De nuevo El País y las ocurrencias de su corresponsal en Turquía

Ayer, después de escribir la entrada anterior sobre los planes de transformación urbana en Estambul, llegué a otra noticia sobre la ciudad, escrita por la misma periodista, en la que de nuevo encontré algo discutible.

La noticia se hace eco de una pequeña controversia que trae a los turcos de cabeza con el miedo que tienen a la “islamización” del país. No voy a poner en duda la existencia de tendencias conservadoras en la sociedad turca que serían impensables hace veinte años, pero una cosa es eso y otra que, para hacer la noticia vendible en España, sea necesario sacar las cosas de quicio.

Después de relatar el suceso y sus consecuencias, la periodista comenta lo siguiente:

Turquía, país laico pero con un 99 % de población musulmana, los autobuses interurbanos están segregados por sexos. Una ley prohíbe que un hombre y una mujer que no se conocen compartan asientos en las largas distancias. La ley hace que cada persona tenga que identificar claramente su sexo al comprar un billete. Muchos jóvenes consideran esta ley atrasada, sin embargo, a pesar de sus ansias de aperturismo, pocos se besan abiertamente en la calle. Las muestras de cariño entre parejas se suelen restringir a caminar de la mano, un abrazo, y a lo sumo, un beso en la mejilla.

Que Turquía es un país laico con un 99% de población musulmana es un hecho y, dicho sin más, aunque evidentemente tenga algo de excepcional, no pasa de ser un puro acto descriptivo. El problema es la segunda mitad de la frase, donde se habla de la segregación por sexos en los autobuses. Cuando uno habla de “segregación” en un espacio público, las dos figuras inmediatas son: [1] segregación racial en los autobuses de EE. UU. hasta la segunda mitad del siglo XX, y [2]  segregación por sexos en entornos conservadores como escuelas religiosas o países cuya legislación sigue de forma prácticamente literal lo dispuesto por preceptos religiosos. Así, el resultado de la frase es algo así como “Turquía es un país laico, pero sólo de mentirijilla, porque el Islam tiende de forma irremediable hacia el fundamentalismo”.

Desfacer este entuerto requiere decir dos cosas: [1] el significado habitual dado a la expresión “segregación por sexos” no es en absoluto aplicable en este caso, como bien se sigue de la explicación ulterior de la norma que regula la asignación de asientos en los autobuses de larga distancia; [2] simplemente pretender poner en cuestión el carácter laico de este país es algo que un español debería pensarse muy mucho puesto que, incluso ahora que los turcos “laicos” temen por la laicidad del país ante las transformaciones que está llevando a cabo el gobierno del AKP, en Turquía son políticamente inadmisibles ciertas intromisiones del clero en los asuntos públicos a las que en España estamos bien acostumbrados. Nuestra monarquía parlamentaria y “aconfesional” con trato preferente hacia el culto religioso mayoritario tiene, de hecho, bastante que aprender de esta república laica.

Precisamente por eso, la autora comete dos errores: [a] pretender explicar la normativa que regula la asignación de asientos en autobuses con recorrido de larga distancia a un conservadurismo oculto (¿”inseparable”, tal vez, de la “naturaleza del Islam”?); [b] pretender que existe una relación entre esa normativa y el suceso con el conductor de autobús (que, por otra parte, ha sido cesado temporalmente, mientras se investigan los hechos).

¿Qué pasa entonces con la normativa? Efectivamente, como la propia noticia explica, las compañias de autobús (y no sé si también las aerolíneas en caso de vuelos internos o las empresas de tren) siguen una política de asignación de asientos contiguos a personas del mismo sexo en caso de que viajen solas. Una mujer que viaja sola en un autobús de larga distancia, por tanto, jamás se sentará junto a un hombre, sino siempre junto a otra mujer o sola. El motivo es claramente garantizar la seguridad y comodidad de los pasajeros (fundamentalmente de ellas), y evidentemente tras  ello se esconde la incapacidad de pensar en la existencia de hombres o mujeres homosexuales que podrían sentirse incómodos o “tentados” al sentarse junto a alguien que podría ser, en potencia al menos, sexualmente atractivo. Pero lo mismo sucede cuando creamos servicios para hombres y para mujeres, como si no sucediera en consecuencia que homosexuales y heteros del mismo sexo se cruzan en un cuarto de baño creando la misma “tensión sexual” que si fueran un hombre y una mujer los que se cruzasen camino del retrete.

También cabe dudar de esas ganas que los jóvenes tienen de terminar con la medida. Dígale usted a una joven de 20 años que tiene que meterse entre 5 y 7 horas en un autobús para hacer el recorrido Estambul-Ankara y que tiene que hacerlo: [a] al lado de un turco cincuentón gordo y sudoroso que ronca (típico turco que hace semanalmente viajes Estambul-Ankara en autobús por razones de trabajo), [b] al lado de una abuelita turca adorable que te invitará a comer börek (típica mujer turca que hace el mismo trayecto de autobús para pasar unos días al mes con sus nietos). ¿A que preferirá el b? Yo también.

Pero asumamos que hay algo de conservador en la medida. ¿Quiénes son los que realmente disfrutan de ella? La respuesta a la pregunta pasa por analizar la estructura de transportes en el país; algo que, por supuesto, la periodista tampoco se ha planteado hacer (al menos para su reportaje). Turquía es un país gigantesco en el que los desplazamientos interurbanos, debido a la distribución geográfica de las zonas industriales y económicamente prósperas, son necesariamente largos. El tren está muy poco desarrollado, de manera que las únicas dos alternativas son el avión y el autobús, de las cuales la segunda es sensiblemente más barata, cómoda, y de una calidad increíblemente buena. Esto quiere decir que, a pesar de la existencia de compañías aéreas low cost, el autobús sigue siendo un medio de transporte muy utilizado para movimientos interurbanos que pueden ser esporádicos, pero también periódicos e incluso muy frecuentes (por motivos laborales o familiares). Es un hecho que la población del interior de Anatolia es más conservadora que la que se concentra en las zonas costeras (más prósperas y desarrolladas), de manera que los movimientos más importantes de población se producen no sólo entre las zonas desarrolladas sino también (y de manera importante) entre zonas rurales (o al menos interiores) y esas grandes urbes económicamente prósperas. Mediana edad, “del Este”, clase media-baja y conservador(a); ese es el cliente de oro de una compañía de autobús en este país y son sus demandas las que hay que satisfacer. Una de ellas es garantizar la seguridad y comodidad en el viaje, cosa que, en este lugar, pasa por sentirte cómodo con tu compañero de viaje (teniendo en cuenta que además los desplazamientos son laaaaargos).

El artículo se merece un último comentario: la aparente timidez de los jóvenes en la calle. Me encantaría preguntarle a la autora del artículo por “la calle” en la que dice que los jóvenes no se besan, puesto que en una ciudad como Estambul (y en un país como Turquía) la localización geográfica es muy importante debido a los fuertes contrastes. Como joven que estudia en Estambul y vive en  Beyoğlu, no puedo sino discrepar: no hay más que pasear un ratito por Istiklal un viernes a partir de las 19:00.

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