Donde se cuenta el instructivo encuentro con un israelí y la increíble historia del tesoro, la cueva y las cucharas

Estoy leyendo para mi clase de cómic Palestina de Joe Sacco. Es un reportaje periodístico presentado en forma de cómic que narra el viaje de Sacco a Palestina durante la Primera Intifada (años 91-92). Acabo de leer la historia de un hombre que le pide ayuda a Sacco para encontrar un médico y/o fondos que le puedan ayudar a conseguir un transplante de pulmón para su mujer; el hombre vive (¿vivía?) en la franja de Gaza (la de entonces, que seguramente no era el infierno que debe ser ahora, veinte años después), allí no tiene forma de conseguir un empleo, el gobierno israelí regula con dureza la concesión de permisos de trabajo. El hombre se echa a llorar. Esta situación me ha hecho recordar el caso totalmente opuesto que tuve ocasión de conocer hace unas semanas aquí en Estambul.

Fares, un amigo jordano, ha vuelto a Estambul después de pasar tres meses en su país. Está trabajando de nuevo en el bar del hostal donde me quedé nada más llegar a Estambul en Septiembre. Émilie y yo fuimos al hostal para verle un rato a él y también a Ibrahim (uno de los empleados del hostal). Con ellos estaban una estudiante checa y un israelí. El tipo llevaba unas rastas larguísimas, barba, y tenía pinta de mochilero, así que me pareció encontrarme en una de las pocas ocasiones en que podría tener contacto con algo parecido a la joven izquierda israelí y decidí que no podía dejar pasar la ocasión de hablar con él. Intenté que me contase lo máximo posible de sí mismo y de su vida en Israel.

El tipo tenía alrededor de 28 años y llevaba 8 fuera de casa (“bien”, pensé, “posiblemente huye del servicio militar y, por tanto, es un israelí pseudocrítico”). Ha vivido largas temporadas en la India y en el Tíbet. También en comunas hippies y okupas en media europa (incluyendo protesta injustificada y con peste a racismo contra los marroquíes en Barcelona). También ha estado en EE.UU. y conoce algunos países de Sudamérica. Antes de marcharse de Israel estudió dos años en la Facultad de Biología, pero se cansó y se fue; hablaba con alegría de lo extendido que estaba entonces el consumo de marihuana entre profesores y estudiantes en su universidad. Una vida tan viajera y hippie-guay nos dejó a todos suficientemente encantados (aunque en mi caso lo que realmente me rondaba la cabeza era encontrar su fuente fundamental de ingresos, la cual terminé identificando con papá y mamá) como para que Ibrahim, que dejó de estudiar (a pesar de ser un brillante estudiante de ciencias) para poder mantener a su madre y a su hermano, comentase su deseo de marcharse de Turquía y viajar como el compi israelí.

“Pues hazlo”, le dijo. “Necesito dinero, y tengo responsabilidades”. “Eso no es importante, ahorra y márchate”. “No consigo ahorrar”. “¿Y cómo es eso? La vida aquí no es cara”. “Pero los sueldos son bajos”, añade Émilie. “Y tengo demasiados gastos”, añade Ibrahim. “No salgas de fiesta”, le dice el israelí. “No lo hago”. “¿Entonces?”. “Mi madre y mi hermano. Tengo que pagar el alquiler, la comida, las facturas…”. “¡Pues no lo hagas!”, añade con una frivolidad increíble el mismo tipo que hasta hace tres segundos rezumaba sentimentalismo del tipo peace and love, “Ahorra y vete”. “No puedo”. Y se terminó la discusión. En parte, porque el tema estaba agotado, y en parte porque la cuestión del dinero es el tema de conversación que más le gusta a Fares después de hablar mal de Jordán y de Líbano.

La historia de Fares es puro realismo mágico de Oriente Medio. La resumo fiándome de mi mala memoria, porque esto sucedió hace ya unas semanas:

En Amman, cerca de su casa, han estado haciendo una obra gigantesca para construir un centro comercial. Mientras lo hacían, descubrieron la entrada a una cueva, que había quedado sepultada bajo capas de tierra y asfalto. Parece ser que el territorio jordano está plagado de cuevas que, antaño, eran empleadas por los habitantes del lugar como casas o almacenes. Y también, lo que es más importante, como escondites para tesoros. A juicio de Fares, y podemos coincidir con él si esos datos son ciertos, los obreros cometieron el gravísimo error de dinamitar la entrada de la cueva y seguir con la construcción. Pero Fares tenía un plan: “Primero tenía que estar seguro de que allí debajo había un tesoro, y no podía usar un detector de metales porque son muy caros y además ilegales en Jordán”; “¿Por qué son ilegales?”, pregunté; “Porque de acuerdo con un decreto real todo aquello que se encuentra bajo tierra pertenece al hermano del Rey. Lo han hecho por los tesoros. Si alguien encuentra un tesoro, se lo queda y le descubren, le meten en la cárcel de por vida por haber robado al Príncipe”. Caras de sorpresa, claro, ante las particularidades jurídicas jordanas; todo es posible allí. “Pero hay una forma de hacer un detector de metales casero; ¿recuerdas mi tatuador casero?”; “Claro que lo recuerdo, le digo, esa cosa con una aguja, una pila, una carga de tinta de un boli… (lo juro, y he visto fotografías)”;  “Pues parecido. Mira, una persona con grupo sanguíneo Ø negativo coge dos cucharas, una en cada mano, y eso tranmite la carga eléctrica de la persona; al estar cerca de otro metal, las cucharas se mueven de forma distinta que cuando no lo están”. Añado las representaciones gráficas en modo-paint:

La posición 1 es la original las dos cucharas juntas, suspendidas en el aire y centradas, aunque con los brazos relajados. De ella derivan las posiciones 2 y 3. La 2 indica que un metal está próximo y la dirección en que se encuentra, de manera que o bien la cuchara de la izquierda se separa de la derecha (movimiento a) o, por el contrario, la cuchara de la derecha se separa de la izquierda (movimiento b). La 3 indica que no hay metales cerca; las dos cucharas se separan a la vez del centro y en paralelo. Cuando se alcanza el sitio preciso donde el metal se encuentra, las dos cucharas se separan a la vez pero en ángulo.

