamente que, hasta ahora, no merecía la pena seguir el juego del gobierno central y hacer el paripé de “condenar la violencia”. Lo que ha cambiado, que ahora hace el hecho de “pasar por el aro” un sacrificio menor, es, creo, y además de otros factores que pudieran ser identificados, el cambio de coyuntura política general: la izquierda abertzale ha identificado sabiamente el hecho de que, en esta coyuntura de crisis, los vascos debían tener la posibilidad de elegir a una candidatura independentista y de izquierdas. La prueba de la polarización electoral en otros contextos hace posible, esto es lo que creo que ellos han visto igual que yo, la obtención de buenos resultados.

Ahora bien, si algo puede ser visto con esta claridad por la izquierda abertzale y por nosotros, entonces también puede ser observado por el PSOE y el PP; ¿la izquierda abertzale pudiendo convertirse, al menos en potencia, en la primera o la segunda fuerza política de Euskadi en las circunstancias actuales? Si yo fuera ellos, estaría cagado de miedo y, en una situación de miedo, uno hace estupideces: estupideces como revelar la arbitrariedad de la ley y sus exigencias al decir que los miembros de Sortu mentían al condenar la violencia o como, una vez ilegalizado Sortu porque sí, pretender que lo mismo podría pasar con Bildu.

Era en cierto modo evidente que Bildu podría pasar el filtro de la Ley de Partidos. La sentencia del Supremo ha sido, en este sentido, una aberración. El Constitucional, sin embargo, ha reaccionado de forma apropiada. Pero este resultado final era hasta cierto punto previsible: lo contrario hubiera sido un escándalo (otro) demasiado grave. Y aun así había motivos para intentarlo puesto que, a pesar de que Bildu finalmente concurra, lo hace debilitado, con la imagen dañada tras el proceso judicial.

A pesar de todo ello, sin embargo, creo que Bildu tiene posibilidades de conseguir un resultado más que aceptable; la izquierda independentista vasca que lleva años sin tener una opción de voto la recupera ahora y no creo que deje pasar la oportunidad.

§4. ¿Qué hacemos con Izquierda Unida?

Lo que Bildu tiene en potencia es lo que le falta a IU. El problema de IU es que no consigue hacerse aceptable para el votante “de izquierdas” que ahora mismo opta por el PSOE o no opta. También resulta más o menos evidente que la estrategia de IU en los últimos años ha sido competir con el PSOE por los mismos votos pareciéndose cada vez más a su rival: es claro que no ha funcionado. A IU también le falta una identidad colectiva a la que apelar: Bildu tiene, en cierta forma, al pueblo vasco, pero es difícil interpelar desde un discurso de izquierdas al pueblo español; tampoco puede ser ya el proletariado; tampoco puede articularse electoralmente con facilidad como la suma de grupos e identidades que son la fuente de los movimientos sociales (estudiantes, inmigrantes, LGTB, parados, precarios…). Llega a ser dudoso incluso la existencia “ahí fuera” de algo interpelable.

El resultado final es desastroso; para muestra un botón: el vídeo de campaña. Después de un fantástico texto de Galeano que sirve de bello acompañamiento a imágenes que, a pesar de lo convencional, pueden resultar convincentes, el lema que sirve de cierre hace evidente esa incapacidad para identificar aquél sujeto que debe ser interpelado:  “IU con la gente de izquierda”.

IU, inspirado por el Cuarteto de nos, sólo puedo concluir diciendo: ya no sé qué hacer contigo.

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