Estupefactos y divertidos, atendemos a la explicación, altamente gesticulada, que da Fares del invento, y entonces la historia llega al punto central: su padre es donante universal. Así que hacen la prueba en casa. Fares esconde en casa un anillo de oro. Luego su padre, siguiendo el procedimiento explicado, intenta encontrarlo. Lo consigue. Y, por puro procedimiento de inducción causal, Fares tiene suficientes pruebas de que el sistema funciona. Repiten el experimento en el centro comercial y… ¡Bingo! Las cucharas dicen que en la cueva hay un tesoro. Fares nos cuenta su plan: igual que entre Octubre y Diciembre, va a trabajar en el bar del hostal con el propósito de ahorrar tanto dinero como pueda. Con ese dinero, volverá a Ammán y comprará un pequeño terreno situado junto al centro comercial. Así tendrá acceso a la cueva y podrá acceder al tesoro.

Émilie, que es muy lista y no pierde jamás un detalle, señala hábilmente el problema: “Pero, Fares, si encuentras oro allí, no vas a poder hacer nada con él… intentar empeñarlo revelaría que tienes un tesoro y te acusarían de robar al Príncipe”. Fares, cortocircuitado, ignora la cuestión e intenta enseñarnos en Google fotografías de los tesoros encontrados en cuevas en Jordán. De ahí pasa a enseñarnos un vídeo con fotografías de los tesoros encontrados por soldados estadounidenses en Irak, incluido un AK47 de oro. Ambas búsquedas las hizo en árabe, así que no puedo recuperar los enlaces para mostrarlos.

La recuperación del tema de la extraña ley jordana me permite hacer un mal chiste acerca de cómo esa ley podría volverse en contra de sus autores. Si alguien enterrase en Jordán una gran cantidad de material ilegal de cualquier clase y luego realizase una denuncia, se debería considerar que el Príncipe es el propietario de tales cosas y, por tanto, podría ser juzgado por ello. A Fares le hace gracia el chiste pero el israelí, que está cocinando, no lo encuentra tan divertido y dice: “Bueno, hasta hace poco en España pasaba lo mismo, ¿no?”; “¿El qué?”, pregunto; “La existencia de ese tipo de leyes”; “Bueno”, le digo, “tal vez hasta el siglo XIX, pero desde entonces y hasta principios del siglo XX el sistema legal se moderniza poco a poco”; “Pues eso”, insiste el israelí, “hasta hace poco”.

Y a mí aquello me suena a chascarrillo de individuo encantado de vivir en la única democracia de Oriente Medio y totalmente ajeno al hecho de que, aunque Israel es un Estado que desde el principio participa de un cierto espíritu socialdemócrata y garantista, eso es sólo porque el Estado de Israel tiene poco más de 60 años y no entre 3 y 4 siglos de historia (si pensamos que España como Estado administrativo moderno existe desde los siglos XVII o XVIII). Total, que sólo por recordarle que el territorio que ahora controla su Estado tiene miles de años de historia PREVIA a la existencia del mismo, respondo entre dientes: “En Palestina también pasaba”. Si el tipo me oye (y no lo creo), en cualquier caso no contesta.

Pero la conversación sigue y Fares termina comentando la diferencia en la calidad de las condiciones de trabajo ofrecidas por los empleadores jordanos y sus homólogos israelíes, destacando el hecho de que los últimos en muchas ocasiones adelantan hasta tres meses de sueldo al contratar. Me limito a decir “Uau” y el israelí vuelve a tocar los cojones: “Demasiado para un país como España”.

Concluyo, de esta experiencia con el israelí, que incluso aquellos israelíes (hartos del serivicio militar y del conflicto con los palestinos, encantados de fumar marihuana y escuchar a Bob Marley) que podrían tener algo en común con las izquierdas europeas que, por lo general, apoyan la causa palestina, se encuentran bajo la terrible influencia ideológica y política de su Estado de manera que: (1) son totalmente ajenos a la existencia, en su entorno cercano o lejano, de gente que vive en la más absoluta miseria mientras ellos pueden jugar a ser rebeldes espirituales y de izquierdas que recorren el mundo; (2) son totalmente ajenos a la historia de su propio país en lo que tiene de no-historia (es decir, los miles de años que preceden a la Declaración de Balfour) y, por tanto, al historial de violencia brutal ejercida contra la población árabe de cualquier origen religioso.

Siendo esas las circunstancias, no debería extrañarnos que la derecha israelí se haga más fuerte día tras día y que la población sea por lo general tan poco contraria a lo que es, a todas luces, una de las peores situaciones políticas que un grupo humano ha sufrido no sólo durante la segunda mitad del siglo XX sino también durante la primera década del siglo XXI. Y no parece que haya cerca un fin para esta infamia.

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